Homilía de monseñor Marino en las ordenaciones sacerdotales 2015

“Apacienten el Rebaño de Dios, que les ha sido confiado”

(1Ped 5,2)

Homilía en la ordenación sacerdotal de los diáconos

Gastón Francisco Buono y Juan Cruz Mennilli Caldararo

Catedral de Mar del Plata, 18 de diciembre de 2015

Queridos Gastón y Juan Cruz:

En este día tan esperado por ustedes, tan deseado por la diócesis y de un modo especial por mí, hemos oído la exhortación del apóstol San Pedro dirigida a los presbíteros en su primera carta: “Apacienten el Rebaño de Dios, que les ha sido confiado” (1Ped 5,2).

De esto quiero hablarles. Por la sagrada ordenación que en breve recibirán, ustedes quedarán constituidos como pastores del “Rebaño de Dios”, donde Cristo, que es “el gran Pastor de las ovejas” (Heb 13,20), se valdrá de ustedes para hacerse presente de un modo especial y ejercer su servicio de amor misericordioso entre las ovejas dispersas y heridas, o necesitadas de alimento.

Llevarán, por tanto, ante los fieles la viva representación sacramental de nuestro Salvador, el buen Pastor que dio su vida por las ovejas (cf. Jn 10,11.15); el que vino para darles Vida en abundancia (cf. 10,10); el que las conoce por su nombre (cf. Jn 10,14-15); el que aun teniendo cien ovejas en su rebaño, es capaz de dejar las noventa y nueve restantes para salir en busca de la oveja perdida (cf. Lc 15,4); el que anhela conducir hacia su corral a muchas otras ovejas del mundo entero, a fin de que haya un solo Rebaño y un solo Pastor (Jn 10,16). Él es el modelo, y de hoy en adelante la vida de ustedes transcurrirá en el esfuerzo de imitarlo a Él y de servirlo apacentando su rebaño.

El apóstol San Pedro, en la misma carta, se detiene en explicar las actitudes que deben animar a los pastores: “velen por el Rebaño, no forzada, sino espontáneamente, como lo quiere Dios; no por un interés mezquino, sino con abnegación; no pretendiendo dominar a los que les han sido encomendados, sino siendo de corazón ejemplo para el Rebaño” (1Ped 5,2-3).

Aquí se habla de apacentar y velar, vale decir, de procurar el alimento y de hacerlo con solicitud, con la espontaneidad que da el amor. No como quien cumple una obligación ajena a su gusto, mientras tiene su corazón en otra cosa que le interesa más. No como quien cumple un horario, sino como quien tiene sintonía con el querer de Dios y obra en representación suya. Se habla de desinterés, de abnegación y gratuidad; de servicio y no de dominio. El motivo no es el cálculo sino el amor. Por decirlo con frase de San Agustín, queridos Juan Cruz y Gastón, éste es un “oficio de amor” (In Ioan. 123,5).

Esto los obliga, por tanto, a salir de sí mismos para encontrar su identidad en Cristo, el Buen Pastor, y en el rebaño que Él les confía. Aquí encontrarán su paz y su gozo. Y en su entrega sincera y cotidiana, oirán en lo profundo de la conciencia su nombre nuevo, pronunciado por quien los eligió y los ama con amor singular e inédito.

Cuando leemos las enseñanzas de la Palabra divina, cuando escuchamos la voz de la Tradición eclesial y estudiamos las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia, descubrimos la triple forma de este oficio: enseñar, santificar y gobernar. O lo que es lo mismo, alimentar al Pueblo de Dios con la doctrina que salva, dispensar el tesoro de la gracia de los sacramentos, y servir a los hermanos imitando a Cristo, recordando lo que hemos escuchado en el Evangelio: “¿quién es más grande, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es acaso el que está a la mesa? Y sin embargo, yo estoy entre ustedes como el que sirve” (Lc 22,27).

