Homilía de nuestro obispo, en la víspera de la canonización de Juan XXIII-Juan Pablo II

Vigilia por la canonización_en Catedral_byPastoral Universitaria“Los santos nos mueven a creer”

Homilía en la víspera de la canonización de los Papas

Juan XXIII y Juan Pablo II

Catedral de Mar del Plata, sábado 26 de abril de 2014

Queridos hermanos:

I. “¡Felices los que creen sin haber visto!” (Jn 20,29)

Celebramos la Misa del segundo domingo de Pascua, donde cada año la Iglesia nos hace escuchar el relato de las apariciones de Jesús, primero a los diez apóstoles en ausencia de Tomás, quien se negó a creer en su testimonio; y luego a los once, ocho días más tarde, esta vez en presencia de Tomás, quien al palpar sus llagas confiesa su fe y exclama: “¡Señor mío y Dios mío!” (Jn 20,28).

El apóstol Tomás, cree al ver, oír y palpar. Ve, oye y toca al mismo Maestro que conoció y amó. Aunque por la resurrección entró en un estado distinto, con propiedades nuevas respecto de la vida anterior, Jesús se deja ver y tocar. No se trata de una visión fantasmal, ni de una experiencia sólo espiritual e interior. Ahora Tomás acepta la realidad de la resurrección, en la que antes se negaba a creer.

No sólo Tomás, sino también el resto de los apóstoles había caído en gran desconcierto con la pasión y muerte del Señor. Por eso, les costó creer en el anuncio de la resurrección que primero hicieron las mujeres. Jesús sanará la incredulidad de los apóstoles con el consuelo de las apariciones, con sus catequesis en las cuales les explicaba las Escrituras, y sobre todo mediante la efusión del Espíritu Santo, que los llevará a una comprensión plena de su misterio pascual, a una adhesión de fe en Él sin reservas y a una gran fortaleza para el testimonio.

En presencia de Tomás, primero incrédulo y ahora creyente sincero, Jesús pronuncia estas palabras que siempre deberemos meditar: “Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!” (Jn 20,29).

Creemos lo que no vemos, apoyados en el testimonio de personas dignas de fe. Si hubiera visión, no habría fe sino evidencia. Pero en el acto de fe, Dios nos ilumina interiormente con la gracia del Espíritu Santo, y nos habla a través de signos externos que nos mueven a creer.

El creyente no rechaza ni menosprecia la presencia de los signos que mueven a creer, cuando estos son dados, aunque no los exige como condición para su acto de fe. Cuando Dios retira tales auxilios, debemos pensar que está queriendo purificar nuestra fe, pues la fe se vuelve más perfecta cuando es probada y carece de apoyos sensibles. Es por esto que el Señor, en otro pasaje del Evangelio de Juan reprendió a algunos diciéndoles: “Si no ven signos y prodigios, ustedes no creen”(Jn 4,48).

Dios mediante signos de su bondad, no deja nunca de socorrer a su Iglesia a lo largo de los siglos. Lo hace de muy distintas maneras. Una de ellas es la presencia de “los santos y las santas –que como recordaba el Papa Juan Pablo II– han sido siempre fuente y origen de renovación en las circunstancias más difíciles de la historia de la Iglesia” (Christifideles laici 16, 3).

Buen ejemplo de esta afirmación es el regalo que la Iglesia ha recibido en los últimos tiempos en la persona de Papas ejemplares, entre los que destacan los dos que en pocas horas más serán incorporados oficialmente por el Papa Francisco al catálogo de los santos canonizados. Por ello, la Iglesia está viviendo un momento memorable.

