Crónica de nuestro peregrinar a El Salvador a la Beatificación de Oscar Romero

Quien dijo que todo está perdido, yo vengo a ofrecer mi corazón…

Romero es sinónimo de peregrino en clave religiosa.

No se usa mucho la palabra entre nosotros pero tal vez sea para que la podamos incorporar.

Monseñor Romero o Monse como le decían, igual que a nuestro Pironio.

Con Choby y Hernán hicimos nuestro viaje de ida juntos, representando a la Diócesis, como en busca de las raíces de nuestra Iglesia en Latinoamérica y vimos que Romero también se fue haciendo obispo en Latinoamérica con la búsqueda de fidelidad al Concilio Vaticano II con los padres de Medellín y, entre ellos nuestro Eduardo Pironio.

En Centroamérica – fuimos a Guatemala y preguntamos en la previa de la beatificación a obispos y curas de Honduras, Nicaragua y Salvador – nos hablaron de él con admiración y afirmando que sufrió mucho en Roma. Nosotros ya lo sabíamos pero oírlo de otros hermanos latinoamericanos nos lo confirmó. Su participación en el Celam y, sobre todo un retiro predicado a los obispos de Centroamérica en Antigua, Guatemala, la casa de retiros Belén que es obra del Santo hermano Pedro fue el tiempo en que se conocen Pironio con Romero y entablan amistad. La primera carta pastoral de Romero Obispo (arzobispo hay que decir) de El salvador se titula Iglesia de la Pascua. Lo llamaban “Gucho” y estuvo muy cercano a los Guatemaltecos que también sufrieron el exilio y luego el martirio de catequistas, sacerdotes, religiosas y el mismo Obispo Juan Gerardi.

La amistad con Pablo VI y su magisterio pos Concilio los unió más en su búsqueda pastoral: Diálogo “Eclesiam suam”, Paz y Justicia “Populorum Progressio”, Evangelización y Promoción Humana: “Evangelii Nuntiandi”, Alegría: “Gaudete in Domino”. Temas que ahora nos resultan tan habituales en el magisterio latinoamericano y de Francisco pero que tuvieron que hacerse carne con oposición de los que no ven o no escuchan: con un oído al Evangelio y con otro al Pueblo, dice Francisco en la EN 154 y 155 y nosotros, latinoamericanos, sabemos que no se trata sino de otro Monse: Enrique Angelelli.

Pironio es quien lo recibe en Roma, o al que primero visita antes de ver a Juan Pablo II. Y quien lo defiende de las acusaciones en Roma de sus hermanos obispos de El Salvador de entonces.

Se encontrarán en la Conferencia de Puebla, en 1979 un año antes de su muerte. La participación allí de nuestro tercer obispo Rómulo García hace suponer que alli se lo presentara y que conociera la realidad centroamericana tan parecida a la nuestra de Sudamérica. Recuerdo la defensa de la Biblia Latinoamericana que realizó primero Rómulo y luego la CEA con las notas aclaratorias: en Centroamérica la portación de Biblia era sentencia de secuestro, desaparición y muerte por parte del ejército y de los escuadrones de la muerte anexos. Era criminal dejar que eso pasara aquí también.

“Romero es nuestro” terminará diciendo al rezar en la tumba de Romero san Juan Pablo II en 1983.

El pueblo, la gente sencilla ya lo sabía santo: “Desde hace 35 años yo lo sabía”, decía un cartel que llevaba una familia. Y un sacerdote español que nos recibió en su casa en medio de las villas de Guatemala decía que la beatificación es una sanación en la raíz, expresión que se usa para legitimar algo que ya es realidad de antes.

Al pueblo de Dios en El Salvador lo percibimos santo o beato, por su forma de entender la entrega cotidiana de la vida: está marcado por la entrega de su obispo que lo defendió, que luchó por la paz y murió como tantos de modo violento e injusto. Fue una entrega compartida. Romero decía “Con este pueblo no cuesta ser Buen Pastor”.

