Homilía de monseñor Marino en la fiesta de la Divina Misericordia

“Los pecados serán perdonados”

(Jn 20, 23)

Homilía del 2º domingo de Pascua

Fiesta de la Divina Misericordia

Santuario de Jesús Misericordioso

Mar del Plata, 12 de abril de 2015

Queridos hermanos:

En este rincón de paz de nuestra diócesis y de nuestra ciudad, al que hemos acudido en procesión, celebramos el día octavo después de la Resurrección del Señor. El triunfo de Cristo sobre el pecado y la muerte es la fiesta máxima de los cristianos. Si todo el período pascual prolonga esta alegría, de un modo especial lo afirmamos de la primera semana, cuyos días son como un solo hoy que prolonga el Domingo por excelencia, que es la Pascua del Señor.

El mismo día de la Resurrección, Jesús resucitado se aparece a diez de sus apóstoles, estando ausente Tomás. Ellos estaban atemorizados, confundidos, ante lo que les parecía un resonante fracaso de su Maestro, en quien habían confiado. Se sentían huérfanos y decepcionados. Jesús los saluda dos veces con su paz y les muestra sus manos y su costado.

Entonces, todo comienza a cambiar. La alegría vence al temor. Cristo sopla sobre ellos para comunicarles el don del Espíritu Santo y, con él, el poder de perdonar los pecados y de comunicar a los hombres la riqueza de la misericordia divina.

Tomás, que estuvo ausente, se negó a creer en el testimonio de los otros diez. El golpe anímico por el final trágico y humillante de aquel a quien habían amado y seguido, seguía siendo demasiado grande. Un final absurdo que liquidaba la mayor esperanza. Todo le parecía cuento, alucinación, y sólo podría aceptar ese anuncio imposible si pudiera ver de nuevo al Maestro y palpar sus llagas.

Esto mismo es lo que ocurre ocho días más tarde. Será la ocasión para que Tomás, ahora maravillado y humilde, haga su hermosa confesión de fe, que interiormente debemos repetir a menudo: “¡Señor mío y Dios mío!” (Jn 20,28). Jesús nos deja una profunda lección sobre la fe: “Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!” (Jn 20,29).

El discípulo de Jesús adhiere a Él y a su palabra con certeza plena. Le basta saber que Él lo dijo. Le basta escuchar el testimonio apostólico transmitido por la Iglesia, bajo la asistencia del Espíritu Santo prometido por Jesús.

En su fe, el creyente experimenta la presencia misericordiosa del amor de Dios revelado en Cristo Jesús. Y aunque nada vea, confía, entrega su vida, la pone en manos de un gran Amor que cuida de nosotros. Amor que a veces se complace en atraernos y reconfortarnos con signos y consuelos sensibles; y otras veces nos deja en la experiencia de la oscuridad y la prueba, a fin de ensanchar nuestra capacidad para recibir bienes superiores que superan nuestras expectativas inmediatas y nos elevan a una condición donde recuperaremos aquello que nos parecía perder, pero de un modo más perfecto.

El gran Papa, San Juan Pablo II, quiso instituir este domingo como fiesta de la Divina Misericordia. Su muerte aconteció en la víspera de este domingo y ha sido un reconfortante signo de Dios. Sabemos que durante su pontificado reflexionó muy profundamente sobre la misericordia divina, sobre todo en su encíclica Dives in misericordia. Y el último mensaje que había preparado para ese domingo y que fue leído posteriormente decía: “A la humanidad, que a veces parece extraviada y dominada por el poder del mal, del egoísmo y del miedo, el Señor resucitado le ofrece, como don, su amor que perdona, reconcilia y suscita de nuevo la esperanza. Es un amor que convierte los corazones y da la paz. ¡Cuánta necesidad tiene el mundo de comprender y acoger la Misericordia divina!”

Sin duda, detrás de su decisión al instituir esta fiesta estuvo su experiencia personal y la huella profunda que habían dejado en su Polonia natal las apariciones de Jesús a Santa Faustina Kowalska.

Las palabras de esta santa religiosa, que registra lo que oye del mismo Jesús, analizadas en profundidad, no hacen otra cosa que actualizar el evangelio de la misericordia, que es la médula del mensaje de Cristo. El Diario donde quedan registradas sus experiencias místicas, nos hace recordar de un modo nuevo la inmensa misericordia de Dios con el hombre extraviado y pecador.

Ante todo se destaca la confianza que se quiere infundir: “Cuanto más grande es el pecador, tanto mayor es el derecho que tiene a mi misericordia … Nadie está excluido de mi Misericordia”.

Esta fe que enciende la confianza es la condición para recibir la abundancia de gracias que Jesús quiere conceder: “Cuanto más confíe un alma, tanto más recibirá. Las almas que confían sin límites son mi gran consuelo y sobre ellas derramo todos los tesoros de mis gracias”.

Pero quien ha experimentado misericordia debe convertirse, a su vez, en misionero y apóstol de la misericordia: “Exijo de ti obras de misericordia que deben surgir del amor hacia mí. Debes mostrar misericordia siempre y en todas partes. No puedes dejar de hacerlo ni excusarte ni justificarte. Te doy tres formas de ejercer misericordia: la primera es la acción; la segunda, la palabra; y la tercera, la oración. En estas tres formas se encierra la plenitud de la misericordia y es un testimonio indefectible del amor hacia mí”.

Cada una de estas expresiones puede encontrar su fundamento en las palabras de Cristo que encontramos en los cuatro evangelios y en la Sagrada Escritura. Y también coinciden con el programa de la Iglesia hoy, que nos quiere discípulos y misioneros de Jesucristo, pregoneros de su misericordia. Lo que Jesús dice a los apóstoles: “Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes” (Jn 20,21), vale también análogamente para todos los bautizados.

El la Bula presentada ayer por el Papa Francisco, donde anuncia un Año Santo extraordinario de la Misericordia, nos dice el Santo Padre: “Hay momentos en los que de un modo mucho más intenso estamos llamados a tener la mirada fija en la misericordia para poder ser también nosotros mismos signo eficaz del obrar del Padre. Es por esto que he anunciado un Jubileo Extraordinario de la Misericordia como tiempo propicio para la Iglesia, para que haga más fuerte y eficaz el testimonio de los creyentes” (Vultus misericordiae 3).

Queridos hermanos, encomendémonos confiadamente a la misericordia divina que desde el corazón de Cristo resucitado quiere llegar a nosotros y al mundo entero. Es mi deseo que este lugar adquiera progresivamente la importancia que merece.

Miremos también a la Virgen María. Ella es la Madre de Jesús misericordioso. Decía San Juan Pablo II: “María es la que de manera singular y excepcional ha experimentado —como nadie— la misericordia” (Dives in misericordia 9b). Es profetisa de la misericordia, y la practicó en su vida. Junto a la cruz conoció el precio de la misericordia y se asoció a su Hijo. Desde el cielo, ante Jesús la implora para nosotros. Que su Hijo nos llene hoy y siempre con su paz.

+ Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata

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