Viernes santo: Homilía del Obispo

DSC01669“Soportaba nuestros sufrimientos y cargaba con nuestras dolencias”  (Is 53,4)

 Homilía del Viernes Santo – Catedral de Mar del Plata, 29 de marzo de 2013

I. El Servidor obediente

“Él soportaba nuestros sufrimientos y cargaba con nuestras dolencias” (Is 53,4). Con estas palabras, el libro del profeta Isaías resume el misterio de la solidaridad que un enigmático Servidor de Dios establece con los hombres por quienes “ofrece su vida en sacrificio de reparación” (53,10).

El autor sagrado, varios siglos antes de la venida de nuestro Salvador, ha construido un sublime canto donde se detiene en una descripción de los inauditos sufrimientos de este Siervo. Impresiona la cantidad de términos que se emplean para referirse a sus padecimientos. Mencionemos algunos adjetivos: desfigurado, despreciado, desechado, golpeado, traspasado, triturado, maltratado… A lo cual deberíamos sumar muchas otras expresiones, como “sin forma ni hermosura” (53,2). Con una acumulación de términos referidos al dolor, el profeta procura agotar los recursos del lenguaje para aproximarse al misterio, difícil de expresar con palabras, de este “varón de dolores, habituado al sufrimiento” (53,3), plenamente inocente y, sin embargo, cargado con nuestras culpas.

Pero si la pasión de este Servidor ocupa el centro del poema, no podemos olvidar que la profecía se abre con la afirmación de su triunfo final: “Sí, mi Servidor triunfará: será exaltado y elevado a una altura muy grande” (Is 52,13). Y del mismo modo se cierra, pues de este Siervo se dice al término que “verá su descendencia, prolongará sus días, y la voluntad del Señor se cumplirá por medio de él (…); verá la luz y, al saberlo, quedará saciado. Mi Servidor justo justificará a muchos”.

Dios se complace en él y por eso lo lleva al triunfo, mediante el cual, el mismo que cargó con los pecados del pueblo, hará participar a la muchedumbre de su propia glorificación. Aquí la solidaridad se invierte. El que cargó con nuestros crímenes, comparte ahora con nosotros su triunfo. Así como en su pasión asumió lo nuestro, en su triunfo comparte con nosotros lo suyo.

Con este texto de Isaías, nos encontramos, queridos hermanos, ante la cumbre o una de las cumbres de la Revelación de Dios a su Pueblo antes de la venida de Cristo. La lectura de la Pasión que hemos escuchado es su cumplimiento y el pasaje de la Carta a los Hebreos es su interpretación. Con su misterio pascual de humillación y victoria, Cristo se ha convertido en nuestro Sumo Sacerdote, intercesor eterno ante el Padre, que nos entiende y representa ante Dios, obteniéndonos de Él su gracia y su misericordia, porque sus sufrimientos, que son los nuestros asumidos por obediencia amorosa, lo han convertido en “causa de salvación eterna para todos los que le obedecen” (Heb 5,9).

II. La cruz de cada día

 En la pasión de Cristo, queridos hermanos, debemos descubrir nuestros propios sufrimientos y los del mundo entero. Siendo plenamente inocente, en Él los increíbles dolores no son consecuencia de sus pecados ni de solidaridad alguna con el mal. Al hacerse hombre, se volvió solidario con los pecadores y cargó con las consecuencias de sus pecados, pero no se hizo pecador sino ofrenda de amor para librarnos del pecado.

Nadie conoce al ser humano como este “varón de dolores”. Nadie se sumergió en el abismo de la miseria de los hombres, de cada hombre de la historia, como éste que penetró de manera única e irrepetible en el corazón del hombre, para vencer al mal en su raíz, que es el pecado, y a la muerte, que es su consecuencia.

La Cruz es el nombre que Cristo le pone al amor y a la obediencia, en primer lugar, y no al dolor y a la muerte. Pero si alguien se decide a dar a su vida el único sentido posible que tiene la existencia, que es el amor, se encontrará con el mal y el sufrimiento propio y ajeno. Se encontrará con su pasión y la pasión del mundo. Ante lo cual, Cristo que entiende de “vida en abundancia” (Jn 10,10) como ningún otro, le ofrece la primera lección práctica para el que aspira a ser su discípulo: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá y el que pierda su vida por mí, la salvará” (Lc 9,23).

La cruz de cada día es el amor obediente a Dios, por el cual aprendo a salir de mí mismo, renunciando a mi egoísmo, para encontrar mi verdadera identidad y plenitud.

La cruz de cada día son los sufrimientos y dolores inevitables en mi vida personal o en la de mis seres queridos, que Dios me pide convertir en fecundidad, porque “si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12,24).

La cruz de cada día es la paciencia que Dios me pide para sobrellevar, a veces con heroísmo, los problemas y dificultades de la convivencia, sea familiar o social.

No se trata de una resignación pasiva ni de sometimiento alienante ante lo que está mal, sino de la voluntad de volvernos constructivos, abriéndonos a los tiempos de Dios e imitando su paciencia y su generosidad; acostumbrándonos a que, como niños que somos ante Él, no todo lo podemos entender, porque su sabiduría nos excede totalmente.

La cruz de cada día es también el nombre que ponemos a nuestra esperanza indeclinable, aunque no veamos los frutos esperados de nuestros esfuerzos, cuando como Iglesia denunciamos lo que está mal y no nos entienden o se burlan.

La oposición del mundo es algo con lo cual los cristianos debemos contar, porque Jesús dijo: “Si el mundo los odia, sepan que antes me ha odiado a mí” (Jn 15,18). El discípulo bien debe recordar la enseñanza del Maestro: “En el mundo tendrán que sufrir; pero tengan valor: yo he vencido al mundo” (Jn 16,33).

No podemos llevar el nombre de cristianos si no aprendemos a llevar la cruz de cada día. Como decía nuestro Papa Francisco, no podemos responderle a Cristo que nos llama: “Yo te sigo, pero no hablemos de la Cruz (…) Cuando caminamos sin la Cruz, cuando construimos sin la Cruz y cuando confesamos a un Cristo sin la Cruz… no somos discípulos del Señor: somos mundanos”.

III. La Virgen dolorosa

Hay alguien que supo encarnar la mentalidad y los sentimientos del verdadero discípulo del Señor. Alguien que no nos brindó un discurso sobre la cruz, sino que nos dejó un ejemplo de fidelidad. Alguien a quien llamamos “reina y madre de misericordia”.

Cuando desde la cruz Jesús se dirige a su madre y le dice: “Mujer, ahí tienes a tu hijo” (19,26), y luego al discípulo: “Ahí tienes a tu madre” (19,27), entendemos algo más que un simple gesto de piedad filial de un hijo hacia su madre. Jesús nos la dejó como madre nuestra y al mismo tiempo como Nueva Eva y fiel colaboradora en la regeneración espiritual de los hombres.

A esta madre dolorosa, digna y fuerte le encomendamos nuestras luchas en el seguimiento cotidiano de su Hijo, llevando su cruz redentora. Ella que junto a su Hijo descendió hasta el fondo del dolor del hombre, puede ser la madre misericordiosa y clemente que el mundo necesita.

Que en la espera de la resurrección sepamos corresponder con nuestro recogimiento y oración, con nuestro silencio interior y los actos de piedad, al gran silencio que se produjo en nuestra tierra cuando calló la voz del que es la única Palabra que vale la pena escuchar.

+ Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata

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