Se realizó la jornada de Cuaresma del obispo con el clero

El pasado lunes 22 de febrero se realizó la jornada de Cuaresma en la casa de retiros San Francisco y Santa Clara, del bosque Peralta Ramos, de Mar del Plata. Fue un encuentro del obispo, monseñor Antonio Marino, con los sacerdotes, en el que participaron del clero diocesano y religioso.

El encuentro comenzó 9.30 con el rezo de tercia, luego monseñor Marino hizo una meditación de Cuaresma. Y posteriormente hubo adoración al Santísimo. Con el almuerzo y el encuentro fraterno, culminó la jornada cerca de las 14.

A continuación te dejamos la meditación del obispo a los sacerdotes.

“Peregrinación. Tentación. Fidelidad”

Jornada de retiro de Cuaresma al clero

Mar del Plata, 22 de febrero de 2016

La Cuaresma y nuestra peregrinación por el desierto de la vida

Instruidos por la tradición eclesial, procuramos prepararnos a la celebración de la Pascua, predisponiendo el corazón durante la Cuaresma. Somos conscientes de que la celebración del misterio pascual es un momento intenso de gracia para toda la Iglesia. Y puesto que vivimos al servicio de los fieles, y necesitamos siempre estar llenos de aquello que debemos dar a nuestros hermanos, nos reunimos para orar y meditar.

Los cristianos vivimos en la necesidad de una conversión continua al Señor, mientras dura nuestra peregrinación por este mundo. La vida de todo cristiano es esto: peregrinación.

Somos peregrinos que vivimos en éxodo permanente, como Israel en el desierto, durante los cuarenta años desde la salida de Egipto hasta el ingreso en la tierra prometida, experimentando tentaciones análogas.

Las tentaciones acompañaron a Israel a lo largo de todo el camino por el desierto. El relato de las murmuraciones del pueblo ante las duras pruebas del camino por el desierto ocupa un amplio espacio en los libros del Éxodo, de los Números y del Deuteronomio.

Al meditar sobre los acontecimientos del éxodo, San Pablo, en su primera carta a los corintios, afirma: “Todo esto les sucedió simbólicamente, y está escrito para que nos sirviera de lección a los que vivimos en el tiempo final. Por eso, el que se crea muy seguro, ¡cuídese de no caer! Hasta ahora, ustedes no tuvieron tentaciones que superen sus fuerzas humanas. Dios es fiel, y él no permitirá que sean tentados más allá de sus fuerzas. Al contrario, en el momento de la tentación, les dará el medio de librarse de ella, y los ayudará a soportarla” (1Cor 10,11-13).

Somos peregrinos, siempre en camino, sin poder instalarnos de manera estable porque como enseña la Carta a los hebreos: “no tenemos aquí abajo una ciudad permanente, sino que buscamos la futura” (Heb 13,14).

Caminamos entre alegrías y esperanzas, y también entre tristezas, tentaciones y angustias; con frecuencia “gimiendo y llorando en este valle de lágrimas”, como decimos en la Salve.

En el ejercicio de nuestro ministerio nos encontramos con gente necesitada de luz y de consuelo. ¡Cuántas veces al salir a saludar a la gente al término de las Misas o en otras circunstancias, recibimos en breves instantes confidencias y pedidos de oración o bendición, ante situaciones angustiosas de enfermedad o graves problemas! Al menos, ésta es mi experiencia desde que estaba en parroquias y hasta el día de hoy.

Nuestras tentaciones

Lo dicho hasta ahora: la vida como peregrinación, la necesidad de conversión continua, las tentaciones y penas del camino, son realidades comunes a todos los bautizados. Quisiera ahora meditar con ustedes sobre algunos aspectos propios de nuestra condición de ministros de la Iglesia.

Durante el transcurso de nuestro ministerio se nos puede ir entibiando la alegría de los primeros tiempos, como a Israel se le hizo duro mantener el júbilo del paso del Mar Rojo. El entusiasmo inicial se puede ir enfriando hasta correr el riesgo de apagarse, cuando nos enfrentamos con el realismo de la vida cotidiana en la parroquia, o de la convivencia diocesana.

Según las edades van cambiando las formas de tentación. Los primeros años, la edad intermedia, la edad madura, la ancianidad. Cada edad tiene su prueba y sus formas sutiles de tentación.

