Encuentro Diocesano de Catequesis

El sábado 24 de agosto los catequistas de la diócesis de Mar del Plata vivieron su Encuentro Diocesano de Catequesis, organizado por el Secretariado Diocesano de Catequesis, presidido por el Pbro. Fernando Mendoza. Participaron unos 540 catequistas de toda la diócesis. El lema del encuentro fue: "El catequista, peregrino en la fe".

Los momentos significativos tuvieron distintas sedes sucesivas (Instituto Stella Maris, Pquia. Ntra.Sra. de Fátima, Capilla del Divino Maestro, Colegio Santa Cecilia, Iglesia Catedral) donde hubo oración y reflexión, a cargo de los Pbros. Adolfo Losada y Andrés Di Ció de la arquidiócesis de Buenos Aires.

La Misa conclusiva en la Catedral fue presidida por Mons. Marino quien aludió también a la presencia de los miembros del Encuentro Regional Bíblico.

Brindamos el texto de la homilía pronunciada ante una fervorosa concurrencia.

“El catequista, peregrino en la fe”

Encuentro Diocesano de Catequesis. Encuentro Regional Bíblico

Catedral de Mar del Plata, domingo XXº del tiempo ordinario

Sábado 24 de agosto de 2013

Queridos catequistas, participantes del Encuentro Diocesano de Catequesis,

Queridos participantes del Encuentro Regional Bíblico, de la Región Platense Sur,

Queridos hermanos y hermanas en la fe:

En este Año de la Fe, bajo el lema “el catequista, peregrino en la fe”, un gran número de catequistas de nuestra diócesis ha vivido este día sábado como una jornada de reflexión y de oración en común, de reunión fraterna y de alegría espiritual. El encuentro estuvo jalonado por gestos simbólicos de traslado y peregrinación por diversos templos y lugares entrañables de nuestra ciudad.

También un grupo significativo se ha reunido en nuestra ciudad para reflexionar sobre la animación bíblica de toda la pastoral.

La fe que queremos comunicar a otros, la experimentamos primero como un encuentro con la luz que nos da vida y brilla en medio de las tinieblas del mundo (cf. Jn 1,4-5). Para nosotros esta luz no es otra cosa que la recepción de la que está en el mismo Cristo y se identifica con él: “Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la Vida” (Jn 8,12).

¡Cuánto gozo nos producen estas palabras! Por la fe nos ponemos en movimiento como Abraham, quien “por la fe (…), obedeciendo al llamado de Dios, partió hacia el lugar que iba a recibir en herencia, sin saber a dónde iba” (Heb 11,8).

La fe nos invita a ponernos en el seguimiento de Cristo. Hay que caminar bajo su luz, hay que peregrinar, sabiendo que habitamos aquí como extranjeros “porque no tenemos aquí abajo una ciudad permanente, sino que buscamos la futura” (Heb 13,14). Se nos pide docilidad.

Somos peregrinos guiados por Cristo, y debemos saber que el camino que conduce a la Vida es estrecho (cf. Mt 7,14) y puede pasar por oscuras quebradas (cf. Sal 23,4). En el evangelio de esta Misa, Jesús nos dice con claridad: “Traten de entrar por la puerta estrecha, porque les aseguro que muchos querrán entrar y no lo conseguirán” (Lc 13,24). Y de la carta a los Hebreos hemos oído una instrucción tomada del libro de los Proverbios: “Ustedes se han olvidado de la exhortación que Dios les dirige como a hijos suyos: «Hijo mío, no desprecies la corrección del Señor, y cuando te reprenda, no te desalientes. Porque el Señor corrige al que ama y castiga a todo aquel que recibe por hijo» ” (Heb 12,5-6).

Tanto el catequista como quien trabaja en la pastoral bíblica, tiene la noble aspiración de ser instrumento de la gracia para que la luz de la Vida que es Jesucristo llegue a todos aquellos hermanos que la Providencia pone en nuestro camino.

La lectura de Isaías, que escuchamos en primer lugar, nos presenta el proyecto salvador de Dios que desea alcanzar a todos los hombres: “Entonces, yo mismo vendré a reunir a todas las naciones y a todas las lenguas, y ellas vendrán y verán mi gloria” (Is 66,18).

El mismo Dios se encarga de enviar mensajeros: “los enviaré a las naciones (…), a las costas lejanas que no han oído hablar de mí ni han visto mi gloria. Y ellos anunciarán mi gloria a las naciones” (Is 66,19). A través de estos misioneros del pueblo elegido, Dios logra realizar su plan, pues en definitiva, ha elegido a los pueblos de toda la tierra: “Ellos traerán a todos los hermanos de ustedes, como una ofrenda al Señor, hasta mi Montaña santa de Jerusalén (…) como los israelitas llevan la ofrenda a la Casa del Señor en un recipiente puro” (Is 66,20).

