Homilía de Monseñor Marino en la misa de Nochebuena

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Mensaje de navidad Monseñor Marino 2013

Gloria a Dios y paz a los hombres

 Homilía de Nochebuena (descargar Homilía completa en .docx)

Catedral de Mar del Plata, 24 de diciembre de 2013

 Queridos hermanos:

I. Nochebuena

Desde muy antiguo los cristianos aprendimos a estar en vela en horas de la noche que va del 24 al 25 de diciembre, el día en que Jesús nació en Belén, de la Virgen María. Es ésta una noche muy especial, en la que pasan cosas admirables.

Es “Nochebuena”. Los acontecimientos nos llenan de admiración y el alma se reviste de suavidad. Lo mismo que los pastores ante el anuncio del ángel, sentimos un santo estupor y estremecimiento. Como ellos vamos a Belén a contemplar con nuestros ojos lo sucedido y anunciado. Nos unimos al coro de los ángeles que cantaron una alabanza sublime, el primero de los villancicos de la historia: “¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por Él!” (Lc 2, 14).

II. La gloria de Dios y la dignidad del hombre

La Navidad nos habla de la gloria de Dios y de la dignidad del hombre. Junto con los ángeles alabamos a Dios que nos revela su gloria en este niño que es su Hijo eterno. En él contemplamos nuestra increíble dignidad. Como decían los Padres de la Iglesia: “El Hijo de Dios se hizo hombre para que el hombre llegara a ser hijo de Dios”. El Altísimo se abajó para elevarnos.

Antes de ser alabanza que surge del corazón del hombre y se expresa mediante nuestros labios, la gloria de Dios es su mismo ser; es la vida divina inaccesible para la estrecha capacidad del hombre; es su perfección y bienaventuranza inimaginables. Cuando en la Antigua Alianza Dios quería manifestarse al hombre para hablarle,  éste sentía su radical indignidad e impureza, su inconsistencia e inestabilidad. Los patriarcas y profetas se postraban, la naturaleza retemblaba, y el pueblo se sentía excedido ante la gloria de Dios y su santidad.

Cuando el ángel anunció a los pastores el nacimiento de Jesús, se vieron envueltos en la gloria de Dios y sintieron temor. Así lo expresa el texto del Evangelio:  “De pronto, se les apareció el Ángel del Señor y la gloria del Señor los envolvió con su luz. Ellos sintieron un gran temor” (Lc 2,9).

Pero al “gran temor” inicial que sintieron los pastores ante el resplandor de la gloria divina, siguió la invitación a acercarse: “No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lc 2,10-12).

Jesús inaugura los tiempos nuevos, en que la gloria y la santidad de Dios se ponen al alcance del hombre más sencillo, y se manifiestan de manera desconcertante e increíble.

En Jesús contemplamos al Verbo eterno del Padre hecho niño indefenso, debilidad y ternura. Es la Palabra eterna y omnipotente de Dios Padre, traducida a nuestro lenguaje. Palabra de Dios en palabra humana que nos conmueve y nos invita.

Sí, en un pobre pesebre y amamantado por su Madre, la Virgen María, está el Emanuel, el “Dios con nosotros”. No hay estruendo en la naturaleza sino silencio; la angustia de los pobres y rudos pastores, cede paso a la alegría. La gloria de Dios se hizo lenguaje tan humano que puede contemplarse en un pequeño niño.

Si la Navidad nos habla del gran amor de Dios, no nos habla menos de la gran dignidad del hombre. En este niño, Dios nos ha hecho sus hijos. Somos de su familia. Esto significa que la Trinidad y la Iglesia –realidades inseparables– son nuestra casa.

Si somos hijos de un mismo Padre, somos hermanos entre nosotros y formamos una sola familia. Así la Navidad ha educado a los hombres a lo largo de la historia, en medio de los inevitables límites humanos, hablándoles de la paternidad de Dios y de nuestra fraternidad. Y los valores descubiertos por nuestra fe, fueron impregnando la cultura.

III. Recuperar la Navidad

Es preciso recuperar el sentido de la Navidad, rescatándola de su forma secularizada y comercial. No pretendemos negar los aspectos humanos y familiares de la fiesta, huella difusa que la fe en la encarnación del Hijo de Dios dejó en la cultura, sino que se trata de no desvirtuar su esencia, olvidando qué celebramos y a quién celebramos.

Por eso, este año hemos querido asumir como lema estas palabras que deseo repetir con fuerza: “Navidad es Jesús”. Si Él no está, la Navidad se vacía. ¿Acaso tiene sentido celebrar un aniversario, sin mencionar a su protagonista?

Este año hemos vivido la alegría que nos vino como pueblo de ver a un argentino ocupando la sede de Pedro. Legítimo orgullo, pero también compromiso de mostrarnos a la altura de semejante representación.

Qué contraste y qué humillación experimentamos, ante la opinión pública local e internacional, en nuestra ciudad de Mar del Plata y en varias otras de nuestro país, ante el vergonzoso espectáculo de los vandálicos saqueos intencionados a tantos comercios, que de ninguna manera estuvieron motivados por el hambre y causaron tanto daño.

Cuando en la sociedad algunos deciden fundar la amistad social prescindiendo de Dios, las consecuencias suelen ser trágicas, pues la fraternidad humana presupone la paternidad divina. La rebeldía contra la paternidad de Dios en nombre de la libertad del hombre, desemboca en grave daño para el mismo hombre. El eclipse de Dios coincide con la noche ética y la destrucción de lo humano. La corriente secularista que pretende confinar la religión sólo en el interior de las conciencias y de los templos, termina destruyendo los pilares de la convivencia y de la moral objetiva.

Cuando el “Hijo del Altísimo” asume nuestra condición humana, en el centro de toda la realidad quedan definitivamente Dios y el hombre sin contradicción, unidos sin confusión ni separación posible.

Queridos hermanos, celebrar la Navidad implica reconocimiento y compromiso. Reconocimiento de Jesús como Salvador y compromiso de recibirlo en nuestras costumbres. Si se actúa este proceso, el resultado es un encuentro entre personas, entre Dios Salvador y la humanidad salvada. Y encuentro de los hombres como hermanos.

La fe cristiana se ha difundido en el mundo por su intrínseco atractivo, cuando se hizo vida en el testimonio de los mártires y de los cristianos ejemplares, que supieron hablar con el testimonio de sus obras.

IV. Madre de Dios

Deseo concluir esta meditación dirigiéndome, junto con ustedes, a la Virgen María, que nos trajo a Jesús:

Madre Santísima,

este es tu día más feliz.

Madre de Dios, con tu niño en tus brazos, eres la Mujer por excelencia.

En ese niño, el universo y la historia alcanzan su plenitud.

Al darnos a Jesús, nos has traído la salvación.

Tu fe hizo posible su venida.

Con Él renace la esperanza

y por él suspiran los hombres, tantas veces sin saberlo.

Que imitándote a ti,

seamos dóciles al Espíritu Santo

para que Cristo siga naciendo en nuestro corazón

y en los corazones de los hombres.

Que tu Hijo se haga presente

en medio de la pobreza material y espiritual

de tantos hermanos nuestros.

Que sepamos llevarlo a nuestras periferias geográficas y existenciales.

Que aprendamos de ti la confianza ilimitada

en el amor providente y misericordioso de Dios.

Consuela a los que están solos o lloran una ausencia,

o sufren por cualquier motivo que sea.

Convoca nuevamente a los que se apartaron de la casa paterna.

Concede a nuestra patria días de concordia,

de encuentro y voluntad de paz.

Amén.