Homilía de monseñor Marino en la Vigilia Pascual 2016

“Cristo surgió victorioso de los abismos”

(Pregón Pascual)

Homilía de la Vigilia Pascual

Catedral de Mar del Plata, 26/27 de marzo de 2016

Homilía de monseñor MarinoQueridos hermanos:

I. Esta es la noche

“Esta es la noche en la que Cristo rompió las ataduras de la muerte y surgió victorioso de los abismos”. Así canta la Iglesia en el célebre pregón pascual, exclamación llena de piedad y elevación poética, cuyos orígenes se remontan a los primeros siglos del cristianismo.

Mientras escuchábamos el canto de este himno, estábamos de pie con los cirios encendidos, y oíamos repetir: “Ésta es la noche”. Se trata de una invitación al júbilo, donde el cielo y la tierra son convocados a asociarse. Todo el universo visible e invisible debe entrar en una extasiada alabanza ante la resurrección de Cristo, acontecida en esta noche que guarda su secreto: “¡Noche verdaderamente feliz! Sólo ella mereció saber el tiempo y la hora en que Cristo resucitó del abismo de la muerte”.

La realidad supera los límites de nuestro lenguaje, y por eso, el tono sereno y reflexivo cede paso a la luz penetrante de la poesía: “¡Oh feliz culpa que nos mereció tan noble y tan grande Redentor!”

Se evocan los acontecimientos y símbolos más significativos de la historia de la salvación, cuyo sentido último resplandece en la resurrección del Señor.

II. La Trinidad, la salvación, la fiesta del universo

Estamos en la fiesta por excelencia, de la que toman su sentido el resto de las fiestas. Porque en ella se revela la Trinidad Santísima, el Hijo de Dios lleva a cumplimiento la salvación del hombre, y en Cristo resucitado la humanidad entera y todo el universo encuentran su meta y se elevan a la plenitud de su sentido.

Obra suprema y conjunta de la Trinidad es la que celebramos. La mayor de sus maravillas en la creación y en la historia. El apóstol San Pedro dirá: “Dios lo resucitó, librándolo de las angustias de la muerte, porque no era posible que ella tuviera dominio sobre él” (Hch 2,24). De este modo el cuerpo glorificado del Hijo de Dios quedará para siempre introducido en el seno de la Trinidad.

La resurrección es igualmente obra del propio Hijo. Jesús, el Buen Pastor, había afirmado: “El Padre me ama porque yo doy mi vida para recobrarla. Nadie me la quita, sino que la doy por mí mismo. Tengo el poder de darla y de recobrarla: este es el mandato que recibí de mi Padre” (Jn 10,17-18).

Ni podemos olvidar la acción del Espíritu creador y dador de vida. San Pablo en sus cartas insiste en el poder de Dios por medio del Espíritu Santo que vivificó la humanidad muerta de Jesús: “Y si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús habita en ustedes, el que resucitó a Cristo Jesús también dará vida a sus cuerpos mortales, por medio del mismo Espíritu que habita en ustedes” (Rom 8,11).

Si la muerte de Cristo nos redimió del pecado, su resurrección nos introdujo en una vida nueva. Según la enseñanza de San Pablo, el Señor Jesús “fue entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación” (Rom 4,25). Nos asociamos al misterio pascual de Cristo mediante el bautismo, compartimos su victoria sobre el pecado y la muerte y recibimos la vida de la gracia. Escuchábamos decir en la Carta a los Romanos: “Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que así como Cristo resucitó por la gloria del Padre, también nosotros llevemos una Vida nueva” (Rom 6,4).

Esta noche nos habla también de nuestra increíble dignidad, porque la resurrección de Cristo es la plenitud de la encarnación del Hijo de Dios. Al asumir nuestra condición humana, la condujo a la gloria. Así mediante su propia resurrección, el Hijo de Dios nos ha elevado a una dignidad insuperable. Él es uno de nosotros en el seno de la Trinidad, y uno de la Trinidad que nos lleva a su propia patria que hizo nuestra.

De este modo el universo entero está de fiesta; exulta el mundo finalizado en el hombre y asumido en la humanidad de Dios. Así podemos entender mejor la exclamación del pregón: “¡Noche verdaderamente dichosa, en la que el cielo se une con la tierra y lo divino con lo humano!”

¡Qué hermosos son los ritos de esta noche! Todo parece poco para alabar al Señor y expresar el gozo de la Pascua. La pedagogía de la liturgia quiere llegar a la mente y al corazón a través de un recurso abundante a los sentidos. En esta noche, santa entre todas, gozamos recibiendo y transmitiendo la luz nueva que vence la oscuridad; renovamos las promesas bautismales y el compromiso de una vida santa; somos rociados con el agua, símbolo del Espíritu Santo; el perfume del incienso se dirige no sólo a la divinidad sino que honra nuestra dignidad de hijos; y sobre todo, no comprometemos a vivir como resucitados.

III. Vivir como resucitados

Vivir como resucitados implica haber hecho la experiencia de la misericordia divina y decidirnos a ser sus representantes en el mundo. Porque en nuestra vida social abunda la tecnología, pero escasea el amor. Vivimos en la era de las comunicaciones, pero estamos encerrados en nuestro egoísmo. Proliferan los medios que dan poder, pero se diluyen los fines que dan sentido. No sólo pecamos con obras, sino con omisiones e indiferencia. En el trato ciudadano abunda la crispación y el mal humor, y nuestra sociedad da muestras, recientes y pasadas, de rencores profundos, enemistades y falta de objetividad.

Si queremos que este esplendor de la Pascua no quede como algo exterior y sin arraigo en el corazón, debemos grabarnos su significado profundo.

En el Evangelio de San Lucas hemos oído que al amanecer del primer día de la semana, las mujeres fueron al sepulcro y encontraron la piedra removida; entraron pero no hallaron el cuerpo del Señor (cf. Lc 24,1-3). Fue necesario que dos ángeles les explicaran lo sucedido y les recordaran lo ya anunciado por Jesús (cf. Lc 24,4-8).

Más pesada que la piedra del sepulcro puede llegar a ser nuestra resistencia interior a la gracia. Más oscura que la noche es muchas veces nuestra mentalidad carnal. Podemos cerrarnos a la luz. Los mismos apóstoles juzgaron que las mujeres deliraban (cf. Lc 24,11).

Sólo el Espíritu de Jesús resucitado puede iluminarnos interiormente y vencer la pesadez de nuestra incredulidad. Pidámoslo por intercesión de la Madre de Jesús, pues la que más sufrió con su Hijo, más participó del gozo de su resurrección.

Queridos hijos y hermanos: ¡Feliz Pascua para todos! Con mi bendición.

+ Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata

Homilía de la Vigilia Pascual 16.docx

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