Admiremos hermanos la misericordia del Señor. La ofrenda agradable que se ofrece a él, no son cosas sino personas. Se trata de la reunión de los pueblos cuyos corazones se han convertido en un recipiente puro. Cuando Dios elige, no lo hace para beneficio exclusivo del que se ve favorecido por su gracia, sino que el elegido adquiere un compromiso mayor para el bien de los demás. Así pasó con la elección de Israel, así sucede con la Iglesia. Así es también respecto de nuestros oficios y ministerios dentro de la Iglesia, desde el más encumbrado del Papa hasta los imprescindibles oficios de los catequistas.

Pero si bien “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1Tim 2,4), esta salvación no es de adquisición automática. El Dios que salva espera de nosotros una respuesta y una colaboración. No basta con haber sido llamados, no es suficiente pertenecer a la Iglesia y haber recibido el bautismo. Se requiere un compromiso perseverante, se nos exige un combate cotidiano. Podrá ocurrir que quienes se sentían seguros terminen quedando afuera (cf. Lc 13,28), mientras que “vendrán muchos de Oriente y de Occidente, del Norte y del Sur, a ocupar su lugar en el banquete del Reino de Dios” (Lc 13,29).

Ante la pregunta de si son pocos los que se salvan (cf. Lc 13,23), Jesús responde evitando satisfacer la curiosidad y llamando la atención sobre lo esencial. Lo demás se lo dejamos a la insondable sabiduría de Dios. Es preciso que cada uno de nosotros entienda que seguir a Cristo y tener fe en él nos exige un esfuerzo por entrar por la puerta estrecha, una capacidad de salir de nosotros mismos para hacer lugar a Dios y a las necesidades del prójimo.

Queridos hermanos y hermanas catequistas, ustedes han recibido una gran misión. En la Iglesia todo es grande en la misma medida de la fe y del amor. Todo es regalo, todo es gracia, todo es servicio y compromiso. Si hemos recibido el don inestimable de la fe, junto con la condición de discípulos de Cristo, adquirimos también la de misioneros. Cada cual desde su lugar.

Han sido llamados a transmitir la fe, anuncien por tanto a Cristo ante todo con el testimonio de una vida ejemplar moldeada por su Evangelio. Vivan a fondo la espiritualidad y el compromiso del Bautismo y de la Confirmación. Sepan ingresar cada día por la puerta estrecha indicada por Jesús.

Sé que puedo contar con ustedes en el proyecto de dar nuevo impulso a la catequesis, principalmente en la iniciación cristiana de los niños. Les pido que vuelvan a considerar las orientaciones que les he dado el 25 de febrero del año pasado, así como las más recientes que les he dirigido en el mensaje para el Día del Catequista de este año.

A los participantes del Encuentro Regional Bíblico, a modo de estímulo, deseo recordarles una enseñanza del Papa Benedicto XVI en la exhortación post sinodal Verbum Domini que presenta un nuevo paradigma de la pastoral bíblica: “recomendando «incrementar la ‘pastoral bíblica’, no en yuxtaposición con otras formas de pastoral, sino como animación bíblica de toda la pastoral» (Prop. 30). No se trata, pues, de añadir algún encuentro en la parroquia o la diócesis, sino de lograr que las actividades habituales de las comunidades cristianas, las parroquias, las asociaciones y los movimientos, se interesen realmente por el encuentro personal con Cristo que se comunica en su Palabra. Así, puesto que «la ignorancia de las Escrituras es ignorancia de Cristo» (S. Jerónimo), la animación bíblica de toda la pastoral ordinaria y extraordinaria llevará a un mayor conocimiento de la persona de Cristo, revelador del Padre y plenitud de la revelación divina” (VD 73a).

Por el estrecho sendero del Evangelio y por la puerta angosta de la pasión redentora, nos ha precedido María, en su singular peregrinación en la fe. Ella es la madre del “iniciador y consumador de nuestra fe, Jesucristo” (Heb 12,2). Ella es madre y modelo de la Iglesia. A ella le encomendamos todos nuestros esfuerzos.

Sientan todos los aquí presentes mi voz de aliento, mi paternal afecto, el apoyo de mi oración, y mi bendición de obispo en el nombre de la Trinidad.

+ Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata

Homila Enc.Dioc.Cateq 2013.doc