Homilía de monseñor Marino en la administración de ministerios a seminaristas

lMartirio. Entrega. Vocación

Homilía en el 18º aniversario de la muerte del card. Eduardo F. Pironio

Lectorado de los seminaristas Gonzalo Domench y Martín García

Acolitado del seminarista Gonzalo Garzón

Catedral de Mar del Plata, 5 de febrero de 2016

I. Martirio y autenticidad cristiana

Celebramos la memoria litúrgica de Santa Águeda, en el mismo día en que recordamos la partida de este mundo del Card. Eduardo Pironio, segundo obispo de esta diócesis de Mar del Plata. Durante esta Santa Misa conferiremos también los ministerios de lector y de acólito a algunos seminaristas.

Santa Águeda o Ágata, virgen y mártir, fue una joven cristiana que padeció el martirio en Catania, Sicilia, hacia la mitad del siglo III, probablemente durante la persecución de Decio. Bien pronto se difundió su culto y su nombre fue incluido en el canon romano, que es nuestra plegaria eucarística Iª.

Si el cristianismo se abrió paso en la historia y la Iglesia fue creciendo en número de fieles, no fue en primer lugar por la decisión del emperador Constantino que, en el edicto de Milán del año 313, autorizaba esta nueva religión en el imperio, sino más bien por la intrínseca fuerza de fecundidad que tenía el testimonio de los mártires durante los primeros siglos.

En forma magnífica escribía a comienzos del siglo II el glorioso mártir San Ignacio, obispo de Antioquía: “Lo que necesita el cristianismo, cuando es odiado por el mundo, no son palabras persuasivas, sino grandeza de alma” (Rom, 3).

Una mirada atenta a la historia, nos permite comprobar que a lo largo de los siglos la Iglesia debió hacer frente a temibles cambios culturales y a fuertes crisis internas, obstáculos que pudo superar gracias al lúcido testimonio de los santos y a la acción secreta del Espíritu Santo que infundía la savia del Evangelio en el pueblo más sencillo.

A nadie escapa que en nuestro tiempo y de diversas maneras, la Iglesia y los cristianos experimentamos el odio del mundo. Más silenciosamente en los países occidentales, a través del secularismo que excluye a Dios de la vida pública, o bien ataca el carácter inviolable de la vida del niño por nacer, o el recto significado del matrimonio y la familia, y destruye las bases morales establecidas por la ley divina y natural.

En muchos países de África y Asia, nuestros hermanos padecen cada día cruel persecución y martirio a causa de su fe en Cristo, ante la débil repercusión en los medios de comunicación social o el silencio de la comunidad internacional.

Todo lo cual nos exige a los cristianos mucha autenticidad y grandeza de alma para avanzar en sentido contrario a la corriente cultural con el luminoso testimonio de nuestra conducta. El evangelio de esta Misa nos exhorta: “Si alguien se avergüenza de mí y de mis palabras, el Hijo del Hombre se avergonzará de él cuando venga en su gloria y en la gloria del Padre y de los santos ángeles” (Lc 9,26).

II. La entrega de un pastor

Hoy recordamos, de un modo especial en nuestra diócesis, la partida de este mundo del card. Eduardo Pironio. Un hombre de Dios, un buen pastor, un hombre que amó mucho a la Iglesia en tiempos de oscuridad, que pasó haciendo el bien invitando a la alegría pascual y a la esperanza que no defrauda.

Hombre providencial primero en su patria, después en el Celam, y por último, desde Roma, en la Iglesia universal. Él nos enseñó a ir a fondo en la autenticidad y grandeza de alma. Trasuntaba serenidad y bondad, capacidad de cercanía y amistad. La alegría que nos transmitía con su ejemplo, incluía por cierto aspectos humanos, pero se alimentaba ante todo de su profunda vida de fe y oración, en su meditación frecuente de la Palabra de Dios, en su experiencia de la misericordia divina, y principalmente en la contemplación del misterio pascual.

