Homilía de monseñor Marino en la misa exequial de monseñor Julio Melucci

“Consideren cómo terminó su vida e imiten su fe”

(Heb 13,7)

Homilía en la Misa exequial de Mons. Julio Melucci

San Manuel (Lobería), Parroquia Nuestra Señora de Fátima

7 de octubre de 2015

Queridos hermanos sacerdotes, querido Don Félix Melucci, hermano del difunto, queridos sobrinos y parientes del P. Julio, Sra. Intendente y miembros del Concejo Deliberante de Lobería, Sr. Delegado Municipal para San Manuel, queridos feligreses de esta parroquia de nuestra Señora de Fátima de San Manuel:

Hacia el final de la Carta a los Hebreos leemos estas palabras: “Acuérdense de quienes los dirigían, porque ellos les anunciaron la Palabra de Dios: consideren cómo terminó su vida e imiten su fe” (Heb 13,7).

El pueblo de San Manuel despide hoy a una figura entrañable que permanecerá para siempre en la memoria local como un prócer. Pero no es sólo este pueblo el que lo va a recordar, sino la diócesis de Mar del Plata, aquí representada por su obispo y su clero. El P. Julio Melucci fue querido y admirado por esta feligresía dentro de la cual mereció por excelencia el nombre de “padre”. Y no menos por los seis obispos que ha tenido hasta ahora la diócesis, y por todo el clero.

Se unen espiritualmente a esta Misa, con admiración y dolor, Mons. Arancedo, desde Roma, Mons. Malfa, desde Chascomús, Mons. Puiggari, desde Paraná. Con todos ellos me he comunicado ayer. Por muchos motivos estamos ante una figura singular.

En la presencia del Señor repasamos su trayectoria, valiéndonos de nuestros archivos, y también de su propio relato en un reportaje concedido once años atrás al diario “Brisas”. Es un modo de “cantar las misericordias del Señor” y de edificar nuestra fe.

Nació en jurisdicción de Balcarce, “detrás de Sierra La Barrosa”, el 14 de julio de 1931 y se crió en pleno campo, paisaje y cultura que dejarían en él profunda huella. En 1945 ingresó en el Seminario, guiado por el P. Martinelli, y fue ordenado sacerdote a los veintiséis años por Mons. Enrique Rau, el 1º de diciembre de 1957, en la parroquia San José de Balcarce. Era el año de la creación de esta diócesis que se desprendía del territorio de la arquidiócesis de La Plata, y el Padre Julio se convertía así en el primer sacerdote ordenado por Mons. Rau para su nueva diócesis.

Ya ordenado, estuvo un año en el Instituto Nuestra Señora del Rosario de Necochea, para luego ir a Mar del Plata, “a darle una mano a Mons. Rau”, según sus propias palabras. Al cabo de tres años, el 29 de noviembre de 1960, el joven sacerdote es nombrado párroco de este lugar.

En el origen está la petición de los vecinos de tener un sacerdote en un pueblo donde no había capilla, y donde avanzaban otras propuestas religiosas. El obispo se lo propuso y el sacerdote respondió: “Voy a probar”. El resto de la historia fue el despliegue de una creatividad imparable que conocería el pueblo de San Manuel, donde lo pastoral y la vida cotidiana, lo temporal y lo eterno, la religión y la vida social, se armonizaron admirablemente, sin solución de continuidad. Don Julio amó este lugar con toda su alma.

Partió de la nada. Al llegar tenía que conseguir una casa y abocarse a la construcción del templo. No había luz eléctrica y “los primeros casamientos los hacía con faroles”, según su testimonio. La plaza era un lugar que estaba alambrado y se usaba para cuidar caballos. El mismo día de su toma de posesión los vecinos le pidieron un colegio secundario. A lo cual dio una respuesta que sonaba como desafío: “Depende de ustedes”.

Fue así como obtuvo de su gente pleno apoyo material y moral. Al año siguiente obtuvo la aprobación ante el Ministerio de Educación. Comenzó a edificar y el 13 de octubre de ese mismo año Mons. Rau bendecía las instalaciones del colegio, que comenzó a funcionar en marzo del año siguiente, logrando el objetivo de evitar que los jóvenes emigraran de San Manuel desde edad muy temprana.

A esto le seguirían con el paso del tiempo muchas otras obras decisivas, entre las cuales mencionamos algunas: logró la extensión del asfalto hasta conectar con la ruta 227, la conexión con el gas natural, la creación de un Centro de Educación Física, la capacitación de alumnos en informática.

Pastor celoso de su responsabilidad, visitó incansablemente la zona rural, donde además de crear centros de formación para jóvenes, ha desarrollado una intensa pastoral familiar. En suma, la construcción de este templo material, fue sólo un signo de la edificación de la Iglesia constituida por piedras vivas.

El 21 de enero de 1993 fue distinguido por el Papa San Juan Pablo II con el título de Capellán Pontificio de Su Santidad. Y el 17 de septiembre de 1999 fue galardonado con el premio “Divino Maestro” otorgado por el Consudec.

El miércoles pasado, hace hoy exactamente una semana, recibió de mis manos, con plena lucidez y fervor de espíritu, el sacramento de la Unción de los Enfermos.

Como dije al comienzo de esta homilía, este repaso somero de su vida es para nosotros la forma de orientar hacia Dios el honor que otorgamos al hombre don Julio Melucci que fue su instrumento.

Hace cuatro años, cuando vine aquí para celebrar junto a él sus ochenta años, pronuncié estas palabras durante mi homilía:

“Querido Padre, junto con usted damos gracias a Dios por el don inestimable de la vida y del sacerdocio. Con su característica sencillez, usted mismo me ha pedido que presidiera esta Misa y que también predicara, alegando que no sabría decir nada sobre usted mismo. ¡Deje, querido Padre, que otros digamos sobre usted! Su vida es su palabra. Y yo vine esta tarde para honrar a Jesucristo por su ministerio y glorificar a Dios por su vida”.

Hoy puedo repetir con renovada convicción estas mismas palabras y también añadir con mayor conocimiento: Querido P. Julio, tu vida fue hermosa; una vida digna, una vida entregada por entero a la causa del Evangelio para servir a tu gente en este pago que hiciste tuyo, tu querido y pequeño pueblo de San Manuel. Tu grandeza es haber amado con pasión lo pequeño.

Junto a mis sacerdotes te despido como obispo; junto a tus feligreses, tus hijos, te abrazo con afecto. Y te ruego que llegado a la eternidad te acuerdes para siempre de este pueblo que te quiere. Que pidas para la Iglesia de Mar del Plata que haya jóvenes que reciban el don inestimable de la vocación al sacerdocio para que, siguiendo las huellas del Divino Maestro y a ejemplo tuyo, amen con pasión a la gente y le den el alimento que más necesitan.

Querido Padre Julio Melucci, en el día de la Virgen del Rosario, cuyas cuentas desgranaste, con ella te decimos: ¡descansa en paz junto a tu Señor y sea Él tu recompensa!

+ Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata

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