Homilía de Monseñor Marino en el día de San Josemaría Escrivá

“Hombres de fe hacen falta”

(Camino 586)

Homilía en la fiesta de San Josemaría Escrivá de Balaguer

Catedral de Mar del Plata, 26 de junio de 2013

Queridos hermanos:

Celebramos la Eucaristía en la fiesta de San Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei. Como obispo de esta diócesis de Mar del Plata, me complazco en dar la bienvenida en la iglesia catedral a los miembros de la prelatura, que constituyen una gran familia espiritual.

San Josemaría ha recibido un don del Espíritu Santo para la activa participación de los laicos en la renovación de la sociedad, aportando en los más variados ambientes el fermento regenerador del Evangelio. Su particular carisma ha sido reconocido por la Iglesia como un soplo de vida nueva, capaz de contribuir a la edificación del Cuerpo de Cristo, formando hombres y mujeres de distintas edades que viven el compromiso de su fe cristiana y aportan cada día en su entorno inmediato el ejemplo atractivo de la vida y la luz de la palabra que ilumina: “Tengamos la valentía de vivir pública y constantemente conforme a nuestra santa fe” (Surco 46).

Como bien lo sabemos por las enseñanzas de San Pablo, la Iglesia es un cuerpo cuya cabeza es Cristo. Consta de muchos miembros distintos y está animada por un mismo Espíritu que es el responsable de la diversidad enriquecedora de carismas diferentes y es también el garante de la necesaria unidad. De este modo, cada parte se beneficia del aporte de los otros miembros. El conjunto del cuerpo necesita de cada parte y cada miembro se entiende y cobra sentido como parte de un todo.

Por eso, como obispo, responsable del crecimiento de la Iglesia en esta geografía marplatense, los recibo con la mayor cordialidad y gratitud, porque sé que cuento con ustedes.

Estamos viviendo el Año de la Fe. En su carta Porta fidei, el papa Benedicto XVI nos pedía intensificar la adhesión a Cristo y a su Evangelio de manera más consciente y vigorosa, para que cada uno sintiera con fuerza la exigencia de conocer y transmitir mejor a las generaciones futuras la fe de siempre (cf. PF 8).

Al celebrar esta Eucaristía, sentimos que damos cumplimiento a uno de los objetivos del Año de la Fe. Decía el papa: “Tendremos la oportunidad de confesar la fe en el Señor Resucitado en nuestras catedrales e iglesias de todo el mundo; en nuestras casas y con nuestras familias” (ibid.).

Puesto que según la carta Porta fidei debemos intensificar la reflexión sobre la fe, para lograr una adhesión más consciente y vigorosa a Cristo y comunicar a otros nuestra fe en él, podemos hoy espigar de las obras de San Josemaría algunas páginas donde brilla con fuerza su calidad de pedagogo de la fe.

La fe implica una certeza que descansa en la credibilidad de la palabra de Cristo transmitida por la Iglesia. Aunque no vemos ni podemos demostrar, sabemos que hay alguien mayor que nosotros, que es plenamente confiable, y por eso asentimos con plena confianza a sus palabras. Decía nuestro santo: “La fe es la humildad de la razón que renuncia a su propio criterio y se postra ante los juicios y la autoridad de la Iglesia” (Surco 259).

Es también confianza, entrega de la vida, plena certeza de que las promesas del Señor se cumplen: “¡Llénate de fe, de seguridad! —Nos lo dice el Señor por boca de Jeremías: (…) siempre que acudáis a Mí, ¡siempre que hagáis oración!, Yo os escucharé” (Forja 228).

Citar sus pensamientos breves, a modo de máximas que producen impacto, es encontrarnos siempre con el Evangelio, fuente inagotable de su inspiración. Sabía que la fe es un don precioso en el que debemos crecer mediante nuestra correspondencia en la oración, y que es allí donde el apostolado alimenta la llama de su entusiasmo y se dispone a ver maravillas.

