Mons. Marino en el Rotary Club

«La paz a través del servicio»

Comienzo agradeciendo al Presidente del Rotary Mar del Plata Sud, Sr. Leandro Sierra, por esta invitación, y a todos los aquí presentes, que en número tan importante han querido acudir esta noche para escucharme y compartir esta cena.

El tema asignado coincide con el lema propuesto este año para los rotarios de todo el mundo, por el Presidente del Rotary Club Internacional: “La paz a través del servicio”. Procuraré desarrollarlo desde mi perspectiva de cristiano y de obispo, inspirado en la doctrina social de la Iglesia. Creo que las ideas que expondré, podrán resultar estimulantes también para aquellos hombres y mujeres de buena voluntad que no pertenecen a mi Iglesia.

Voy a centrar esta breve reflexión en torno a tres palabras: paz, solidaridad, amor-servicio.

I. PAZ

Para San Agustín, la paz es la tranquilidad fruto del orden (pax est tranquillitas ordinis, cf. De civitate Dei XIX, 13).

¿De qué orden se trata? Santo Tomás de Aquino, siglos más tarde, ahondará en las virtualidades de esta definición y hablará de un doble orden: de los hombres entre sí y del orden interno en cada persona. La paz incluye la concordia, vale decir, corazones que se unen, pero no se agota en ella, sino que implica también un corazón ordenado y unificado, la paz del corazón (ST II-II, q.29, a.1).

Viene al caso citar la constitución Gaudium et spes del concilio Vaticano II: “En realidad de verdad, los desequilibrios que fatigan al mundo moderno están conectados con ese otro desequilibrio fundamental que hunde sus raíces en el corazón humano” (GS 10).

La mayor hazaña del hombre es el gobierno de sí mismo. Llegar a ser dueño de sí, y no esclavo de las propias pasiones ni de las presiones negativas del ambiente. En esto consiste la libertad, en dejarse modelar por la Verdad descubierta en la propia conciencia.

La paz del corazón nos remite a la moral y a la espiritualidad. Se trata de un ideal que nos involucra en un itinerario que dura toda la vida. Un corazón ordenado, apaciguado, descubre que somos intrínsecamente sociables. Nadie puede crecer como persona si no es en interdependencia con los demás. Por eso, la paz se vincula con otra gran palabra: solidaridad.

II. SOLIDARIDAD

No podemos progresar ni como personas ni como sociedad si no recibimos aportes de otros y no nos abrimos al don a los demás.

La solidaridad implica:

* que somos seres sociales por naturaleza e interdependientes

* que reconocemos a los demás como iguales en dignidad y en sus derechos fundamentales

* que debemos construir y cuidar el bien común

Esta interdependencia se da no sólo entre los individuos en el interior de una sociedad, sino entre los pueblos.

Pero al mismo tiempo que asistimos al fenómeno de una creciente interdependencia, persisten, por otra parte, tanto en el interior de la sociedad, como entre los diversos pueblos, notables desigualdades (ciudadanos incluidos o integrados, y meros habitantes excluidos o marginados; pueblos desarrollados y otros subdesarrollados).

Esto nos lleva a tomar conciencia de que el proceso imparable de interdependencia entre las personas y los pueblos, que la actual tecnología acelera, debe estar acompañado por un crecimiento en el plano ético-social igualmente intenso.

La solidaridad se vincula con:

* el bien común de la sociedad

* el destino universal de los bienes

* la igualdad entre los hombres y los pueblos

* la paz en el mundo

La negación de estos valores da origen a «estructuras de pecado». El pecado del hombre, en efecto, daña el tejido social. No queda en su interior, sino que se traslada a sus actos y tiende a fortalecer una mentalidad egoísta, dando origen a costumbres, leyes y estructuras que pueden engrosar la cadena de esclavitudes mentales y prejuicios que atentan contra el bien común y el recto orden social.

Si queremos paz, debemos comenzar por el cambio del corazón, aprendiendo a interiorizar el principio de solidaridad con los valores que implica. La solidaridad, por tanto, debe convertirse en el principio social ordenador de las instituciones. Sólo el cambio del corazón permitirá transformar las «estructuras de pecado» en «estructuras de solidaridad».

III. AMOR Y SERVICIO

La solidaridad, dentro del magisterio social de la Iglesia, recibe otros nombres: amistad, caridad social, civilización del amor.

