Homilía de nuestro Obispo en la peregrinación a Luján

Monseñor Marino homilía en la basílica de Luján“Felices los que escuchan la Palabra de Dios y la practican”

(Lc 11,28)

 Homilía en la Misa de la peregrinación diocesana a Luján

Lunes 25 de noviembre de 2013

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 Queridos hermanos:

Al término del “año de la fe”, la diócesis de Mar del Plata, presidida por el obispo, viene en peregrinación a este santuario de Luján. Nada más oportuno, pues la Virgen María es maestra y amparo de nuestra fe. Ella nos ha precedido con su ejemplo y nos acompaña con su intercesión. Por eso, en esta ocasión hemos elegido como lema: “Madre, cuida la fe de tu pueblo que peregrina”.

La Virgen María es modelo de nuestra fe y al mismo tiempo custodia nuestra fe, mediante la cual peregrinamos hacia Dios. Por eso sentimos que su casa es la nuestra y nos sabemos amparados por su mirada misericordiosa.

De estas tres cosas quiero hablarles: María es madre y modelo por su fe, amparo de la fe y adelantada de la Iglesia en la peregrinación de la fe.

I. Madre y modelo por su fe

María se convierte en madre por su fe. El ángel le anuncia la voluntad divina de convertirla en madre del “Hijo del Altísimo”, a quien “el Señor Dios le dará el trono de David” (Lc 1,32), y le aclara que esto será la obra del Espíritu Santo que descenderá sobre ella (Lc 1,35). Y la Virgen brinda su consentimiento declarándose la “servidora del Señor” (Lc 1,38).

Este es el momento más decisivo en la vida de María. Aquí aparece su significado en la historia de la salvación. Si nos detenemos a meditarlo, entenderemos también nuestra propia vocación y la misión de la Iglesia. Desde su concepción, Dios la preparaba para este momento. Lo posterior será su desarrollo.

En el silencio y en la pobreza de Nazaret, mediante el consentimiento de una joven mujer, acontece “la obra de los siglos”[1], que es la encarnación del Hijo de Dios. Y en ese momento, como decía San Ireneo: “el nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María … y lo atado por la virgen Eva con su incredulidad, fue desatado por la virgen María mediante su fe”[2].

Se trata de una respuesta donde la Virgen pone toda su vida a disposición de la voluntad de Dios. La fe es mucho más que la afirmación de una verdad teórica que no compromete la vida; es la aceptación de la palabra divina, y más aún, la entrega obediente de la vida a Dios. La respuesta de la Virgen, en su brevedad, es modelo perfecto de fe. Ella se declara “servidora del Señor”, en un acto de obediencia que mantendrá hasta el final: “Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho” (Lc 1,38). Ésta es también su bienaventuranza, según las palabras del Evangelio que hemos escuchado: “Felices más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la practican” (Lc 11,28).

Su acto de fe surge de un corazón libre de ataduras y es adhesión perfecta a Dios que la vuelve fecunda. Como bellamente decía el papa Francisco en una reciente homilía: “la fe de María da carne humana a Jesús” (5-XI-2013).

II. Amparo de nuestra fe

Su maternidad no fue un simple hecho biológico ni mero fruto de las leyes de la naturaleza, sino que se realiza como activa colaboración con Dios salvador. Su fe la convierte en madre del Redentor que es el Hijo de Dios, y por eso en Madre de Dios.

En esta unión entre el Dios redentor y la humanidad redimida, que se da en el seno de la Virgen, podemos ver el inicio de la Iglesia. Admiremos, hermanos, la profundidad del misterio. Sí, aquí esta nuestro origen. Sintamos alegría por ello. La Iglesia, en efecto, es la comunión de los hombres con Dios a través de la humanidad de Cristo. Y esta unión comenzó en el seno de la Virgen gloriosa.

Al cuidar a su Hijo con afecto de madre, fue aprendiendo a cuidar de la Iglesia y de cada uno de nosotros. Su correspondencia fiel al don de la fe no estuvo exenta de oscuridad. Pero cuando no entendía la Palabra o quedaba sorprendida por ella, no la rechazaba, sino que la guardaba y la meditaba en su corazón (Lc 1,51).

