Homilía de monseñor Marino en el día de Santa Cecilia | 2014

“Yo canto a otro lugar, no a éste”

(San Agustín)

Homilía en la solemnidad de Santa Cecilia

Patrona de la Catedral y de la Diócesis de Mar del Plata

22 de noviembre de 2014

1. La patrona de la diócesis

Nuestra diócesis de Mar del Plata celebra hoy a su patrona, la virgen y mártir Santa Cecilia. Su patronazgo es celebrado con especial solemnidad en esta iglesia catedral, sede al mismo tiempo de la comunidad parroquial que lleva su nombre.

Día de alegría y de legítima fiesta; ocasión para crecer en la conciencia de nuestra identidad cristiana; y oportunidad para renovar nuestro ardor misionero.

La santa cuyo martirio evocamos, nos brinda el testimonio de su vida y el auxilio de su intercesión ante Aquel por quien derramó su sangre. A su intercesión acudimos, conscientes de que el único Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo, ha querido asociar consigo a todos aquellos hermanos nuestros que ya están en la gloria del cielo y unidos a Él interceden por nosotros y son nuestros patronos.

Hablar de fiestas patronales nos lleva a explicar brevemente el significado de la palabra “patrono”. En el derecho romano, patronus se decía del protector o abogado defensor; del señor de un liberto; del ciudadano romano influyente, capaz de defender las causas de los débiles en un tribunal o ante la autoridad pública. De allí que en los Padres de la Iglesia surgiera el uso de comparar la función de los santos en el cielo con la de los patronos ante un tribunal o ante el emperador. Los santos patronos son los que tienen una particular vinculación con nosotros, con una institución o un lugar. A ellos acudimos buscando ayuda y el auxilio de su intercesión ante Dios, fuente de toda gracia.

La santa patrona de nuestra diócesis, lo es también de esta ciudad y de esta iglesia catedral. Su culto se extendió por todas partes desde Roma, a partir del siglo V, gracias a un escrito conocido como su Pasión. Su vida nos llega envuelta en un revestimiento legendario, el cual encierra, sin embargo, la sólida realidad de la virginidad y del martirio y el mensaje de la belleza de una vida que supo hacer de Cristo el valor supremo.

2. Invitados a las bodas del Cordero

Las lecturas bíblicas de esta Misa, nos brindan el marco de comprensión más profundo de su vida. A través del profeta Oseas, Dios declara su proyecto de establecer una alianza de amor matrimonial con el pueblo elegido: “Yo te desposaré para siempre, te desposaré en la justicia y el derecho, en el amor y la misericordia; te desposaré en la fidelidad, y tú conocerás al Señor” (Os 2,21-22).

La venida de nuestro Señor Jesucristo es vista como la presencia del esposo: “¿Acaso los amigos del esposo pueden estar tristes mientras el esposo está con ellos? Llegará el momento en que el esposo les será quitado, y entonces ayunarán” (Mt 9,15). Con la sangre de su cruz, Cristo sellará esta Alianza de desposorio eterno con su Iglesia, como nos enseña San Pablo en la carta a los Efesios (Ef 5,25-32).

A través de sus servidores, llama Cristo a los hombres a esta fiesta de bodas, como en la parábola del banquete nupcial (Mt 22,1-14): “Vengan a las bodas” (v.4). Pero no todos aceptan esta invitación. Jesús quiere hacernos participar de su alegría. En la esposa de la parábola estamos místicamente implicados todos nosotros. Es preciso responder llevar el traje de fiesta de nuestra fidelidad y de nuestras buenas obras. Mientras aguardamos el cumplimiento de esta realidad, vivimos en continua vigilancia la espera de Cristo esposo, imitando la actitud de las vírgenes prudentes de la parábola que hemos escuchado (Mt 25, 1-13).

El tiempo de la espera, es el tiempo del testimonio y del martirio. Por eso San Pablo en el pasaje de su carta a los Romanos, movido por la experiencia del amor divino revelado en Jesucristo, entona un himno a la confianza en el amor de Dios: “¿Quién estará contra nosotros? … ¿Quién podrá separarnos del amor de Cristo?” (Rom 8,31.35).

La fase final de la historia será la celebración eterna de las bodas del Cordero con su esposa la Iglesia, revestida de supremo esplendor: “… han llegado las bodas del Cordero: su esposa ya se ha preparado, y la han vestido de lino fino de blancura resplandeciente” (Ap 19,7-8).

3. Testigos misioneros de la suprema belleza

La Pasión de Santa Cecilia, no es tan ingenua como podría pensarse, con su revestimiento literario lleno de símbolos. A la luz de la Palabra divina entendemos que virginidad, martirio y belleza, debidamente interpretados, son valores intrínsecos de nuestra vocación bautismal y pertenecen a la espiritualidad de todo cristiano.

Según esto, podemos entender que la razón de ser de la Iglesia no consiste ante todo en crear estructuras, sino en trabajar para generar esponsalidad y testimonio, encuentro íntimo con Cristo, personal y comunitario, que lleva necesariamente al testimonio martirial en medio del oleaje adverso del mundo. Una Iglesia que se repliega sobre sí misma fácilmente se enferma.

La Iglesia institucional ha sido querida por Cristo, quien la edificó sobre los Apóstoles y sus sucesores, custodios de la Revelación, bajo la asistencia del Espíritu Santo. Pero debemos siempre recordar que, por importante que sean las estructuras e instituciones de la Iglesia, se trata siempre de medios, algunos necesarios, pero que se orientan hacia un fin. La Iglesia existe ante todo para evangelizar, para salir y anunciar a Jesucristo a todos los hombres, y de este modo anticipar en la tierra la belleza trascendente de las bodas del Cordero.

Esta comunidad parroquial ha querido celebrar sus fiestas patronales, preparándose mediante una Asamblea Pastoral para definir algunas líneas de acción en el próximo bienio 2015-2016, a la luz de la Palabra de Dios y de las orientaciones de la exhortación Evangelii gaudium. Conscientes de que todo esfuerzo humano queda infecundo sin la gracia divina, traerán sus conclusiones y proyectos al altar eucarístico.

La lógica de los símbolos ha asociado a Santa Cecilia con la belleza de la música y del canto. La comprensión profunda del símbolo nos remite a la belleza suprema del amor que se ha revelado en la cruz de Cristo y que pide de nuestra parte la correspondencia de un cántico de alabanza.

Para lo cual juzgo oportuno ceder la palabra a San Agustín: “Hermanos y hermanas, ahora escuchamos, escuchamos y cantamos. Consumámonos del deseo de la ciudad de la cual somos ciudadanos. Deseándola ardientemente, ya estamos allá. Ya hemos echado nuestra esperanza como un ancla sobre la costa. Yo canto a otro lugar, no a éste, pues canto con el corazón y no con la carne; el poeta de Jerusalén escucha la melodía del corazón” (Enarrationes 64,3).

X Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata

Homilía Santa Cecilia 2014.docx