En una larga trayectoria de Iglesia, he podido observar, a veces de muy cerca, crisis sacerdotales, llamadas “de identidad”. A veces aparecidas en los primeros años. Otras en la temible “edad intermedia”, cuando ronda “el demonio meridiano” (meridies), cuando el hombre se encuentra a la mitad de la vida, y percibe que para ciertas cosas es tarde y para otras todavía está a tiempo. “Ser o no ser, esa es la cuestión”. Algunas de estas crisis tienen buena resolución final, después de un arduo trabajo. Otras tienen mal fin.

Entre los más jóvenes, pero también en los de edad intermedia, puede aparecer la pregunta que cuestiona la palabra empeñada y preparada durante los largos años de formación en el Seminario. ¿Por qué no aprender un oficio, tener un empleo, seguir una carrera y formar una familia? Aparecen preguntas que parecían ya respondidas. “¿Esto procedió de Dios o de mi inmadurez? ¿Lo elegí con plena conciencia o me dejé llevar por el ambiente?” Son preguntas que hacen a la fidelidad al don recibido.

Pero este planteo es pura tentación, es falta de fortaleza espiritual que se obtiene pidiendo y luchando. Es sobre todo, falta de confianza en el poder de la gracia. Debemos escuchar a San Pablo: “Que el Dios de la paz los santifique plenamente, para que ustedes se conserven irreprochables en todo su ser –espíritu, alma y cuerpo– hasta la Venida de nuestro Señor Jesucristo. El que los llama es fiel, y así lo hará” (1Tes 5,23-24).

¡Qué importancia decisiva tiene en esas situaciones la humildad de abrir el alma y hablar claro con un sacerdote merecedor de confianza! El creer que se puede salir sólo, es un gran engaño.

No son éstas las únicas crisis. El celibato no es la única forma de tentación y prueba. Un obstáculo real que se presenta en diversas edades es la soledad.

Reflexiones de Mons. Pironio sobre la soledad sacerdotal

Mons. Pironio, en reflexiones dirigidas a los sacerdotes, distinguía tres formas de soledad: 1. material o geográfica; 2. moral o psicológica; 3. espiritual [1]

1la soledad material, física o geográfica, provocada por la distancia. Este es un fenómeno objetivo, independiente de nuestra voluntad, en algunos casos insalvable. Los sacerdotes de zonas rurales necesitan muchas horas (…) para intercomunicarse. No es sólo el problema de la distancia; existe también el problema del transporte.

2-la soledad moral o psicológica, provocada por la indiferencia o el egoísmo: sacerdotes que viven encerrados en sí mismos e impermeables a las necesidades del hermano (…). Trabajamos en el mismo campo, vivimos bajo el mismo techo, comemos en la misma mesa, pero no nos importan los problemas de los hermanos. Ni siquiera los conocemos. Solamente nos interesan sus fracasos o sus defectos. Vivimos encerrados en nuestro egoísmo individual o en nuestro egoísmo de grupos. Y vamos quebrando nuestro común sacerdocio. No hay peor cosa que “ignorarnos” mutuamente.

Hay tres formas abominables de egoísmo sacerdotal: no alabar nunca al hermano que triunfa, alegrarnos del hermano que fracasa, despreocuparnos del hermano que cae.

(A esto unimos) la soledad del sacerdote amargado, que vive permanentemente la tristeza de su sacerdocio vacío y fracasado. Que huye la compañía sacerdotal porque puede resultarle un reproche la generosidad del hermano. Que considera inoperante cualquier reunión sacerdotal. ¿Por qué reunirnos? ¿Para qué las Jornadas Sacerdotales? ¿Para qué las Semanas de Estudio? ¡Si todo continúa inevitablemente lo mismo! Este es el tipo de sacerdotes que siembran perennemente el pesimismo entre sus hermanos y secan la fuente de su esperanza”.

Debemos recordar que nuestra fidelidad al don recibido se mide no sólo según que abandonemos o permanezcamos en el ministerio, sino según sepamos mantener o no la serena alegría y el entusiasmo por el ministerio. Aun cuando veamos que hay cosas que no van bien, nuestro deber es intentar soluciones, buscar entendimiento y no cansarnos en ser constructivos. ¡Cuánta riqueza perdemos por no saber dialogar, por no comunicarnos! (AM).

La soledad priva del aliento, de la experiencia, de la corrección de los demás.