Se presenta en la Beatificación una reliquia, algo del beato, de su cuerpo o de sus pertenencias. Aquí se venera la camisa o chaqueta que llevaba puesta el día en que lo matan. Se ve que tiene el agujero por donde entró la bala. Y en la Tumba de la Catedral han representado con mármol rojo el lugar por donde se le fue la vida, o mejor por donde entregó la vida. Tantas balas asesinas en Latinoamérica. Fraticidas. Romero le pidió al presidente de Estados Unidos, formalmente, que no fabricaran más balas, que no las enviaran a su País.

“Les suplico, les imploro, en nombre de Dios les mando: que cese la represión” en su última homilía del Domingo. Palabras que se multiplicaban en las calles en radios portátiles de entonces. Cambiaban los horarios de los partidos de fútbol para escucharlo: Palabras claras y evangélicas que marcaron el corazón del pueblo salvadoreño y la prensa internacional multiplicaba como un Internet actual. Nosotros las conocimos así.

Recuerdo la visita de Juan Pablo II, en 1987 en la Avenida Nueve de Julio, en Buenos Aires, el Domingo de Ramos. Incorpora las mismas palabras que no estaban en el discurso repartido a los periodistas: “Que no vuelva a haber secuestrados ni desaparecidos”

Nos llamó la atención la familiaridad y sencillez del clero de Centroamérica. También su forma de celebrar la liturgia es festiva y cercana.. Los obispos se cambiaron para la Misa entre sus sacerdotes.

Había sacerdotes de Centroamérica: Honduras, Guatemala, Panamá, Nicaragua, Belice, México, Costa Rica, Cuba y Puerto Rico. También de Estados Unidos y de Canadá que son misioneros o lo han sido en la época de Romero. Se destacaban los de edad avanzada, ya retirados que estaban chochos con la beatificación. También había de Colombia, Venezuela, Ecuador, Bolivia. De Argentina seríamos unos quince.

Esperaban más Obispos, sobraron las casullas. De Argentina solo estaba Marcelo Colombo de La Rioja.

Dos Obispos actuales de El Salvador se oponían públicamente a la Beatificación: al saber la decisión papal ya no lo hicieron más, y estaban en la Celebración.

También había sacerdotes de España, Italia, Francia y Alemania. Casi todos con una vinculación misionera con El salvador.

A los Obispos les entregamos estampas de nuestro negro Manuel y les contamos la historia. Ese día nos enteramos que ya fue declarado Siervo de Dios y que se inicia el proceso de beatificación.

La reunión para acreditarnos y revestirnos fue el seminario de El Salvador a pocas cuadras de donde celebraríamos. También allí recogimos testimonios de la cercanía de Pironio. Un sacerdote de la Diócesis de Santa Ana lo recuerda en la predicación de un retiro viviendo Romero en el seminario.

El lugar de la celebración nos pareció incómodo porque no se podía ver bien el altar. Estando prevista una cantidad tan grande de fieles, cerca de 300.000, sería imposible que todos pudieran estar de frente al altar. Esto se subsanó con pantallas y sonido a lo largo y a lo ancho de tres cuadras. Nos informaron que el lugar estaba elegido por lo significativo: alli se lo recuerda a Romero puntualmente los 24 de marzo y se levanta el monumento de “el Salvador del mundo”. Así que era una muchedumbre que celebraba con atención y se manifestaba con aplausos y cantos.

Durante la proclamación de Beatitud sucedió que el sol tuvo una aureola, como un arco iris, decían.

Fueron unos largos minutos que desviaron o mejor unificaron, las miradas de todos. Menos los obispos y autoridades que estaban bajo techo. Una manifestación significativa de la aprobación del Cielo y de Romero en él. Mientras se descubría la imagen gigante de Romero y cantabamos el Gloria parecía que el tiempo se detenía y que todo tenía sentido. Estabamos en el momento y lugar que Dios quería.

El Cardenal delegado por el Papa mencionó las dos misas inconclusas en la memoria Salvadoreña: La de día de su muerte de Romero y la de su funeral. Esta última se interrumpió durante la Homilia por un petardo en las inmediaciones y disparos a la muchedumbre inmensa reunida para despedir al pastor. Hubo muchos muertos y heridos. Y el miedo que se apoderó de todos. A partir de entonces se desata la guerra civil que dejó mas de 70.000 muertos. La matanza en la Universidad de Centro América, la UCA, de los sacerdotes jesuitas y de Elba y Celina en 1989 marca como el fin de esa etapa sangrienta.

