Homilía de monseñor Marino en Nochebuena

“Les traigo una buena noticia”

(Lc 2,10)

Homilía de Nochebuena

Catedral de Mar del Plata, 24 de diciembre de 2015

Queridos hermanos:

Siguiendo una tradición que se remonta al siglo IV, celebramos de noche el nacimiento de nuestro Salvador. Venimos a presentar al Niño recién nacido el homenaje de nuestra fe que se traduce en asombro, en adoración, en sentimientos de gratitud y de enternecimiento ante el amor misericordioso de Dios que se revela en un niño frágil. En Él reconocemos al Hijo eterno de Dios. La Virgen María es su Madre. Ella lo concibió en su seno por obra del Espíritu Santo, sin el concurso de José. La encarnación del Hijo de Dios es el gran regalo que el Padre ha hecho a los hombres como muestra de su amor.

No sólo recordamos lo acontecido, sino que con fe viva seguimos con amor las actitudes de María y de José, tratando de impregnarnos de ellas. Cuando llega a Nazaret la orden del emperador, que exigía un censo y mandaba que cada uno se inscribiera en su ciudad de origen, ellos no se pierden en rebeldías estériles, ni en lamentos ni protestas inútiles. Simplemente se abren a la voluntad de Dios y a los caminos de su providencia. Ambos son custodios del misterio escondido desde siglos en la mente divina. Saben que este Hijo viene de Dios y con mirada de profundidad afrontan el realismo de un viaje fatigoso, encontrándose María en avanzado estado de gravidez.

Al llegar a Belén comprueban que se cierra toda posibilidad de encontrar un lugar en el albergue. Pero se dejan guiar por la certeza que les da la fe y, confiados en la providencia divina, encuentran un sitio donde María dará a luz. Se trata de un pesebre, un lugar donde comen animales. Jesús nace de noche, en la pobreza, en circunstancias difíciles, rodeado de silencio y perdido en el anonimato. Sus padres han sentido la pobreza de recursos, el desamparo humano y la intemperie.

Nadie sabe del misterio tan esperado por siglos. Nadie se da cuenta. Nadie espera a este Niño, excepto María, refugio de pureza inmaculada que Dios mismo plasmó, y también el justo José, asociado al misterio. No se encontró un lugar para el Dueño y Señor de todo el universo.

Este es el estilo de Dios, aquí descubrimos la marca de sus obras. Dios ha querido revelar su inmenso poder en la debilidad de un niño. Ha querido pronunciar una Palabra elocuente y decisiva que resonaría por los siglos, y lo hizo desde el anonimato y el silencio, desde las afueras, lejos del ruido de los hombres. Cristo, Palabra del Padre, ha manifestado la grandeza de su amor y de su misericordia naciendo en un pesebre y privilegiando a los pobres. Que Jesús haya nacido en la pobreza nos muestra que allí puede acontecer lo más grande, si disponemos el corazón y nos dejamos iluminar por la fe.

El Evangelio de San Lucas nos dice que los primeros en beneficiarse de esta “buena noticia”, de esta “gran alegría para todo el pueblo” (Lc 2,10) son unos humildes y rudos pastores en la periferia de Belén. En la oscuridad de la noche son visitados por el Ángel del Señor y envueltos en la luz de la gloria de Dios (cf. Lc 2,9). Reciben el gran anuncio: “Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor” (Lc 2,11).

De pronto, todo cambia, todo se transfigura. El coro de los ángeles une el cielo con la tierra: se proclama la gloria de Dios y se anuncia la paz tan ansiada a los hombres amados por Dios (cf. Lc 2,14). Los pastores se ponen en movimiento.

La Navidad histórica se hace presente en la celebración litúrgica y se prolonga en nuestra vida cotidiana. También nosotros nos sentimos visitados por el Ángel del Señor y envueltos en la luz de la gloria de Dios. La fe nos da ojos para entender que hay una Navidad existencial, más allá de la liturgia y de la mesa familiar. Antes de pensar en los regalos, llevemos a Jesús. Él es el primer y fundamental regalo. Sin su presencia, la fiesta se vacía de sentido. El cabe en nuestros brazos para que lo llevemos a los demás.

El canto de los ángeles es un anuncio de la misericordia de Dios. El corazón del Padre se inclina sobre nuestras miserias para remediarlas. Jesús es el Emanuel nacido de la Virgen, Dios cercano, Dios con nosotros.

Si queremos celebrar bien la Navidad, debemos entender que esta fiesta nos habla de nuestra gran dignidad de ser hijos de Dios, envueltos en el amor misericordioso del Padre. Quien viene a adorar al Hijo de Dios hecho niño, debe decidirse a ser “misericordioso como el Padre” como nos dice Jesús y practicar las obras de misericordia enseñadas por Él. La Navidad es una escuela de fraternidad, e invita a nuestras comunidades a ser “islas de misericordia en medio del mar de la indiferencia” como nos pide el Papa Francisco.

Queridos hermanos, que Jesús nazca espiritualmente en sus corazones. Lleven a sus casas y a los lugares donde transcurre la vida la buena noticia de esta noche. Que la presencia de Jesús se traduzca en nuestra capacidad de imitar la misericordia divina. Tengamos siempre hacia el prójimo, especialmente en este Año de la misericordia, la misma compasión y ternura que Él tuvo con nosotros.

Entonces, aunque sea de noche, nos sentiremos envueltos en luz, y el sueño cederá paso al asombro. Entonces resonará en nuestro interior el canto de los ángeles: “¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por Él!” (Lc 2,14).

+ Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata

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