Homilía de monseñor Antonio Marino en la misa del jueves Santo

“Reunidos para celebrar la santísima Cena”

(Oración colecta)

Homilía del Jueves Santo

Catedral de Mar del Plata, 2 de abril de 2015

Queridos hermanos:

Antes de dejar este mundo para volver al Padre, que lo había enviado, Jesús se reunió por última vez con sus discípulos con ocasión de la Pascua. Él era consciente de que su “hora” había llegado. El texto del Evangelio de San Juan tiene una gran profundidad. Por eso lo escuchamos con emoción de creyentes y lo recibimos con total reverencia.

La hora de la cual habla el Evangelio de San Juan es la de su dolorosa pasión y su muerte redentora, que abre paso al triunfo pascual de su resurrección. Esta hora coincide con la celebración de la Pascua antigua, donde se conmemoraba el inicio del éxodo o salida de la esclavitud de Egipto, en medio de portentos obrados por Dios.

En esta hora suya, Jesús inaugura la nueva Pascua, el nuevo éxodo. Durante la última cena con los Doce que había elegido, Jesús realiza gestos muy elocuentes que son, en realidad, el resumen de su vida y el sentido de su venida al mundo: dar ejemplo y aportar remedio.

En su obra de salvación, Dios no se contentó con instruirnos mediante su palabra, sino que quiso conmovernos con gestos, el mayor de los cuales fue el envío de su Hijo que vino a compartir y experimentar como hombre verdadero nuestra condición humana.

Este Hijo eterno, verdadero “Maestro y Señor”, se despojó de su gloria, y para traducir el amor inmenso de Dios por nosotros en lenguaje que todos pudiéramos entender, se comportó como servidor y como esclavo. A tal punto que Pedro queda superado en su capacidad de comprender. Lavar los pies era oficio de servientes y de esclavos: “¿Tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí?” (Jn 13,6).

Pedro no comprende el significado del gesto Jesús, porque sus ojos aún no han recibido la luz transformadora de la Pascua. Como le dice el mismo Jesús: “después lo comprenderás” (Jn 13,7).

Con la fuerza de los gestos Jesús acude a esta pedagogía para darnos a entender cuál es el verdadero señorío del hombre y su verdadera grandeza. Todo lo que nos enseñó con su palabra, nos lo confirmó con su ejemplo. Con su ejemplo y su palabra nos hizo comprender que la gloria del hombre coincide con su capacidad de servicio, y que nuestro verdadero poder y señorío consisten en la grandeza de nuestra sencillez y humildad.

Los caminos polvorientos de Israel requerían este servicio modesto, pues no se usaban zapatos sino sandalias. Lo hacían los servidores. Jesús aprovecha para enseñar: “Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes” (Jn 13,14-15). La seriedad de esta enseñanza, vincula el servicio, la humildad y el amor fraterno. Con una nota de novedad, porque la enseñanza tiene en Jesús su modelo y medida: “Él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin” (Jn 13,1).

Este amor extremo de Jesús, modelo y fuente de todo amor verdadero, es el que se manifiesta en su forma más elocuente en su pasión y su muerte en la cruz. Es el amor que nos salva y nos hace libres. Es un amor redentor al que quiere asociarnos. Un amor de alianza que busca correspondencia. Su memorial no será ya la inmolación del cordero, sino la celebración de la Cena del Señor.

En su última cena, quiso dejarnos un sacramento memorial de su amor. Es la Eucaristía que prolonga y actualiza cada vez, sin repetirlo, el amor redentor de la cruz. En el relato de su institución, tal como lo transmite San Pablo, en primera Carta a los Corintios, después de las palabras que pronuncia sobre el pan y sobre el cáliz, Jesús da a los suyos la orden de reiterar en su memoria lo que Él acababa de hacer: “Hagan esto en memoria mía” (1Cor 11,24.25). Al entregar el cáliz dice: “Esta copa es la Nueva Alianza que se sella con mi Sangre” (1Cor 11,25). Y el apóstol afirma: “Siempre que coman este pan y beban esta copa, proclamarán la muerte del Señor hasta que Él vuelva” (1Cor 11,26).

La conciencia de este gran misterio de nuestra fe se fue desplegando en el tiempo bajo la guía del Espíritu Santo, y así entendemos que no se trata de un simple recuerdo ni de un anuncio vacío de realidad, sino que la celebración de la Cena del Señor es un acontecimiento que hace presente el sacrificio redentor de la cruz, la nueva alianza entre Dios y los hombres, que nos permite entrar en el sacrificio de Cristo, ofreciéndonos con Él al Padre.

¡Aquí está el remedio que necesitamos, éste es el aporte más eficaz de la Iglesia a la sociedad! ¡Éste es nuestro tesoro! La frecuentación de la mesa eucarística sana en nosotros las heridas de nuestro egoísmo y nuestra soberbia, nos hace crecer en el amor fraterno manifestado en obras, y nos impulsa a la misión. La sociedad necesita este remedio si en verdad queremos elevar la “calidad de vida” del pueblo; si queremos que el amor triunfe sobre el odio.

Con las palabras “Hagan esto en memoria mía” (1Cor 11,24.25), Jesús instituye al mismo tiempo a los suyos como sacerdotes de la nueva y eterna Alianza, que serán sus representantes ante el rebaño adquirido por su amor, al precio de su sangre.

Por eso hoy celebramos el día del sacerdocio. Pedimos por todos ellos, a fin de que aun en medio de pruebas y dificultades, mantengan siempre la alegría del servicio en este “oficio de amor”. Pedimos también que el Señor multiplique las vocaciones al ministerio sacerdotal. No nos olvidemos de rezar por esta intención. Si la presencia de un sacerdote en la comunidad cristiana es una necesidad y una alegría, su ausencia es la tristeza de la Iglesia, como decía el gran Papa San Juan Pablo II, de quien hoy conmemoramos diez años de su partida.

Queridos hermanos, en el lavatorio de los pies, Jesús puso en obra la enseñanza que resume su vida. Él había enseñado a los suyos: “El que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos. Porque el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud” Mc (10,43-45).

En breves instantes realizaré este rito, lavando los pies de doce representantes de nuestra comunidad. Uno de ellos es un ex-combatiente de Malvinas, en este 2 de abril que tantas resonancias dolorosas nos trae a los argentinos. De parte de la Iglesia y de la patria, es un gesto de reconocimiento y gratitud.

Que esta celebración nos permita una conciencia renovada de nuestro compromiso de misión, según la consigna de nuestro Papa: “Si queremos crecer en la vida espiritual, no podemos dejar de ser misioneros” (EG 272).

+ Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata

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