Meditación en la jornada de nuevos dirigentes con ocasión de la fiesta del trabajo

Expreso mi alegría al ver a representantes de los sindicatos, del empresariado, del poder político juntos y buscando consensos en torno a los problemas sociales. Me alegra también la cobertura de los principales medios periodísticos y de distintas Organizaciones No Gubernamentales. La Iglesia quiere ser la casa del encuentro. Estamos llamados a trabajar por una “cultura del encuentro” como nos lo dice repetidas veces el Papa Francisco. Esto implica: acercamiento, diálogo, colaboración… y formación.

Esto último fue un pedido que me hicieron el año pasado. Me causó satisfacción ver que desde el sindicalismo surgiera la inquietud de conocer la Doctrina Social de la Iglesia. Ahora comenzamos a darle forma con esta Jornada abierta a todos, pero cuyos principales destinatarios son los nuevos dirigentes, la juventud.

La UCIP joven, la Juventud sindical, también políticos con deseos de asimilar principios básicos de la DSI.

En el libro de los Salmos encontramos esta afirmación: “Feliz todo aquel que teme al Señor, que anda en sus caminos. Cuando comas del trabajo de tus manos, dichoso serás y te irá bien” (Salmo 128,1-2).

La felicidad es resultado de tener un corazón en paz con Dios, que hace de la decencia una fuente de bendición. Es feliz aquel que gusta ganarse el pan honestamente con sus manos, porque esa persona es un verdadero constructor de sociedad, de la Patria y un verdadero hijo de Dios.

Como decimos los obispos en uno de nuestros documentos: el trabajo es un camino de realización, de dignificación y de justicia: que engendra seguridad y solidez para construir una vida más digna, justa y fraterna, y debe permitirnos alcanzar “una mayor equidad, que permita a todos la participación en los bienes espirituales, culturales y materiales” (CEA, 93º AP, IV. 2007, 7,d).

Nuestra fe cristiana nos habla de un Dios creador de todas las cosas, que hizo al hombre a su imagen y semejanza y lo invita atrabajar la tierra (cf. Gen2,5-6), y a custodiar el jardín del Edén en donde lo ha puesto (cf.Gen2,15). Nuestros primeros padres reciben la tarea de someter la tierra y de dominar a todo ser viviente (cf.Gen1,28). Pero no se trata de un dominio despótico e irracional. La misión consiste en «cultivar y custodiar» (cf.Gen 2,15) los bienes creados por Dios. El hombre no es su creador. Ante estos dones magníficos recibe una responsabilidad. Cultivar la tierra implica trabajarla, no abandonarla a sí misma; dominarla es cuidarla y ponerla a su servicio.

El trabajo es, por tanto, una dimensión del hombre anterior al pecado. Lo que hace el pecado es distorsionar la relación con la tierra y con los demás, y dar al trabajo un aspecto penoso con riesgo de conflicto. “Con fatiga sacarás de él tu alimento todos los días de tu vida. El te producirá cardos y espinas y comerás la hierba del campo. Ganarás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la tierra, de donde fuiste sacado. ¡Porque eres polvo y al polvo volverás!” (Gen 3,17-19).

Esta crisis se instala porque primero el hombre ha roto por su desobediencia, su relación con Dios, que es su mayor bien y se desordena por dentro.

Sin duda, el trabajo es una necesidad. Dignifica al hombre que por él se perfecciona a sí mismo.

Sin embargo, el trabajo no es el sentido último de la vida humana. El trabajo es esencial, necesario, insustituible, pero es Dios, no el trabajo, la fuente de la vida y el fin del hombre. Por eso, encontramos en la Palabra de Dios afirmaciones como éstas: “Mejor es poco con temor del Señor, que gran tesoro con inquietud” (Prov 15,16); “Más vale poco con justicia que abundantes ganancias con injusticia” (Prov 16,8).

Queridos amigos, sólo digo algunas cosas básicas. Nuestra doctrina social se inspira en la Biblia y se fue enriqueciendo con el tiempo en un diálogo fecundo entre el Evangelio y las cambiantes circunstancias históricas.

Como nos exhortaba el Papa Benedicto XVI: “En la difícil situación en la que nos encontramos hoy, a causa también de la globalización de la economía, la Doctrina Social de la Iglesia se ha convertido en una indicación fundamental, que propone orientaciones válidas mucho más allá de sus confines: estas orientaciones – ante el avance del progreso – se han de afrontar en diálogo con todos los que se preocupan seriamente por el hombre y por el mundo” (Deus caritas est, 27).

En su valiosa exhortación Evangelii gaudium, cap.IV, el Papa Francisco se detiene en unas afirmaciones básicas, que ahora sólo enumero, a modo de estímulo para el trabajo de ustedes: El tiempo es superior al espacio. La unidad prevalece sobre el conflicto. La realidad es más importante que la idea. El todo es superior a la parte.

Pidamos especialmente hoy por todos los trabajadores; y por quienes sufren la falta de trabajo. Que nunca nos habituemos a justificar esta dura realidad, que todavía muchos hogares y personas padecen. Mar del Plata ha figurado entre las ciudades con índice más alto de desocupación.

Nosotros hoy, en este contexto, nos reunimos para comprometernos otra vez, delante de Dios, con el trabajo y comprometernos a seguir trabajando para construir en este aspecto tan importante de nuestras vidas y de la realidad la patria que hoy, especialmente en un año electoral, nos reclama unidad, diálogo y trabajo en comunión.

+ Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata

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