Homilía de monseñor Marino en la fiesta de San Cayetano

“Felices los misericordiosos”

(Mt 5,7)

Homilía en la fiesta de San Cayetano

Parroquia de San Cayetano – Mar del Plata

7 de agosto de 2015

Queridos hermanos:

Me dirijo con afecto a todos ustedes, reunidos en multitud para celebrar esta fiesta en honor de San Cayetano.

Él fue un sacerdote que supo representar ante el pueblo el amor misericordioso de Dios. Cercano a la gente y totalmente entregado a predicar el Evangelio. Él enseñó con su vida y no sólo de palabra el camino trazado por Jesús en el sermón de la montaña y en las bienaventuranzas que hemos escuchado.

El rasgo más característico de su personalidad fue la confianza total en la providencia de Dios. Por eso, la orden religiosa que él fundó tendrá como lema estas palabras: “Busquen primero el Reino de Dios”.

San Cayetano se inspiró siempre en el Evangelio y en el modo de vida que tuvieron los apóstoles. Quería que sus discípulos manifestaran con su vida esta verdad enseñada por Jesús: “Busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura. No se inquieten por el día de mañana; el mañana se inquietará por sí mismo. A cada día le basta su aflicción” (Mt 6,33-34).

¡Qué importante es para nosotros aprender esta lección! Ante los inevitables problemas que plantea nuestra vida busquemos primero a Dios, pongámoslo en primer lugar. Hagamos un acto de fe en su providencia, con la seguridad absoluta de que tenemos un Padre en el cielo, que tiene un corazón grande y misericordioso, que no abandona a sus hijos en el momento de sus pruebas y necesidades. Pensemos en los padres humanos ante sus hijos pequeños. No le ganaremos a Dios en capacidad de afecto y cariño. Quien se abandona en las manos de Dios y le confía su cuidado, termina experimentando su providencia de Padre.

Las espigas que muchos tienen en sus manos, son un símbolo de este abandono confiado en Dios. De las espigas sale la harina con la que se hace el pan, símbolo del alimento y de todo lo que necesitamos para mantener con dignidad nuestra vida. Símbolo también del trabajo del hombre, que gana el pan con su esfuerzo, de modo que llegue a su mesa no como un regalo sino como una recompensa merecida.

Esto es lo que muchos vienen hoy a pedir a Dios, por la intercesión del santo de la providencia, del pan y del trabajo. Esta confianza ciega en la providencia y en la misericordia de Dios, no nos exime de buscar soluciones humanas, pero nos libra de la mentalidad pagana y de la angustia, nos hace pisar el terreno más seguro que es la fe en Dios, que sabe abrir caminos de solución cuando las esperanzas humanas fracasan. Así lo suelen experimentar los humildes y lo entienden mejor los simples de corazón antes que los muy razonadores.

Esta actitud espiritual coincide con la primera de las bienaventuranzas que hemos escuchado: “Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos” (Mt 5,3). Si comenzamos por aquí, mejora nuestra vida, cambia nuestra mentalidad, y contribuimos a elevar el nivel de la sociedad.

Como obispo sé bien que ésta es una de las zonas donde la falta de trabajo es crónica, y que esto afecta a la calidad de vida de mucha gente y es una amenaza para muchos hogares. La Iglesia no tiene soluciones técnicas, pero aporta principios inspiradores para una solución y multiplica gestos de misericordia. Son principios que hacen pensar al conjunto de la sociedad: políticos y dirigentes, empresarios y trabajadores, como el que nos recordaba San Pablo en la Carta a los Filipenses que hemos escuchado: “Que cada uno busque no solamente su propio interés, sino también el de los demás” (Flp 2,4).

El Padre bueno, providente y misericordioso que nos reveló Jesús, quiere hacernos instrumentos suyos infundiéndonos su Espíritu Santo. A semejanza de Cristo, nuestro Maestro, no podemos pasar indiferentes ante las necesidades del prójimo necesitado de ayuda.

Jesús pasó haciendo el bien y ejerciendo misericordia ante la miseria humana, y en una de las bienaventuranzas que escuchamos nos dice: “Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia” (Mt 5,7).

La palabra misericordia significa la actitud del corazón capaz de conmoverse ante la necesidad del prójimo. Un corazón que se inclina ante una miseria y busca con desinterés poner remedio.

De esta misericordia evangélica fue modelo San Cayetano, quien se entregó a auxilio de los pobres, enfermos y moribundos con amor ejemplar. Su abandono en la Providencia no impedía que buscara soluciones prácticas: creó hospicios y hospitales, y organizó préstamos para los pobres a muy bajo interés.

Por eso, en su día, repetimos con entusiasmo el lema de esta fiesta: “San Cayetano, ayúdanos a ser misericordiosos”.

Con mi cordial bendición para todos ustedes.

+ Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata

Homilía San Cayetano 2015.docx