Saber elogiar sin adular. El elogio es oxígeno del alma; pero la adulación es su más aplastante asfixia.

Saber corregir sin hundir. Una palabra, un consejo, una visita, pueden salvar a un sacerdote y abrirle un horizonte de generosidad.

Saber educar sin violentar. Los sacerdotes más experimentados –los más dotados intelectualmente o equipados sobrenaturalmente por la gracia– tienen el grave deber de ayudar, de orientar, de hacer fecundo el ministerio de los demás. Educar sin violentar significa no pretender imponer nuestra propia forma de ser, nuestra personalidad, nuestra mentalidad. Ayudar a que cada uno sea cada uno y realice plenamente su personalidad sacerdotal, que será la personalidad de Cristo encarnado en su temperamento y formas humanas de convivir.

3-la soledad espiritual (quizás el término no sea feliz), provocada por el desprendimiento. Esta es esencialmente sacerdotal y fecunda. Es plenitud y riqueza. Es la que exige N. Señor: que dejemos todas las cosas, que nos apartemos de todos, que nos desprendamos de todo. Que subamos al Monte y oremos. No para encontrarnos con nosotros mismos, sino con Dios y con los hombres. No hay peor infierno que el de nuestro propio interior humano, con todas sus miserias y flaquezas, con todos sus problemas y amarguras. La soledad espiritual es una liberación de todo –esencialmente una liberación de sí mismo– para encontrar a Dios. Allí se da el descanso y la serenidad que brotan del orden. Y la alegría solemne y austera que nace del amor.

Esta es la soledad (…) que exige mucho silencio y hondura. Pero es esencialmente interior; por eso se la puede tener aún conviviendo con los demás. No es necesario siempre recluirse en un Convento o subir materialmente a la montaña. Más aún, esta soledad es servicio generoso de los demás. Toda soledad fecunda es un reencuentro con nuestro profundo ser sacerdotal, con Jesucristo Sumo Sacerdote”.

La fidelidad de Dios y la nuestra

Les citaba al comienzo un texto de San Pablo: “Dios es fiel, y él no permitirá que sean tentados más allá de sus fuerzas. Al contrario, en el momento de la tentación, les dará el medio de librarse de ella, y los ayudará a soportarla” (1Cor 10,13).

En medio de las pruebas y tentaciones, es cuando más debemos afianzarnos en la amistad con Jesucristo, a través de la oración, aunque esto en lo inmediato no nos llene a nivel sensible. Nos irá llenando y fortaleciendo poco a poco, en la medida de nuestra perseverancia. Jesús nos dice: “¿Por qué están durmiendo? Levántense y oren para no caer en la tentación” (Lc 22,46).

En la oración nos disponemos a interiorizar sus palabras que nos llenan de consuelo y esperanza: “Les digo esto para que encuentren la paz en mí. En el mundo tendrán que sufrir; pero tengan valor: yo he vencido al mundo” (Jn 16,33). “Para que encuentren la paz en mí”. Jesús es garante de nuestra paz.

Jesús nos llama “amigos”. Debemos preguntarnos si de verdad creemos que lo es y quiere serlo: “No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero. Así todo lo que pidan al Padre en mi Nombre, él se lo concederá” (Jn 15,16).

La Carta a los hebreos contiene una estimulante exhortación a la perseverancia:

“Después de todo, en la lucha contra el pecado, ustedes no han resistido todavía hasta derramar su sangre. Ustedes se han olvidado de la exhortación que Dios les dirige como a hijos suyos: "Hijo mío, no desprecies la corrección del Señor, y cuando te reprenda, no te desalientes. Porque el Señor corrige al que ama y castiga a todo aquel que recibe por hijo". Si ustedes tienen que sufrir es para su corrección; porque Dios los trata como a hijos, y ¿hay algún hijo que no sea corregido por su padre? Si Dios no los corrigiera, como lo hace con todos, ustedes serían bastardos y no hijos. Después de todo, nuestros padres carnales nos corregían, y no por eso dejábamos de respetarlos. Con mayor razón, entonces, debemos someternos al Padre de nuestro espíritu, para poseer la Vida. Porque nuestros padres sólo nos corrigen por un breve tiempo y de acuerdo con su criterio. Dios, en cambio, nos corrige para nuestro bien, a fin de comunicarnos su santidad. Es verdad que toda corrección, en el momento de recibirla, es motivo de tristeza y no de alegría; pero más tarde, produce frutos de paz y de justicia en los que han sido adiestrados por ella. Por eso, que recobren su vigor las manos que desfallecen y las rodillas que flaquean” (Heb 12,4-12).

