Homilía de monseñor Marino en la solemnidad de Santa Cecilia

“En su corazón cantaba sólo a Dios”

(Actas del martirio)

 Homilía en la solemnidad de Santa Cecilia

Patrona de la Catedral y de la Diócesis de Mar del Plata

22 de noviembre de 2013

(Descargar  Homilía Santa Cecilia 2013 en WORD)

Queridos hermanos:

 

  1. 1.    Historia

 

Bienvenidos a esta iglesia catedral para celebrar la Eucaristía en la solemnidad de Santa Cecilia, patrona de esta comunidad parroquial, y también de nuestra ciudad y de la diócesis de Mar del Plata.

La primitiva capilla dedicada a la santa, fue construida en 1873, hace 140 años y está ubicada en la actual calle Córdoba. Hoy la conservamos como reliquia histórica, por ser el equivalente a la piedra fundacional de Mar del Plata, y la admiramos como pequeña joya arquitectónica. Sabemos que bien pronto resultó chica para las necesidades de la creciente población. Razón por la cual comenzó a construirse un templo mayor dedicado a San Pedro en este mismo lugar donde hoy celebramos, que fue inaugurado en 1898, cuando aún no estaba terminado. En 1902, la sede parroquial que funcionaba en la anterior capilla fue trasladada por resolución del obispo Mons. Terrero, a esta iglesia de San Pedro, que seguía en construcción. Y de esta manera, se juntaron en un mismo templo dos santos titulares.

El patronato de Santa Cecilia sobre esta ciudad fue establecido desde la sede episcopal de La Plata en el año 1896 y confirmado por las autoridades locales al año siguiente.

  1. 2.    Mensaje

En nuestra santa contemplamos a una mujer ejemplar para nuestra fe por su martirio y poderosa en su intercesión ante Jesucristo, por quien no vaciló en dar el supremo testimonio de fidelidad.

Quiso consagrar plenamente su vida a Cristo, siguiendo el ejemplo de tantas otras que fascinadas por el Señor renunciaron al matrimonio para ocuparse de lleno a Jesucristo y a los intereses de su Reino, y así llegar a ser “una especial imagen escatológica de la Esposa celeste y de la vida futura, cuando finalmente la Iglesia viva en plenitud el amor de Cristo esposo” (Vita consecrata 7).

Contrariada por su padre en su propósito de virginidad consagrada, y prometida a un joven pagano, puso toda su confianza en Dios, segura de alcanzar el favor divino. Éste se manifestó en la conversión y bautismo de Valeriano, su prometido, quien sería martirizado junto con su hermano. Nada pudieron contra ella ni los atractivos del mundo ni las amenazas de los tormentos. También para ella llegó la gracia del martirio.

Basten estos breves rasgos para mostrarnos el secreto de la primitiva expansión del cristianismo. En palabras del papa Juan Pablo II: “La Iglesia del primer milenio nació de la sangre de los mártires (…). Los hechos históricos ligados a la figura de Constantino el Grande nunca habrían podido garantizar un desarrollo de la Iglesia como el verificado en el primer milenio, si no hubiera sido por aquella siembra de mártires y por aquel patrimonio de santidad que caracterizaron a las primeras generaciones cristianas” (TMA 37)

Además de la fecundidad del martirio, recordada por el gran pontífice, debemos mencionar el testimonio más elocuente sobre la libertad que éste supone. Martirio y libertad se implican mutuamente. Y a su vez, la libertad sólo es tal cuando está anclada en la obediencia a la verdad. Así nos lo enseñó el Maestro por excelencia: “Si ustedes permanecen fieles a mi palabra, serán verdaderamente mis discípulos: conocerán la verdad y la verdad los hará libres” (Jn 8,31-32).

Nuestra fe nos educa en la verdadera libertad. El pecado, por el contrario, oscurece el pensamiento, niega la verdad y sumerge en la esclavitud. Por eso, la historia auténtica de la libertad en este mundo coincide con la historia de la santidad y del testimonio martirial.

