Homilía de monseñor Marino en la fiesta de San Josemaría Escrivá de Balaguer

“Has de ser una brasa encendida, que lleve fuego a todas partes”

(Surco 194)

Homilía en ocasión de la fiesta de San Josemaría Escrivá de Balaguer

Catedral de Mar del Plata, 25 de junio de 2014

Queridos hermanos de la Prelatura del Opus Dei:

Desde el más alto magisterio, la Iglesia en las últimas décadas nos viene invitando a una “nueva evangelización”. Ante los grandes cambios culturales, la consigna es salir a anunciar explícitamente a Cristo. El Papa Francisco no cesa de clamar por una Iglesia “en salida”, como en Pentecostés. Una Iglesia que sale a proclamar el Evangelio a todas las periferias, geográficas y existenciales.

Sabemos que a lo largo de la historia, los cristianos vivimos afrontando nuevos desafíos que guardan relación con las crisis culturales, con el modo con que los hombres afirman o niegan a Dios, aceptan o rechazan a Cristo, tal como lo predica la Iglesia. La crisis, la debilidad humana, la persecución, el descrédito, no son novedad para nosotros si tenemos en cuenta todos los siglos que nos vinculan con nuestros orígenes. Pero en medio de las crisis, aun las peores, siempre han aparecido figuras providenciales, que nos recuerdan lo esencial y marcan el camino a seguir.

En consonancia con la orientación común a toda la Iglesia, deseo presentar sólo algunos pensamientos de San Josemaría Escrivá, que en su habitual sencillez expresiva nos ayudan a insertarnos en este esfuerzo de salida misionera.

Al leer la Exhortación Evangelii gaudium, nos encontramos con el acento que el Santo Padre pone en la alegría del Evangelio, en “la dulce y confortadora alegría de evangelizar” (cf. EG 9-13). También impresiona la invitación a una propuesta positiva (159) y de persona a persona, así como el carácter contagioso y atractivo de nuestro testimonio de vida (127-129). Todo sostenido por la acción misteriosa del Resucitado y de su Espíritu (275-280), el ejemplo de María y su intercesión (284-288).

Con diferente lenguaje y estilo, nos parece sentir el eco de palabras de San Josemaría, que vienen al caso. En su obra Surco, leemos: “La alegría de un hombre de Dios, de una mujer de Dios, ha de ser desbordante: serena, contagiosa, con gancho…; en pocas palabras, ha de ser tan sobrenatural, tan pegadiza y tan natural, que arrastre a otros por los caminos cristianos” (Surco 60). Poco antes había dicho: “Que nadie lea tristeza ni dolor en tu cara, cuando difundes por el ambiente del mundo el aroma de tu sacrificio: los hijos de Dios han de ser siempre sembradores de paz y de alegría” (59).

San Josemaría formulaba con notable simplicidad el deber que tenemos todos los bautizados “de llevar el Evangelio a las personas que cada uno trata, tanto a los más cercanos como a los desconocidos” (EG 127), según nos pide el Papa. Se trata de “la predicación informal que se puede realizar en medio de una conversación y también es la que realiza un misionero cuando visita un hogar” (ibid.).

En su obra Forja se expresaba de este modo: “Con frecuencia, siento ganas de gritar al oído de tantas y de tantos que, en la oficina y en el comercio, en el periódico y en la tribuna, en la escuela, en el taller y en las minas y en el campo, amparados por la vida interior y en la Comunión de los Santos, han de ser portadores de Dios en todos los ambientes, según aquella enseñanza del Apóstol: “glorificad a Dios en vuestra vida y llevadle siempre con vosotros” (Forja 945).

Igualmente en Surco, más que una teoría nos brinda un ejemplo del efecto contagioso de un testimonio alegre de nuestra fe: “Me escribías: se unió a nuestro grupo un chico joven, que iba hacia el Norte. Era minero. Cantaba muy bien, y vino acompañando a nuestro coro. Le encomendé hasta que llegó su estación. Al despedirse, comentó: «cuánto me gustaría prolongar el viaje con vosotros!» – Me acordé enseguida del (…) –
«¡quédate con nosotros, Señor!», y le pedí nuevamente con fe que los demás «le vean» en cada uno de nosotros, compañeros de «su camino»” (Surco 227).