Mediante su fe, Dios la preparaba para la prueba suprema del Calvario, donde se mostró erguida junto a la cruz del Hijo. Cuando la fe de los discípulos quedó desconcertada y padeció escándalo, toda la fe de la Iglesia se refugió en María.

Como enseña el Concilio Vaticano II: “asunta a los cielos, no ha dejado esta misión salvadora, sino que con su múltiple intercesión continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna. Con su amor materno cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y se hallan en peligros y ansiedad hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada” (LG 62).

Por esto mismo, no vacilamos en llamarla “amparo de nuestra fe” y, mientras dura nuestra condición de “desterrados hijos de Eva”, no nos cansamos de invocarla con las palabras de la Salve: “Vida, dulzura y esperanza nuestra”.

III. Adelantada de la fe

María es adelantada de la Iglesia en la peregrinación de la fe. Al hablarnos de la fe de la Virgen, el Concilio Vaticano II emplea este término: “Así avanzó también la Santísima Virgen en la peregrinación de la fe, y mantuvo fielmente su unión con el Hijo hasta la cruz” (LG 58).

Lo mismo que Abraham, “padre de los creyentes”, invitado a ponerse en camino hacia una tierra desconocida, también María avanzará hacia lo que ignora con plena entrega y confianza. Conocerá el gozo de la Anunciación, pero también la ansiedad por la pérdida del hijo y las angustias de la Cruz. Sólo así podrá experimentar la alegría de la Resurrección y alcanzar la plenitud de su fecundidad.

De este modo, se ha adelantado a cada uno de nosotros y a toda la Iglesia en la peregrinación de la fe. Ella es verdadera maestra con el ejemplo de su vida. Nos muestra el camino de la verdadera fecundidad. Al contemplarla entendemos nuestra misión: colaborar con la gracia del Espíritu Santo para que Cristo se haga presente en nosotros y en nuestro mundo. La misión de la Iglesia y la de la Virgen María coinciden en lo esencial.

Así nos lo enseña el mismo Concilio: “Por eso también la Iglesia, en su labor apostólica, se fija con razón en aquella que engendró a Cristo, concebido del Espíritu Santo y nacido de la Virgen, para que también nazca y crezca por medio de la Iglesia en las almas de los fieles. La Virgen fue en su vida ejemplo de aquel amor maternal con que es necesario que estén animados todos aquellos que, en la misión apostólica de la Iglesia, cooperan a la regeneración de los hombres” (LG 65).

* * *

Queridos hermanos e hijos en el Señor, nuestro paso por este santuario de Luján, nos ayuda a entender estas cosas. Venimos a imitar el ejemplo de nuestra Madre y sentir su amparo maternal. Venimos a renovar nuestro entusiasmo misionero que ha de traducirse en un compromiso renovado de misión permanente en nuestra diócesis.

Presentamos nuestras necesidades personales, encomendamos a nuestros enfermos y ancianos, a niños y jóvenes. Pedimos por los que son víctimas del flagelo de la droga o han experimentado una ruptura familiar. Renovamos nuestra voluntad de lucha ante las pruebas de la vida.

Pero también nos abrimos con mirada generosa a las necesidades de la Iglesia y de la sociedad. De un modo especial pedimos por el aumento de las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. También por nuestras instituciones de apostolado laical, a fin de que la rutina no se apodere nunca de ellas.

No se cansa el papa Francisco de invitarnos a poner nuestro centro en Cristo y en la misión. Esto equivale a descentrarnos, puesto que si no salimos de nosotros mismos y no entendemos las instituciones como medios para la misión, nos enfermamos como personas y como Iglesia.

Para esto hemos peregrinado a Luján bajo el lema con el cual concluyo esta homilía: “Madre, cuida la fe de tu pueblo que peregrina”.

 

+ Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata


[1] San Pedro Crisólogo, Serm. 143.

[2] San Ireneo, Adv. haeresis, III,22,4.