Homilía de monseñor Marino en la Misa Crismal | 2016

“Jesucristo hizo de nosotros un Reino sacerdotal”

(Apoc 1,6)

Homilía de la Misa Crismal

Catedral de Mar del Plata, 23 de marzo de 2016

Queridos hermanos:

I. El Ungido y los ungidos

La Misa Crismal constituye todos los años un momento intenso que expresa la fraternidad que tienen los sacerdotes —diocesanos o miembros de la vida consagrada— entre sí, y la comunión de todo el presbiterio con el obispo de la diócesis.

La fecha más propia de esta celebración es la mañana del Jueves Santo, día en que conmemoramos simultáneamente la institución de la Eucaristía y del sacerdocio. Pero, como lo indican las normas litúrgicas, por razones pastorales esta Misa puede celebrarse anticipadamente para posibilitar la mayor concurrencia de sacerdotes que provienen de zonas distantes.

Sin duda, es preponderante la perspectiva sacerdotal en esta liturgia que tiene ritos propios y llamativos. Pero si prestamos atención, descubrimos que, por eso mismo, atañe también profundamente a todo el Pueblo de Dios, llamado expresamente en las Escrituras pueblo sacerdotal. Sacerdocio de los ministros de la Iglesia y sacerdocio bautismal se implican mutuamente y se ordenan el uno al otro.

En el pasaje del Evangelio de San Lucas que hemos escuchado, Jesús se identifica con la enigmática figura del profeta anunciado por Isaías, sobre el cual reposa el Espíritu del Señor que lo ha consagrado y ungido. Es ese Espíritu el que lo impulsa a anunciar la Buena Noticia a los pobres, la liberación a los cautivos, a dar la vista a los ciegos, la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor (cf. Lc 4,16-21).

Toda la vida de Cristo transcurre de cara al Padre y en obediencia a Él. Y al mismo tiempo, toda su vida transcurre bajo la moción del Espíritu Santo, que tiene en la humanidad de Cristo su lugar privilegiado de presencia e irradiación.

“Él me ha consagrado por la unción” (Lc 4,18). No se trata de una unción exterior, al modo como eran ungidos los reyes y sacerdotes de la Antigua Alianza. La unción de Cristo es interna y espiritual, y considerada en su significado más profundo, consiste en la presencia santificadora del Espíritu Santo que impregna su humanidad desde el primer instante, lo convierte en Cabeza de la nueva humanidad, y se manifiesta en la abundancia de carismas que en Él tienen su fuente.

Si Jesús es el nombre personal de nuestro Salvador, “Cristo” o Ungido pasará a ser el título que le estará indisolublemente unido. Jesús es el Hijo de Dios Ungido por el Padre con el Espíritu Santo. Y los que creemos en Él llevamos el nombre de cristianos (cf. Hch 11,26) que equivale a “ungidos”. Como dice San Pablo en la segunda Carta a los Corintios: “Y es Dios el que nos reconforta en Cristo, a nosotros y a ustedes; el que nos ha ungido, el que también nos ha marcado con su sello y ha puesto en nuestros corazones las primicias del Espíritu” (2Cor 1,21-22).

La misión de Cristo es Evangelio, Buena Noticia por excelencia, garantía de felicidad verdadera, ofrecida a todos, pero en primer lugar a los pobres.

Como enseñaban los Padres de la Iglesia, el Espíritu Santo es el “óleo de la alegría” con que fue ungido Cristo (cf. Sal 45,8; Heb 1,9) y con el cual somos ungidos los cristianos en el bautismo. Esto nos confiere una dignidad común y nos hace miembros del pueblo sacerdotal, consagrados para ofrecer el culto espiritual a Dios en medio de las actividades temporales de la vida ordinaria; habilitados para ofrecer, junto con toda la Iglesia y bajo la presidencia de los sacerdotes, el culto eucarístico.

