Homilía de monseñor Marino en la Invasión de Pueblos 2015

“Yo soy una misión en esta tierra”

(Papa Francisco, EG 273)

Homilía en la 47ª Invasión de Pueblos

Santa Clara del Mar, 26 de septiembre de 2015

Domingo 26º del tiempo ordinario

La Palabra de Dios nos presenta hoy unas enseñanzas de Jesús que nos hablan de tres cosas.

Ante todo que no podemos ser grupos cerrados, donde nadie más puede entrar. Un discípulo le dijo: “Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu Nombre, y tratamos de impedírselo porque no es de los nuestros”. Pero Jesús les dijo: “No se lo impidan, porque nadie puede hacer un milagro en mi Nombre y luego hablar mal de mí. 40 Y el que no está contra nosotros, está con nosotros” (Mc 9,38-40). Entre nosotros debemos acostumbrarnos a una enriquecedora diversidad, en la unidad de la fe y del amor.

En segundo lugar, Jesús nos advierte sobre la gravedad del escándalo: “Si alguien llegara a escandalizar a uno de estos pequeños que tienen fe, sería preferible para él que le ataran al cuello una piedra de moler y lo arrojaran al mar” (Mc 9,42). No se trata de tirar al mar a nadie. Jesús dice lo que muchos olvidan: el mal es contagioso, y el escándalo puede destruir la buena disposición y la inocencia de los más débiles.

Y en tercer lugar, escuchamos palabras que suenan muy duras: “Si tu mano es para ti ocasión de pecado, córtala, porque más te vale entrar en la Vida manco, que ir con tus dos manos al infierno, al fuego inextinguible” (Mc 9,43). Algo semejante dice respecto del pie y del ojo.

Jesús no nos invita a mutilarnos físicamente, sino a preferir la Vida que Él ofrece por encima de todo otro bien de este mundo. Entrar en el Reino de Dios es la ganancia suprema.

* * *

Bajo el lema tomado de nuestro Papa Francisco: “Yo soy una misión en esta tierra” (EG 273), realizamos por primera vez en Santa Clara del Mar esta Invasión de Pueblos. Es la número 47 desde su creación.

Ustedes han venido a rezar y reflexionar, a celebrar juntos la Eucaristía, a cantar sus ideales, a expresarse como jóvenes, pero también a hacer silencio y a tomarse en serio esta vida donde somos una misión.

Como les decía en el Mensaje preparatorio del este encuentro, en este lema se unen, sin separación posible, nuestro ser cristiano y nuestro compromiso misionero.

Es muy importante que entendamos esto. La misión no es algo que se añade a mi vida cristiana, sino que está necesariamente vinculada con mi Bautismo y mi Confirmación. Estos sacramentos nos convierten en discípulos y misioneros de Jesucristo. Entre ambos existe una profunda vinculación.

El Bautismo borra el pecado original, nos hace hijos de Dios, hermanos de Cristo, templos del Espíritu Santo, miembros de la Iglesia, y nos marca con un sello espiritual imborrable. Por él recibimos la mayor dignidad posible, porque Dios nos considera de su familia y nos da la gracia, que es anticipo del cielo, semilla de gloria y eternidad. El Bautismo es, por eso, nuestro nacimiento espiritual. La gracia recibida, que es la misma vida de Dios participada en nosotros, debe crecer sin cesar hasta el final de nuestra vida terrena, y dar frutos de buenas obras.

Pero entre el Bautismo y nuestro ingreso en la gloria, hay un camino durante el cual debemos luchar contra nuestro desorden interior y contra la mentalidad del mundo. Por eso, en el sacramento de la Confirmación, el Espíritu Santo viene a nosotros para iluminarnos y darnos a conocer mejor las enseñanzas de Jesús. Con esa luz vemos más claramente la voluntad de Dios en nuestra vida y cuál es nuestra misión en esta tierra. Viene también para fortalecernos en el combate, a fin de ser testigos valientes del Evangelio.

Por el Bautismo y la Confirmación todos nos hemos convertido en hijos de Dios y testigos de Cristo. Nos hemos comprometido a ser discípulos y misioneros de Jesús. Todos tendemos a la santidad y todos luchamos y damos testimonio, pero lo hacemos por caminos diversos, según nuestra vocación y nuestra misión.

Por eso me alegro que en este Año de la Vida Consagrada estén presentes en esta Invasión numerosos miembros, varones y mujeres, de órdenes, congregaciones e institutos de consagrados, a quienes agradezco su presencia y su testimonio.

Hay una vocación genérica y una misión común a todos. Vocación a la santidad y misión de anunciar a Cristo. ¡Qué importante es para los adolescentes y los jóvenes plantearse la vida como vocación y misión! Vocación significa “llamada”, y misión es lo mismo que “envío”.

Pero lo genérico que iguala al Papa y al más humilde de los bautizados, a la religiosa y al laico, al sacerdote o monje lo mismo que a los esposos, debo descubrirlo en la forma concreta que Dios quiere para mí. Y por eso debemos plantearnos: ¿A qué estoy llamado por Dios? ¿Me siento enviado por él? ¿A dónde?

En la viña del Señor hay lugar y trabajo para todos. Con una sola condición: amar con toda el alma lo que hago, tener la convicción de trabajar por el Reino de Cristo y voluntad de dar sentido a mi tarea, por la gloria de Cristo y el bien de los demás.

Queridos jóvenes, concluyo esta homilía con palabras del Papa Francisco: “Si queremos crecer en la vida espiritual, no podemos dejar de ser misioneros. La tarea evangelizadora enriquece la mente y el corazón, nos abre horizontes espirituales, nos hace más sensibles para reconocer la acción del Espíritu, nos saca de nuestros esquemas espirituales limitados. Simultáneamente, un misionero entregado experimenta el gusto de ser un manantial, que desborda y refresca a los demás” (EG 272).

Los bendigo a todos con el mayor afecto de padre y pastor.

+ Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata

> Fotos de la clausura > https://www.facebook.com/media/set/?set=a.905175926237447.1073741849.882362491852124&type=1&l=a4e7f027e0

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