¿Cuándo la conducta de una persona alcanza su nivel de calidad que la vuelve plenamente humana? Desde nuestra visión cristiana respondemos: cuando esa conducta nace del amor, manifiesta el amor y está ordenada al amor. El amor, más allá de los actos de las personas, y como consecuencia de esos actos, debe convertirse en mentalidad común, en cultura. San Pablo ha dedicado al amor-caridad un himno memorable, cuya lectura darnos la clave para descubrir el sentido pleno que tiene la vida de un hombre y la convivencia social (cf.1Cor 12,31-13,13).

Hablar de «amor social» es ubicarnos en las antípodas del egoísmo y del individualismo, conscientes de que el desarrollo integral de la persona y el crecimiento social se condicionan mutuamente. Somos mejores en la medida en que nos abrimos al amor a los demás y al bien común.

El egoísmo, por tanto, es el peor enemigo de una sociedad ordenada. Por eso, en estos días nos llenamos de esperanza cuando vemos que, en medio de tantos defectos y negación de valores, está muy viva la solidaridad, como lo están demostrando tantas instituciones con ocasión de las inundaciones en La Plata.

Para construir una sociedad más humana, más digna de la persona, es necesario, entonces, revalorizar el amor y el servicio en la vida social, en todos los niveles (político, económico, cultural), procurando que se interiorice como norma constante y suprema de la acción.

Cuando se dan conflictos entre los hombres apelamos al orden jurídico. La justicia sirve de árbitro para reconocer el derecho de cada cual. Es del todo necesaria.

Pero si las relaciones humanas se regularan únicamente por la medida de la justicia, la sociedad sería como un cuerpo sin alma. Es bien conocido el adagio latino: summum ius, summa iniuria. Se trata de un principio del derecho ya citado por Cicerón: llevar la justicia a sus extremos, al pie de la letra, puede deformarla y traer una gran injusticia (cf. De officiis, Liber I, 10, 33).

Aquí llegamos a lo esencial de esta modesta exposición: el amor, la caridad, el servicio. Sólo este amor desinteresado y creativo que llamamos caridad, es capaz de dar sentido a la vida humana en sociedad.

El amor se vuelve misericordia, palabra compuesta de otras dos: miseria y cor: un corazón que se inclina sobre una miseria, con deseo de remediarla. Se manifiesta en el servicio que encuentra su recompensa en sí mismo, en el gusto de hacer el bien, sin esperar nada a cambio: «Hago esto, no por una ventaja material, sino porque me llena la vida de sentido».

Un cristiano encuentra el fundamento para motivar su actitud de amor misericordioso con el prójimo, en el amor de Dios al hombre manifestado en Cristo. Sabe que Dios nos amó primero y envió a su Hijo, para que tuviéramos Vida por medio de Él. Ante lo cual se siente movido: «Si Dios nos amó tanto, también nosotros debemos amarnos los unos a los otros» (cf. 1Jn 4,9-11).

Decía el Papa Juan Pablo II: «La misericordia auténticamente cristiana es también, en cierto sentido, la más perfecta encarnación de la ‘igualdad’ entre los hombres y por consiguiente también la encarnación más perfecta de la justicia, en cuanto también ésta, dentro de su ámbito, mira al mismo resultado. La igualdad introducida mediante la justicia se limita, sin embargo al ámbito de los bienes objetivos y extrínsecos, mientras el amor y la misericordia logran que los hombres se encuentren entre sí en ese valor que es el mismo hombre, con la dignidad que le es propia» (Dives in misericordia 14).

Si la paz resulta del orden, podemos preguntarnos acerca de los rasgos de una convivencia social ordenada, y según la doctrina social de la Iglesia respondemos:

* cuando se funda en la verdad

* cuando se realiza según la justicia

* cuando es realizada en la libertad

* cuando es vivificada por el amor

Sobre este último rasgo podemos decir con San Luis Orione, a quien la ciudad de Mar del Plata tuvo el privilegio de hospedar en dos ocasiones: “Sólo la caridad salvará al mundo”.

Por el amor de caridad, las necesidades del prójimo se viven como propias, se crea una comunión recíproca en los valores espirituales, y esto se traduce en la prontitud con que acudimos a socorrer al prójimo en sus necesidades materiales.

Estos valores enunciados, constituyen la mejor medida para evaluar la calidad de vida y la solidez del edificio social.

Deseo cerrar con una afirmación del Evangelio: «Ustedes saben que los jefes de las naciones dominan sobre ellas y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero que se haga su esclavo: como el Hijo del hombre, que no vino para ser vendido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud» (Mt 20,25-28).

+ Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata

Rotary Club 9 de abril 2013.doc