En el Prefacio de esta Misa oiremos decir de Cristo: “Él no sólo enriquece con el sacerdocio real al pueblo de los bautizados, sino también, con amor fraterno, elige algunos hombres para hacerlos participar de su ministerio mediante la imposición de las manos”.

II. Ungidos con óleo de alegría

Deseo dirigirme a ustedes, queridos sacerdotes, de un modo especial. Decir que el Espíritu Santo es el óleo de la unción con que fuimos ungidos interiormente el día de nuestra ordenación sacerdotal, nos compromete a una conducta coherente. Por este Espíritu hemos recibido una especial configuración con Cristo Sacerdote, Maestro y Pastor. No nos olvidemos que esto nos exige dar testimonio ante los fieles de que el óleo recibido es un aceite perfumado, un “óleo de alegría”. Fuimos ungidos para ungir con el mismo Espíritu al Pueblo de Dios que se nos confía, y aportar así a los pobres y afligidos el consuelo y la luz, el aliento y la fuerza que necesitan para seguir peregrinando. Que nada ni nadie nos quite la alegría.

Aunque nuestro psiquismo pasa por las variaciones de la edad y de circunstancias difíciles, la alegría del ministerio sacerdotal recibido no debe enfriarse ni extinguirse nunca. Nuestra personalidad sacerdotal va madurando con las pruebas. Aun cuando veamos que hay cosas que no van bien, nuestro deber es intentar soluciones, buscar entendimiento y no cansarnos en ser constructivos. ¡Cuánta riqueza perdemos por no saber dialogar, por no comunicarnos!

Deseo aquí volver sobre algunas reflexiones que expuse en la última meditación de Cuaresma.

En medio de las pruebas y tentaciones, que amenazan nuestra alegría, es cuando más debemos afianzarnos en la amistad con Jesucristo, a través de la oración, aunque esto en lo inmediato no nos llene a nivel sensible. Nos irá llenando y fortaleciendo poco a poco, en la medida de nuestra perseverancia. Jesús en su pasión nos pregunta: “¿Por qué están durmiendo? Levántense y oren para no caer en la tentación” (Lc 22,46).

Jesús nos llama “amigos”. Debemos preguntarnos si de verdad creemos que lo es y quiere serlo: “No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero. Así todo lo que pidan al Padre en mi Nombre, él se lo concederá” (Jn 15,16).

III. Para sanar los corazones afligidos

El Año de la Misericordia que vamos recorriendo nos pide ser instrumentos de misericordia. Pero no podremos cumplir plenamente esta misión si antes no la hemos experimentado. Me viene a la mente en este momento una oración que leí hace años y causó en mí un gran impacto:

“Ámame como eres. Conozco tu miseria, las luchas y las tribulaciones de tu alma, las deficiencias y las enfermedades de tu cuerpo; sé de tu vileza, de tus pecados, y te digo lo mismo: dame tu corazón, ámame como eres…

Si esperas ser un ángel para abandonarte al Amor, no amarás nunca. Aun si eres vil en la práctica del deber y de la virtud, si vuelves a caer a menudo en aquellas culpas que quisieras no cometer más, no te permito no amarme, ámame como eres… Si esperas a ser perfecto, no me amarás jamás”.

Por último, invito a todos los presentes, sacerdotes y diáconos, consagrados y consagradas, seminaristas, y queridos fieles, a unirse a esta súplica de común interés eclesial:

Señor Jesús,

con la unción del Espíritu Santo

nos unimos a María, tu Madre,

y oramos contigo al Padre del cielo.

Que no falten en tu Iglesia sacerdotes ministros de tu altar.

Te pedimos en especial que cuides a nuestros sacerdotes enfermos

y multipliques el número de los seminaristas.

Y que siempre sintamos la alegría

de salir a ofrecer a todos la vida de Jesucristo. Amén.

+ Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata

Homilía Misa Crismal 2016.docx

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