Tenía una seria preparación doctrinal, y en los primeros tiempos de su ministerio ejerció la docencia en el Seminario. Pero su profundidad de teólogo se fue mostrando más y más no en el aula sino en el ejercicio de su ministerio pastoral. Tanto en homilías como en retiros espirituales, o en conferencias, y en numerosos escritos, sus palabras tenían siempre el perfume de las Sagradas Escrituras, continuamente citadas o implícitas como trasfondo, y eran el fruto de su experiencia interior de esos textos rumiados y entendidos desde la hondura de su fe.

En este Año de la Misericordia elijo citar un fragmento de una de sus homilías, pronunciada en la basílica de Luján en 1987: “En la casa de la Madre se experimenta más hondamente el amor misericordioso del Padre que nos hace hijos, se escucha más dócilmente la Palabra del Hijo que nos hace discípulos, y se recibe más profundamente la fuerza del Espíritu Santo que nos hace testigos. Todo esto para ser hombres nuevos, alegres y serenos, solidarios y fraternos, llenos de esperanza pascual y de amor universal”.

Ya se ha cerrado en Roma la etapa del proceso diocesano de este siervo de Dios, y como obispo de Mar del Plata he firmado la presentación, ante la Congregación para las causas de los santos, de un presunto milagro acontecido en esta ciudad, atribuido a su intercesión.

III. Vocaciones para el ministerio eclesial

Desde este domingo próximo comienza en toda la diócesis de Mar del Plata la semana vocacional, que tiene por finalidad acrecentar la conciencia de la necesidad de orar siempre por el aumento de las vocaciones de especial consagración. Como digo en el Mensaje que he redactado para esta semana: “Si la vocación a consagrar por entero la vida a Cristo, a la Iglesia y a los hombres es personal y para un menor número de fieles, el deber de orar por las vocaciones de especial consagración es común a todos. Es preciso orar, apreciar, fomentar, colaborar”.

Anticipándonos, en cierto sentido, al programa de esta semana que tendrá comienzo mañana sábado por la noche, esta Misa se une espontáneamente a los actos de la misma, pues en breve conferiremos el ministerio del Lector a los seminaristas Gonzalo Domench y Martín García; también el ministerio de Acólito al seminarista Gustavo Garzón, quien se encuentra a dos años de distancia de la meta final del sacerdocio.

Todos ellos cuentan con el parecer favorable de los superiores del Seminario San José de La Plata y del Padre Luis Albóniga, delegado por mí para el seguimiento de los seminaristas. Cuentan también con mi aprobación, mi reconocimiento y aprecio personal.

Puesto que al sacerdocio se llega por etapas, hoy Gonzalo y Martín reciben un ministerio que es un reconocimiento y un programa de vida: meditar asiduamente la Palabra de Dios, asimilar su enseñanza y anunciarla con fidelidad a sus hermanos, para que tenga vigencia en el corazón de los hombres. Y Gustavo quedará comprometido a un ministerio por el cual será asiduo servidor del santo altar y distribuirá el Pan de Vida a sus hermanos.

A los tres les recuerdo palabras fundamentales de la Palabra de Dios que hoy hemos proclamado. El Apóstol nos invita a profunda humildad: “Dios eligió lo que el mundo tiene por necio, para confundir a los sabios; lo que el mundo tiene por débil, para confundir a los fuertes; lo que es vil y despreciable y lo que no vale nada, para aniquilar a lo que vale. Así, nadie podrá gloriarse delante de Dios” (1Cor 1,27-29). Y Jesús nos muestra la cruz de cada día, como condición para su seguimiento: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga” (Lc 9,23).

Cierro esta homilía volviendo a mi mensaje: “Nuestra situación cultural se caracteriza, entre otras cosas, por una notable ignorancia religiosa. Ojalá comprendamos que evangelizar, catequizar, invitar al encuentro con Cristo vivo, es la mayor obra de misericordia, junto con el testimonio de nuestra caridad”.

+ Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata

Homilía Pironio 2016.docx

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