Puesto que el amor del Buen Pastor hacia nosotros los hombres se ejerce sobre nuestra fragilidad, nuestra miseria y nuestros pecados, este oficio de amor que se les encomienda es también, por eso mismo, oficio de misericordia. El corazón de un auténtico presbítero, pastor de almas, es un corazón que no queda indiferente ante la miseria humana, incapaz de compadecerse de las debilidades, sino que en sus funciones buscará ser instrumento de su Maestro y Señor, según dice un hermoso prefacio de la liturgia: “Porque él, en su vida terrena, pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el mal. También hoy, como buen samaritano, se acerca a todo hombre que sufre en su cuerpo o en su espíritu, y cura sus heridas con el aceite del consuelo y el vino de la esperanza” (Prefacio común VIII).

El oficio de misericordia es inseparable del deber de enseñar la verdad. Es bueno recordarlo para remontar la corriente adversa del mundo, que parece no admitir verdades objetivas. Amor misericordioso y servicio de la verdad forman un todo sin fisuras, pues el amor sin la verdad se apoya en el vacío, y la verdad sin el amor es letra que mata. Este es el arte supremo que es preciso adquirir en la oración y en la reflexión, en las enseñanzas del Magisterio y en la experiencia pastoral.

En este Año de la Misericordia deseo recordarles a ustedes en especial, lo que el Papa Francisco dice para la Iglesia en general: “¡Cuánto deseo que los lugares en los que se manifiesta la Iglesia, en particular nuestras parroquias y nuestras comunidades, lleguen a ser islas de misericordia en medio del mar de la indiferencia!” (Mensaje para la Cuaresma 2016).

Dentro del triple oficio de los presbíteros hay uno que es la fuente y culminación del resto de las actividades de evangelización. Celebrar la Eucaristía con fe y devoción, ofrecer cada día el sacrificio redentor de Cristo y alimentar a los fieles con el Cuerpo y la Sangre del Señor, ha de ser para ustedes lo más importante, su fiesta espiritual y su mayor gloria. La Eucaristía es la escuela del Evangelio, el sacramento del amor, la oblación perfecta de la Iglesia santificada por el Espíritu Santo, la fuente de la gracia que permite llevar la cruz y las pruebas sin sucumbir. Es el secreto para nunca decaer en el entusiasmo por evangelizar, y el lugar donde ahondamos la conciencia de ser instrumentos del sumo y eterno Sacerdote en la transformación de este mundo.

Según la hermosa costumbre de buscar un lema inspirador del ministerio, Juan Cruz ha elegido las palabras de institución: “lo partió, se lo dio y les dijo: «hagan esto»” (Lc 22,19). Y Gastón, la triple pregunta y el triple mandato de Cristo Resucitado a Pedro: “¿Me amas? Apacienta mis ovejas” (Jn 21,15ss).

Esta homilía, apoyada en los textos bíblicos de la Misa, que he elaborado con amor paternal, ha girado en torno al carácter instrumental y representativo que tiene la vida de un sacerdote respecto del poder santificador de Cristo, sintetizado en el primer lema, y también en torno al ministerio sacerdotal como oficio de amor, destacado en el segundo.

Queridos Gastón y Juan Cruz, ustedes están rodeados por el afecto del clero de la diócesis, de consagrados y consagradas, de sus padres y parientes, amigos, conocidos, seminaristas, y por el Pueblo santo de Dios, bajo la presidencia del obispo que los ordenará.

En la cercanía de la Navidad, miramos a la Santísima Virgen María, que nos enseña a ser fecundos siendo dóciles a la Palabra divina y a la gracia del Espíritu Santo. Que la Reina y Madre de Misericordia los acompañe siempre con el poder de su intercesión, sobre todo en los momentos de prueba y oscuridad. Que ella los mantenga en la alegría del servicio hasta el final, “cuando llegue el Jefe de los pastores, para recibir la corona imperecedera de gloria” (1Ped 5,4) que Él les prometió.

+Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata

Homilía ordenac sacerd 2015.docx

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