Pero el cristiano que por fuerza de su bautismo y su confirmación ha recibido la misión de anunciar al Señor, no debe olvidar nunca el secreto de su fecundidad. Por eso, enseñaba San Josemaría: “Tres puntos importantísimos para arrastrar las almas al Señor: que te olvides de ti, y pienses sólo en la gloria de tu Padre Dios; que sometas filialmente tu voluntad a la Voluntad del Cielo, como te enseñó Jesucristo; que secundes dócilmente las luces del Espíritu Santo” (Surco 793). Y en su célebre libro Camino recordaba la norma de todo apostolado: “Es preciso que seas «hombre de Dios», hombre de vida interior, hombre de oración y de sacrificio. –Tu apostolado debe ser una superabundancia de tu vida «para adentro»” (Camino 961).

No nos cabe duda de que, en diferentes coordenadas de tiempo, podemos encontrar en la espiritualidad que San Josemaría procuró vivir y transmitir, el equivalente de lo que hoy llamamos una “Iglesia en salida”, que no se encierra ni repliega sobre sí misma, sino que se vuelve fuego, brasa encendida para alcanzar a los más alejados.

Oigamos sus palabras: “El mundo está frío, hace efecto de dormido. -Muchas veces, desde tu observatorio, lo contemplas con mirada incendiaria. ¡Que despierte, Señor! -Encauza tus impaciencias con la seguridad de que, si sabemos quemar bien nuestra vida, prenderemos fuego en todos los rincones…, y cambiará el panorama” (Surco 297).

No se trata de citas aisladas, sino de palabras que ponen al descubierto que su pasión apostólica y misionera está en el centro de la obra que quiso y supo impulsar. Por eso, deseo citar otras entre sus muchas afirmaciones: “Quienes han encontrado a Cristo no pueden cerrarse en su ambiente: ¡triste cosa sería ese empequeñecimiento! Han de abrirse en abanico para llegar a todas las almas. Cada uno ha de crear -y de ensanchar- un círculo de amigos, sobre el que influya con su prestigio profesional, con su conducta, con su amistad, procurando que Cristo influya por medio de ese prestigio profesional, de esa conducta, de esa amistad (Surco 193). “Has de ser una brasa encendida, que lleve fuego a todas partes. Y, donde el ambiente sea incapaz de arder, has de aumentar su temperatura espiritual. -Si no, estás perdiendo el tiempo miserablemente, y haciéndolo perder a quienes te rodean” (194). “No me digas que cuidas tu vida interior, si no haces un apostolado intenso, sin pausa: el Señor – a Quien tú me aseguras que tratas- quiere que todos los hombres se salven” (197).

En una homilía del día de la Ascensión, contenida en su obra Es Cristo que pasa, nos regala una definición teológica profunda sobre el apóstol: “Apóstol es el cristiano que se siente injertado en Cristo, identificado con Cristo, por el Bautismo; habilitado para luchar por Cristo, por la Confirmación; llamado a servir a Dios con su acción en el mundo, por el sacerdocio común de los fieles, que confiere una cierta participación en el sacerdocio de Cristo (…)” (120). Y más adelante: “Para el cristiano, el apostolado resulta connatural: no es algo añadido, yuxtapuesto, externo a su actividad diaria, a su ocupación profesional. ¡Lo he dicho sin cesar, desde que el Señor dispuso que surgiera el Opus Dei!” (122).

Queridos miembros del Opus Dei, sin pretensión de discurso orgánico, ni mucho menos completo, sólo he querido mostrarles que en el santo fundador de la Obra hay riqueza abundante para descubrir que ustedes pueden contribuir a la nueva evangelización de nuestra cultura secularizada, con el carisma que les es propio, en plena consonancia y complementación con las orientaciones de la Iglesia en la hora presente.

Concluyamos esta reflexión mirando junto con él hacia la Virgen, a quien confiamos nuestra misión evocando sus palabras: “María, Madre de Jesús, que lo crió, lo educó y lo acompañó durante su vida terrena y que ahora está junto a El en los cielos, nos ayudará a reconocer a Jesús que pasa a nuestro lado, que se nos hace presente en las necesidades de nuestros hermanos los hombres” (Es Cristo que pasa 145).

X Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata

Homilía San Josemaría Escrivá 14.docx