Homilía del obispo en la ordenación de diáconos permanentes e institución de acólitos

“Yo estoy entre ustedes como el que sirve”

(Lc 22,27)

Homilía en la Misa de ordenación de diáconos permanentes

e institución de acólitos

Catedral de Mar del Plata, 14 de febrero de 2014

Queridos hermanos:

Esta celebración de la Eucaristía se realiza en medio del gozo de conferir el ministerio del acolitado a dos seminaristas, que siguen su camino hacia el sacerdocio. En esta misma ocasión experimentamos la gran alegría de ordenar como diáconos permanentes a dos miembros de la Iglesia marplatense, que vienen preparándose desde hace años para este servicio.

En la vida de todo obispo es éste un momento de legítima alegría, común a toda la diócesis. En el curso de la semana vocacional, la Iglesia de Mar del Plata, al mismo tiempo que implora la gracia de las vocaciones, da también muestras de su vitalidad. Por eso, debemos dar gracias a Dios por este don que nos beneficia a todos. Si somos la familia de Dios, no podemos permanecer indiferentes. El gozo y el bien de ellos son también los nuestros.

Acólitos al servicio del altar

En su Carta Apostólica Ministeria quaedam, del 15 agosto de 1972, el papa Pablo VI se expresaba sobre el ministerio del acólito con estas palabras: “El Acólito, destinado de modo particular al servicio del altar, aprenda todo aquello que pertenece al culto público divino y trate de captar su sentido íntimo y espiritual; de forma que se ofrezca diariamente a sí mismo a Dios, siendo para todos un ejemplo de seriedad y devoción en el templo sagrado y además, con sincero amor, se sienta cercano al Cuerpo Místico de Cristo o Pueblo de Dios, especialmente a los necesitados y enfermos”.

Queridos Gastón y Juan Cruz, ustedes se encuentran en la etapa previa al diaconado que, Dios mediante, recibirán el año próximo, y que, a su vez, habrá de culminar con la ansiada meta del sacerdocio.

Las palabras recién escuchadas definen el ministerio que les confiero por referencia al “servicio del altar” y al “culto público divino”. Pero además del aprendizaje práctico de las normas litúrgicas, se les pide “captar su sentido íntimo y espiritual”. Se trata, por tanto, de un programa exigente. El culto público de la Iglesia, al cual quedarán vinculados, pide de ustedes una gran coherencia entre el altar y la vida, entre el culto litúrgico y el culto existencial. Recuerden que al “ayudar al diácono y prestar su servicio al sacerdote”, deben aprender a “ofrecerse cotidianamente a sí mismos a Dios”. Y recuerden también que de ustedes se espera el buen ejemplo, el amor sincero, la cercanía con el Pueblo de Dios, y en especial la caridad con los enfermos y necesitados.

Sepan que sigo con atención e interés este camino, desde la distancia física, pero en cercanía espiritual y disponibilidad.

Diáconos, imagen de Cristo Servidor

En cuanto a ustedes, queridos Marcelo Lovera y Antonio Taliercio, soy consciente de estar ejerciendo una de las responsabilidades mayores de mi ministerio episcopal, al otorgarles el sacramento del Orden Sagrado en el grado de diáconos.

Es sabido que el Concilio Vaticano II volvió a abrir la posibilidad de conferir el Orden del diaconado a hombres, incluso casados, que habrán de permanecer siempre en este grado de la jerarquía. Es el caso de ustedes, a quienes, después de años de preparación, tengo la alegría de incorporar al número de los diáconos de la diócesis de Mar del Plata.

En la Iglesia latina, por diversas causas, cayó en desuso el diaconado como grado permanente de la jerarquía durante más de un milenio. Se conservó, de hecho, como paso previo al sacerdocio. Recuperarlo implica, además de la existencia de normas canónicas, también el desafío de instruir a todo el pueblo de Dios mediante una adecuada y sostenida catequesis que le permita captar su esencia y entender todo el potencial apostólico y la riqueza de significado que aporta este grado del Orden dentro de la comunidad eclesial.