II. Juan XXIII, “el bueno”

El Papa Juan XXIII ha marcado nuestro tiempo con la convocatoria del Concilio Vaticano II, a poco tiempo de asumir el pontificado. Se dejó guiar por una “moción del Espíritu Santo”. Sabemos que su anhelo fue la renovación espiritual de la Iglesia, como en una “primavera”, como en un “nuevo Pentecostés”, dejando entrar “aire fresco”, en orden a saber leer los “signos de los tiempos” y poder actuar una puesta al día o aggiornamento. Tales son las palabras que él volvió populares, para caracterizar su propósito de responder con el Evangelio a las necesidades de un mundo en rápido cambio, cada vez más distanciado de la Iglesia y de Cristo.

“¿Qué otra cosa es, en efecto, un Concilio Ecuménico —decía el Papa Bueno— sino la renovación de este encuentro de la faz de Cristo resucitado, rey glorioso e inmortal, radiante sobre la Iglesia toda, para salud, para alegría y para resplandor de los hombres?”

Pero para este Papa, formado en la más sólida tradición, la apertura al mundo contemporáneo no podía significar la menor ruptura con la doctrina de la Iglesia y, por tanto, decía: “Esta doctrina es, sin duda, verdadera e inmutable, y el fiel debe prestarle obediencia, pero hay que investigarla y exponerla según las exigencias de nuestro tiempo. Una cosa, en efecto, es el depósito de la fe o las verdades que contiene nuestra venerable doctrina, y otra distinta es el modo como se enuncian estas verdades, conservando, sin embargo, el mismo sentido y significado”.

Junto con el Concilio que quiso e impulsó, el acercamiento a todos los hombres de buena voluntad y la promoción de la unidad de todos los cristianos, han sido y serán aspectos salientes de su glorioso legado.

III. Juan Pablo II, “el magno”

Su tercer sucesor, después de Pablo VI y del breve pontificado de Juan Pablo I, será el gran Papa Juan Pablo II, venido de la Polonia semper fidelis, “siempre fiel”. Después de San Pedro, el primero de los Papas, y del Beato Pío IX, en el siglo XIX, el suyo ha sido el tercer pontificado más extenso en la historia de la Iglesia. Su figura está muy cerca de nosotros en el tiempo y en las imágenes y recuerdos que aún se conservan en todas partes. Nos ha visitado dos veces y lo hemos sentido cerca.

En el nombre elegido, quiso marcar la continuidad con sus venerables predecesores. Si Juan XXIII inspiró el Concilio, y Pablo VI lo condujo y se esmeró en actuar la doctrina y las orientaciones conciliares, el Papa polaco quiso profundizar la auténtica interpretación conciliar, iniciada por Pablo VI. Nos dejó así un voluminoso y admirable cuerpo de doctrina, cuya vigencia perdura. Su obra pastoral y su doctrina no entren en el tiempo de una homilía.

Sufrió un criminal atentado y se repuso. Su ardor misionero lo llevó por todo el mundo. Su tema central, que mostraba su amor apasionado por Cristo, fue la frase que se encuentra en el documento Gaudium et spes, que él mismo contribuyó a redactar: “En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque (…) Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación” (GS 22).

Asisten a esta Misa miembros de la comunidad polaca, a quienes agradezco por su presencia que nos es muy grata. Con ellos compartimos el gozo de esta canonización. “Polonia siempre fiel”, gustaba decir al santo Papa, repitiendo un lema tradicional.

* * *

Queridos hermanos, en la hora en que hemos sido convocados a evangelizar sin cansancio la cultura de nuestro tiempo, que pasa por lo que Juan Pablo II llamaba una “noche ética”, la canonización conjunta de los dos amados Papas nos recuerda el potencial evangelizador de la santidad, que es nuestra vocación recibida en el bautismo.

Pidamos al Buen Pastor, que por medio de uno y otro Papa nos conceda renovarnos en nuestra responsabilidad misionera, apoyada en la conciencia de nuestro deber de santidad, la cual, según escribía Juan XXIII cuando era aún el joven seminarista Roncalli, “no está fundada en hechos estrepitosos, sino sobre pequeñas cosas que a los ojos del mundo parecen insignificantes” (Diario, 1-10 de abril de 1903).

+ Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata

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