El misterio de la Transfiguración

Ayer hemos escuchado el relato de la transfiguración del Señor. Por unos instantes, su humanidad se muestra invadida por la gloria que será propia de su estado de resurrección. Moisés y Elías, también revestidos de gloria, hablan con Él “de la partida (éxodo) de Jesús que iba a cumplirse en Jerusalén” (Lc 9,31). Pedro, entre somnoliento, fascinado y tembloroso, expresa su asombro, sin saber lo que decía: “¡Qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas …” (Lc 9,33). Lo decisivo del relato es la voz del Padre: “Mientras hablaba, una nube los cubrió con su sombra y al entrar en ella, los discípulos se llenaron de temor. Desde la nube se oyó entonces una voz que decía: «Este es mi Hijo, el Elegido, escúchenlo» ” (Lc 9,34-35).

Este misterio acontece hacia el término de la vida pública de Jesús. Es como el pórtico que lleva a su misterio pascual de pasión, muerte y resurrección. Inmediatamente después emprenderá su viaje final hacia Jerusalén. En los Sinópticos, la voz de Dios Padre se deja oír en sólo dos oportunidades: al inicio de su ministerio y ahora, poco antes de su pasión. Por tanto, sirve de marco interpretativo de su ministerio.

Durante el bautismo en el Jordán, Jesús estaba en oración: “Todo el pueblo se hacía bautizar, y también fue bautizado Jesús. Y mientras estaba orando, se abrió el cielo y el Espíritu Santo descendió sobre él en forma corporal, como una paloma. Se oyó entonces una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección» (Lc 3,21-22).

Mediante el don del Espíritu Santo, el Padre, da testimonio sobre Jesús, como su Hijo. Lo hace con palabras que traen el eco de antiguas profecías. La resonancia principal la encontramos en el primer cántico del Servidor que hallamos en Isaías: “Este es mi Servidor, a quien yo sostengo, mi elegido, en quien se complace mi alma. Yo he puesto mi espíritu sobre él…” (Is 42,1). Este Servidor cuya figura completan otros tres cánticos, será paciente, obediente, sufriente.

El camino de Cristo no será el de un mesianismo triunfal. Decepcionará a todos, pues predicará el Reino de Dios con rasgos que no concuerdan con las representaciones mentales de sus contemporáneos. Aun sus discípulos, que lo siguen y aman, entienden muy poco.

En las tentaciones del desierto, Jesús se muestra adherido a la voluntad del Padre. Rechaza el camino de un mesianismo de abundancia, de prodigios, de poderío político. El demonio miente con fragmentos de verdad, ¡citando la Escritura y componiendo una falsedad!

En la transfiguración en el monte, la voz del Padre viene a confirmar el camino de Jesús como el verdadero, como el que deben seguir también los cristianos. Es preciso escuchar al Hijo que dice la verdad: «Este es mi Hijo, el Elegido, escúchenlo». Seguir a Cristo es tener fe en Él, escuchar su palabra y entregarle la vida. En el desierto de la vida es como el nuevo Moisés.

Moisés y Elías, simbolizan la Ley y los Profetas. Las páginas de las Sagradas Escrituras anuncian a Cristo, están llenas de Él. Los discípulos lo entenderán después de la pascua.

Hay momentos especiales, aunque breves, de intensa experiencia de Dios, que se traduce incluso sensiblemente. Nos dejamos entonces llenar por este regalo de la gracia. Pero pronto hay que bajar del monte y volver al llano. Si vivimos en la fe, nuestra vida se llena de luz. ¡Se transfigura! En la medida en que maduramos en la vida de fe, se actúa el misterio de la transfiguración, pues en lo mismo de todos los días, en las experiencias comunes a todos, podemos contemplar la presencia de Cristo, con nuestro espíritu iluminado por la fe.

Ser contemplativos, no es sólo vocación a un estado de vida. Es, ante todo, la capacidad de contemplar al Invisible en el velo de las apariencias más ordinarias de la vida cotidiana.

+ Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata

Cuaresma Clero 2016.docx

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