La misa de beatificación de Romero concluye esas dos misas que fueron interrumpidas por la violencia y la muerte del pastor y su rebaño. Así lo vivieron especialmente los salvadoreños que llevan marcada en su vida cotidiana las pérdidas violentas de miembros de sus familias, ahora con la amenaza de “las maras”. Nos llamó la atención la cantidad de agentes de seguridad civiles y policiales armados.

El más nombrado y aclamado, después de Romero fue el padre Rutilio Grande. Asesinado junto a un catequista y un niño se convirtió en la conciencia de la Iglesia Salvadoreña y de su pastor. Su muerte fue semilla de trigo que fructificó en la opción por los pobres en el Salvador.

Las palabras más lúcidas de la Beatificación fueron la del Postulador de la causa, el italiano Vincenzo Paglia, Obispo él también, que nos ayudó a recordarlo a Romero como peregrino, romero, haciendo su búsqueda de fidelidad al pueblo y al Dios de la vida. Como uno más acompañó a los sacerdotes a llevar las reliquias a la parroquia contigua al seminario.

Pudimos visitar los lugares santos: principalmente el Hospitalito, la tumba, debajo de la Catedral, y la UCA de los jesuitas. También la iglesia de los Dominicos, Nuestra Señora del Rosario donde se refugió la gente aquel Domingo de Ramos del funeral de Romero.

En el Hospitalito celebramos la Misa. Todo muy sencillo y austero, pero muy afectuoso el recuerdo y la celebración. Tienen un Museo pequeño con las cosas de Romero: su cuarto, su biblioteca, su auto. Está el cáliz con el que celebró su última misa. En la sacristía nos contaron que Romero dormía allí y por miedo a que si lo balearan mataran a otros se mudó a la casita que le hicieron donde ahora está el Museo.

En la Catedral, su tumba está en la Cripta, debajo del altar. Impresiona por el simbolismo que le han querido dar: Romero predicó la Pascua: los cuatro evangelistas salen o custodian para darnos el legado de una vida evangélica que le sale, resucitada y resucitadora del pecho abierto en cruz. Los símbolos del Martirio: la palma; del Pastor: el báculo, y del hombre de su Pueblo: el café.

Termino con el agradecimiento a los servidores-voluntarios de estos días que nos ayudaron a vivir mejor la Iglesia- familia-pueblo con su alegría, disponibilidad y ayuda. Y con los sabores de las comidas y

bebidas, los colores y sus combinaciones, los ritmos y cadencias de sus palabras que nos latinoamericanizaron un poco más. Y la Virgen de Guadalupe presente en las calles, autos, paredes y corazones de los salvadoreños nos bendiga y nos anime.

Del mensaje del papa Francisco:

En ese hermoso país centroamericano, bañado por el Océano Pacífico, el Señor concedió a su Iglesia un Obispo celoso que, amando a Dios y sirviendo a los hermanos, se convirtió en imagen de Cristo Buen Pastor.

En este día de fiesta para la Nación salvadoreña, y también para los países hermanos latinoamericanos, damos gracias a Dios porque concedió al Obispo mártir la capacidad de ver y oír el sufrimiento de su pueblo, y fue moldeando su corazón para que, en su nombre, lo orientara e iluminara, hasta hacer de su obrar un ejercicio pleno de caridad cristiana.

Monseñor Romero nos invita a la cordura y a la reflexión, al respeto a la vida y a la concordia. Es necesario renunciar a «la violencia de la espada, la del odio», y vivir «la violencia del amor, la que dejo a Cristo clavado en una cruz, la que se hace cada uno para vencer sus egoísmos y para que no haya desigualdades tan crueles entre nosotros». Él supo ver y experimento en su propia carne «el egoísmo que se esconde en quienes no quieren ceder de lo suyo para que alcance a los demás». Y, con corazón de padre, se preocupó de «las mayorías pobres», pidiendo a los poderosos que convirtiesen «las armas en hoces para el trabajo».

Quienes tengan a Monseñor Romero como amigo en la fe, quienes lo invoquen como protector e intercesor, quienes admiren su figura, encuentren en él fuerza y animo para construir el Reino de Dios, para comprometerse por un orden social más equitativo y digno.

Padre Daniel Climente