Mencionemos, por último, el rasgo más difundido según el cual se la identifica como patrona de la música. Más allá del revestimiento legendario posterior, es útil detenerse en una afirmación de las Actas de su martirio, donde interpretando el alma de la santa mártir, su autor nos dice: “en su corazón cantaba sólo a Dios”.

Estas palabras han servido de motivo inspirador para los músicos y artistas de occidente a lo largo de los siglos. Consideradas en su profundidad nos llevan a entender la vida como alabanza a Dios, y a decir con San Agustín: “Es nuestra vida, más que nuestra voz, la que debe cantar el cántico nuevo” (Salmo 32, sermón 1).

  1. 3.    Misión

Hacia el término del “año de la fe” esta solemnidad nos invita a introducir la belleza y la armonía de la música de Dios en medio de las tristezas y desconsuelos de la historia de los hombres. A partir de los símbolos somos invitados a pasar de la belleza sensible a la belleza espiritual. Será siempre útil y necesario cuidar la calidad de nuestras celebraciones, y hoy nos alegra contemplar la hermosura de la imagen de nuestra santa. Pero sabemos que la única belleza que salva este mundo es la que quedó plenamente revelada en el amor supremo de Cristo.

Con los mártires de todos los tiempos y con los héroes anónimos de hoy,  debemos recuperar nuestra vocación de testigos valientes del Evangelio de Jesús. Debemos anunciar la verdad que nos hace libres. Debemos hablar de lo que otros callan o juzgan sin interés. Esto nos va exponer más de una vez a la crítica y a la contradicción del mundo. Como decían los Apóstoles: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5,29).

Pero no debemos olvidar que nuestra primera predicación ha de ser el testimonio de la vida que por su atractivo invita al encuentro con Jesús. Las exigencias morales del Evangelio y los preceptos de la ley divina y natural se iluminan cabalmente y se llenan de significado, cuando el hombre se encuentra vitalmente con Cristo. La gracia hace lo principal. Nosotros colaboramos con ella y nos inclinamos ante el misterio. Es ésta una verdad de siempre en la doctrina cristiana, sobre la cual nuestro papa Francisco pone especial insistencia. El cristianismo se difunde por la atracción de su belleza y el contagio del ejemplo.

Lo impulsado a lo largo de este año no ha de quedar como iniciativa puntual. Queremos comprometernos en la misión permanente, actuando así los compromisos adquiridos por los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación. Queremos continuar nuestro empeño de salir a todos los caminos, a todas nuestras periferias geográficas y existenciales, para anunciar el gozo del Evangelio.

Conscientes de que la magnitud de la misión requiere muchas vocaciones de especial consagración, rezamos hoy especialmente por ellas. En cuanto al clero diocesano, puedo anunciar hoy la decisión de tres jóvenes que, Dios mediante, ingresarán el año próximo al Seminario San José de La Plata para iniciar la formación que con el auxilio de la gracia los conducirá al sacerdocio. Son sus nombres Nahuel Dejean, de la parroquia San Carlos, Leandro Lastra, de la parroquia San Andrés de Miramar, y Pablo García, de la parroquia San Cayetano. A todos invito a rezar por ellos.

Como obispo de la diócesis me siento también obligado a pedir por la renovación y fecundidad de todas las órdenes, congregaciones e institutos de vida consagrada. Entre los miembros de un mismo cuerpo compartimos gozos y necesidades.

No puedo olvidar a las autoridades civiles y a todos cuantos ejercen responsabilidad relativa al bien común de la sociedad a través de las instituciones, en los nueve partidos que componen nuestra diócesis marplatense, comenzando por General Pueyrredón.

Que Santa Cecilia interceda por nosotros en este día y siempre, despertando el deseo de construir una sociedad más fraterna y más humana.

+ Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata