Homilía de monseñor Marino en la celebración de Santa Cecilia

“Canta con la vida para no callar jamás”

(San Agustín)

Homilía en la solemnidad de Santa Cecilia

Patrona de la Catedral y de la Diócesis de Mar del Plata

23 de noviembre de 2015

Queridos sacerdotes, consagrados, consagradas y fieles laicos:

Celebramos la solemnidad de la virgen y mártir Santa Cecilia, patrona de nuestra diócesis y titular de esta iglesia catedral. En este templo consideramos su doble significado. Ante todo, es símbolo de la unidad diocesana, por ser la sede episcopal y cátedra del obispo. Pero, al mismo tiempo, es centro de una comunidad parroquial que, al celebrar sus fiestas patronales, se siente llamada a una renovación permanente en su impulso misionero y en su servicio pastoral.

De la vida de esta santa emergen con claridad dos rasgos íntimamente unidos, que deben resultar suficientes para renovar la conciencia de nuestra identidad cristiana y vigorizar nuestra fidelidad a la misión recibida en las actuales circunstancias de la historia. La virginidad y el martirio entrelazados serán la materia que la tradición aprovechará para cantar el triunfo de Cristo en su fragilidad. Triunfo de la debilidad sobre la fuerza, victoria de la verdad que nos hace libres, por encima de las temibles amenazas por parte de aquellos que pueden matar el cuerpo, pero no el alma.

Santa Cecilia es recordada y celebrada por su firme voluntad de consagrarse por entero a Cristo mediante una entrega virginal, renunciando al matrimonio. Se trata de una novedad absoluta del cristianismo y su significado sólo lo entienden quienes reciben la gracia de la fe (cf. Mt 19,12). Si, por un lado, se trata de un carisma singular para algunos miembros de la Iglesia, por otro, es un desarrollo específico de la misma gracia bautismal, según la cual todos estamos llamados a poner a Cristo en el primer lugar y hacer de Él el centro de nuestro afecto. Este es el mensaje de los textos bíblicos en la Misa de hoy.

La existencia de la virginidad consagrada dentro de la comunidad eclesial viene a recordarnos que todos estamos llamados a realizar lo que San Pablo dice a los corintios en su segunda carta: “Yo estoy celoso de ustedes con el celo de Dios, porque los he unido al único Esposo, Cristo, para presentarlos a él como una virgen pura” (2Cor 11,2).

Se trata de un signo profético, que anuncia a los hombres con la fuerza del testimonio el carácter transitorio de esta vida, e invita a una ardiente esperanza del retorno del Señor, que vendrá a recapitular todas las cosas. Pues como dice en forma magnífica la constitución Gaudium et spes: “El Señor es el fin de la historia humana, punto de convergencia hacia el cual tienden los deseos de la historia y de la civilización, centro de la humanidad, gozo del corazón humano y plenitud total de sus aspiraciones” (GS 45).

Como ya hemos dicho, la renuncia de la joven Cecilia al matrimonio aparece entrelazada con el aspecto simultáneo del martirio. Esto mismo hace de Santa Cecilia un memorial que nos devuelve la conciencia de nuestra vocación bautismal. Así nos lo enseña la constitución Lumen gentium: “El martirio, en el que el discípulo se asemeja al Maestro, que aceptó libremente la muerte por la salvación del mundo, y se conforma a Él en la efusión de su sangre, es estimado por la Iglesia como un don eximio y la suprema prueba de amor. Y, si es don concedido a pocos, sin embargo, todos deben estar prestos a confesar a Cristo delante de los hombres y a seguirle, por el camino de la cruz, en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia” (LG 42).

A lo largo de dos milenios, la fe cristiana ha probado el secreto de su fuerza expansiva y su capacidad de fecundar la cultura de los pueblos, superando inmensos obstáculos, gracias a su fidelidad a la vocación recibida del Maestro: “Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes” (Jn 15,4). Es de este permanecer en Él que los discípulos sacan su fuerza ante la corriente contraria del mundo: “Si el mundo los odia, sepan que antes me ha odiado a mí. Si ustedes fueran del mundo, el mundo los amaría como cosa suya. Pero como no son del mundo, sino que yo los elegí y los saqué de él, el mundo los odia. Acuérdense de lo que les dije: el servidor no es más grande que su señor. Si me persiguieron a mí, también los perseguirán a ustedes” (Jn 15,18-20).

Me dirijo ahora a los miembros de la vida consagrada con palabras del Papa Francisco: “Los religiosos tienen que ser hombres y mujeres capaces de despertar al mundo”. “Espero que «despierten al mundo», porque la nota que caracteriza la vida consagrada es la profecía” (Carta a todos los consagrados,21 de noviembre de 2014).

Como obispo les reitero mi gratitud por lo que ustedes significan y aportan a nuestra diócesis y les recuerdo la necesidad de la espiritualidad de comunión. Lo hago con las palabras del mismo Papa, quien a su vez recuerda un pasaje luminoso del documento Vita consecrata de San Juan Pablo II: “Al mismo tiempo, la vida consagrada está llamada a buscar una sincera sinergia entre todas las vocaciones en la Iglesia, comenzando por los presbíteros y los laicos, así como a «fomentar la espiritualidad de la comunión, ante todo en su interior y, además, en la comunidad eclesial misma y más allá aún de sus confines»”.

Un querido hermano, representante de la vida consagrada, Mons. Carlos Azpiroz Costa, Prior hasta ahora del convento de San Martín de Porres de Mar del Plata, a quien debemos muchos servicios, presente en esta Eucaristía, ha sido elegido por el Papa como arzobispo coadjutor de Bahía Blanca. Recibirá su ordenación episcopal el día 22 de diciembre en la catedral de Bahía Blanca.

Aprovechamos esta ocasión para despedirlo oficialmente. En esta Santa Misa damos gracias a Dios por este don, le expresamos nuestras congratulaciones y le aseguramos nuestra oración. El oficio episcopal, en efecto, es una carga que puede ser dura y que ha de sobrellevarse con fortaleza espiritual y un profundo amor a Jesucristo y a su Iglesia. Es medirse cada día con la grandeza del desafío y la desproporción de nuestras fuerzas, apoyados en la fidelidad del Señor a sus promesas.

Al celebrar a la patrona de la diócesis, no puedo omitir la mención de una necesidad urgente que debe comprometernos a todos: “La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha” (Lc 10,2). No debemos cansarnos de orar y confiar. Necesitamos de todas las vocaciones, pero sin sacerdotes no hay ministros de la gracia ni Eucaristía. El Pueblo de Dios necesita de estos guías y maestros.

El cielo nos concederá lo que necesitamos si en nuestras parroquias, capillas y comunidades, organizamos adoraciones eucarísticas y fomentamos la conciencia de que se trata de un bien común y una responsabilidad de todos. Que podamos salir de este templo bien convencidos de esto y saquemos consecuencias.

La tradición asocia a Santa Cecilia con la música y el canto. San Agustín, nos invita a entender la vida como un canto existencial: “Si cantas sólo con la voz, por fuerza tendrás al fin que callar; canta con la vida para no callar jamás”.

+ Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata

Homilía Santa Cecilia 2015.doc

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