Oigámoslo en dos citas tomadas de Camino,su obra más popular: “Pide humildemente al Señor que te aumente la fe. —Y luego, con nuevas luces, juzgarás bien las diferencias entre las sendas del mundo y tu camino de apóstol” (Camino 580). Y añadía más adelante: “Dios es el de siempre. —Hombres de fe hacen falta: y se renovarán los prodigios que leemos en la Santa Escritura” (Camino 586).

Por ser la fe un don precioso, capaz de transformar nuestra vida y la de nuestros hermanos, debe ser objeto de súplica constante. Escuchemos sus propias palabras: “Nos falta fe. El día en que vivamos esta virtud —confiando en Dios y en su Madre—, seremos valientes y leales. Dios, que es el Dios de siempre, obrará milagros por nuestras manos. —¡Dame, oh Jesús, esa fe, que de verdad deseo! Madre mía y Señora mía, María Santísima, ¡haz que yo crea!” (Forja 235).

Intérprete del alma humana en su profundidad, sabe que la fe en Cristo es lo que colma el anhelo de todo hombre. De allí su expresión admirativa en Camino: “¡Qué hermosa es nuestra Fe Católica! —Da solución a todas nuestras ansiedades, y aquieta el entendimiento y llena de esperanza el corazón” (Camino 582).

Como hombre experimentado en los caminos del apostolado nos advierte en su obra Surco: “La fe es un requisito imprescindible en el apostolado, que muchas veces se manifiesta en la constancia para hablar de Dios, aunque tarden en venir los frutos. Si perseveramos, si insistimos bien convencidos de que el Señor lo quiere, también a tu alrededor, por todas partes, se apreciarán señales de una revolución cristiana: unos se entregarán, otros se tomarán en serio su vida interior, y otros —los más flojos— quedarán al menos alertados” (Surco 207).

Pero nuestro testimonio de fe exige una gran coherencia de vida y por eso exclama: “Fe. —Da pena ver de qué abundante manera la tienen en su boca muchos cristianos, y con qué poca abundancia la ponen en sus obras. —No parece sino que es virtud para predicarla, y no para practicarla” (Camino 579).

Es de esta coherencia que depende la fecundidad de nuestro testimonio: “Si los cristianos viviéramos de veras conforme a nuestra fe, se produciría la más grande revolución de todos los tiempos… ¡La eficacia de la corredención depende también de cada uno de nosotros! —Medítalo” (Surco 945).

Pero la fe, de la cual somos testigos, es siempre la fe recibida en la Iglesia. Creemos con la fe de la Iglesia y comunicamos a otros una doctrina que no es nuestra: “No cedas nunca en la doctrina de la Iglesia. —Al hacer una aleación, el mejor metal es el que pierde. Además, ese tesoro no es tuyo, y —como narra el Evangelio— el Dueño te puede pedir cuentas cuando menos lo esperes” (Surco 358).

Este tesoro que tenemos y custodiamos con fidelidad, no nos vuelve sin embargo agresivos y por eso nos advierte: “No se puede ceder en lo que es de fe: pero no olvides que, para decir la verdad, no hace falta maltratar a nadie” (Forja 959).

Queridos hermanos: vivir en la fe, conocerla cada vez más según las enseñanzas de la Iglesia. He aquí los objetivos de este Año de la Fe, que San Josemaría puede ayudarnos a vivir con el testimonio de su vida y la luz de sus enseñanzas.

Vivir de la fe, conocerla mejor y transmitirla, puede llevarnos a encontrar pruebas y desafíos, oscuridades y cruces. Pero todo esto está previsto en el Evangelio y por eso nuestro santo nos enseña: “Si hay montes, obstáculos, incomprensiones, trapisondas, que satanás quiere y el Señor permite, has de tener fe, fe con obras, fe con sacrificio, fe con humildad” (Forja 256).

+ Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata

Homila San Josemara Escriv 13.doc