Lentamente se irá instalando en la mentalidad de los fieles la existencia de los diáconos permanentes y la comprensión de su naturaleza y misión. Suelen ser, como en este caso, hombres casados, con sus familias bien constituidas y de reconocida virtud. Deseosos de brindar un triple servicio a la Palabra de Dios como alimento de los fieles; a la liturgia como culto a Dios y santificación del pueblo; y a la caridad, pues debe resplandecer en ellos “un amor sincero, una solicitud por pobres y enfermos”.

El Catecismo de la Iglesia Católica presenta su naturaleza resumiendo la doctrina conciliar: “En el grado inferior de la jerarquía están los diáconos, a los que se les imponen las manos «para realizar un servicio y no para ejercer el sacerdocio»” (LG 29; cf CD 15). En la ordenación al diaconado, sólo el obispo impone las manos, significando así que el diácono está especialmente vinculado al obispo en las tareas de su "diaconía" (cf San Hipólito Romano, Traditio apostolica 8) (nº 1569).

Al hablar de sus funciones el mismo Catecismo afirma: “Corresponde a los diáconos, entre otras cosas, asistir al obispo y a los presbíteros en la celebración de los divinos misterios sobre todo de la Eucaristía y en la distribución de la misma, asistir a la celebración del matrimonio y bendecirlo, proclamar el Evangelio y predicar, presidir las exequias y entregarse a los diversos servicios de la caridad (cf LG 29; cf. SC 35,4; AG 16)” (nº 1970).

Esto exige de parte de la Iglesia diocesana un particular esmero por ir afinando los criterios de selección. En este sentido, nada mejor podrá decirse que lo expresado por San Pablo en la Primera Carta a Timoteo: “De la misma manera, los diáconos deben ser hombres respetables, de una sola palabra, moderados en el uso del vino y enemigos de ganancias deshonestas. Que conserven el misterio de la fe con una conciencia pura. Primero se los pondrá a prueba, y luego, si no hay nada que reprocharles, se los admitirá al diaconado. Que las mujeres sean igualmente dignas, discretas para hablar de los demás, sobrias y fieles en todo. Los diáconos deberán ser hombres casados una sola vez, que gobiernen bien a sus hijos y su propia casa. Los que desempeñan bien su ministerio se hacen merecedores de honra y alcanzan una gran firmeza en la fe de Jesucristo” (1Tim 3,8-13).

Queridos Marcelo y Antonio, ustedes han elegido como lema inspirador de su diaconado las palabras del mismo Cristo en la última Cena: “Yo estoy entre ustedes como el que sirve” (Lc 22,27). No lo olviden nunca. El diácono debe ser en la Iglesia un signo vivo que nos recuerde a todos al mismo Cristo Servidor de Dios y de los hombres. Esto es lo que espero de ustedes, que nos ayuden a ser Iglesia servidora.

Los rodean sus esposas y sus familias, también sacerdotes y sus hermanos diáconos, amigos y conocidos, seminaristas y fieles. Junto con todos ellos nos dirigimos a quien nos precede en el servicio como humilde servidora del Señor:

“En compañía de María, la madre de Jesús”

Gloriosa Madre de Cristo,

en cuyo seno el Espíritu Santo formó

al perfecto Servidor de Dios y de los hombres;

en ti la Iglesia contempla el modelo que debe imitar.

Queremos presentarnos ante el mundo

con las mismas actitudes y sentimientos de Cristo Servidor.

Enséñanos a servir a nuestros hermanos

experimentando el gozo de llevarles el Evangelio de tu Hijo.

Ayúdanos con tu intercesión a servir a todos

y privilegiar a los pobres y enfermos.

Alcánzanos de tu Hijo la abundancia de bendiciones

que se derramen sobre Gastón y Juan Cruz

a quienes instituyo acólitos;

sobre Marcelo y Antonio

a quienes marco para siempre

con el sello imborrable del Espíritu

para que sean diáconos de la Iglesia.

Que todos entendamos

que cada vez que celebramos la Eucaristía,

sacramento central,

nos estamos comprometiendo a entender la vida como servicio.

Madre de la Iglesia, ruega por nosotros.

Amén.

X Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata

Homila diconos permanentes 14.docx