Homilía en la fiesta de la Divina Misericordia | Declaración del Santuario Jesús misericordioso

“¡Señor mío y Dios mío!”

(Jn 20, 28)

Homilía del 2º domingo de Pascua

Fiesta de la Divina Misericordia

Declaración de Jesús Misericordioso como Santuario Diocesano

Mar del Plata, 3 de abril de 2016

Queridos hermanos:

I. La revelación de la misericordia

En el segundo domingo de Pascua, la liturgia centra nuestra mirada en las llagas del Señor. En la humanidad gloriosa de Jesús resucitado perduran las llagas del que fue crucificado. Esas llagas demuestran la identidad de la persona en dos estados muy distintos. Antes la humillación, ahora la gloria.

Es siempre consolador deletrear las palabras del Evangelio. Jesús se presenta primero a los diez, en ausencia de Tomás. La presencia del Señor les cambia la vida. Los discípulos pasan del abatimiento y del miedo a la alegría y la paz. Las puertas están cerradas, pero Jesús las traspasa. Los discípulos están llenos de temor y Él los llena de su paz. Supera el obstáculo físico de las trabas externas, y vence el obstáculo espiritual de la confusión interna en que se encontraban.

Les desea la paz que les había anunciado (cf. Jn 14,27) y les muestra sus llagas: “Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor” (Jn 20,20).

Bajo el efecto de este cambio profundo e inesperado, los discípulos oyen nuevas palabras que marcarán su identidad en el mundo. Jesús los hace partícipes y continuadores de la misma misión que Él recibió del Padre: “Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes” (Jn 20,21). En esta misión contarán con la fuerza del mismo Espíritu que acompañó su ministerio y que Él al morir les dejó desde la cruz (Jn 19,30). De este modo, la Iglesia, nuevo Pueblo de Dios que surge de la Pascua, aparecerá como comunidad congregada “por la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (San Cipriano, De orat. Dominica 23).

El don del Espíritu Santo va unido a la potestad que reciben de extender la misericordia de Dios mediante el perdón de los pecados: “Sopló sobre ellos y añadió «Reciban al Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan»” (Jn 20,22-23).

Ocho días más tarde, un día como hoy, volvió Jesús a aparecerse a los suyos, esta vez en presencia de Tomás, primero incrédulo y ahora convertido a la fe plena. En una de las confesiones de fe más hermosas, que por siempre haremos nuestra, exclama: “¡Señor mío y Dios mío!” (Jn 20,28). Necesitó el apoyo sensible de palpar las llagas para que su mente se llenara de luz. El signo visible y consolador de la humanidad de Cristo, lo condujo a la confesión de la divinidad invisible.

Jesús mostró su compasión y misericordia ante la cerrazón espiritual de Tomás. Y fue la oportunidad para que nos dejara una lección fundamental sobre la fe: “Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!” (Jn 20,29).

También a nosotros hoy, y a lo largo del camino de la vida, nos reconforta Jesús resucitado, nos saluda con su paz, nos llena de su alegría, y nos muestra su gran misericordia. No estamos solos. Nos anima en las horas oscuras, sin apoyos sensibles. En ellas nuestra fe se vuelve más profunda y meritoria, y se convierte en fuente de fecundidad. Él nos acompaña, nos ilumina y fortalece con el don de su Espíritu y nos recuerda nuestra misión: “Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes” (Jn 20,21). Esto da sentido a nuestra vida en el mundo.

Jesús se muestra lleno de misericordia. Él conoce nuestras luchas y miserias, nuestras debilidades y pecados, y se presenta como amigo que toma la iniciativa. En la Iglesia nos ofrece con generosidad su perdón. No espera a que seamos buenos para amarnos. Se anticipa.

II. El evangelio de la misericordia en el tiempo

Las verdades permanentes del Evangelio son interiorizadas y asimiladas por los fieles a lo largo de los siglos por la presencia vivificante del Espíritu del Señor. Sin añadir nada a la Revelación cumplida en Cristo, Dios suscita en la vida de la Iglesia figuras providenciales, con frecuencia elegidas entre los más humildes, para recordarnos verdades esenciales entendidas con nueva luz.

Tal es el caso de Santa Faustina Kowalska. La joven Helena, ansiosa de ser toda de Jesús, pero impedida por las necesidades económicas de su familia y por la oposición de sus padres, decidió su vocación ante la experiencia de la visión de las llagas de Cristo, quien la llamaba con órdenes precisas.

El intenso movimiento espiritual que se fue generando desde su convento al conocerse su Diario con las revelaciones que Jesús misericordioso le dirigía, fue impregnando al pueblo polaco. Quiso la Providencia, que un compatriota suyo Karol Wojtyla, llamado a ocupar la cátedra de San Pedro con el nombre de Juan Pablo II, quedase marcado por este mensaje plenamente conforme al Evangelio. Por esto mismo, pudo decir durante su visita a la tumba de Sor Faustina, en 1997: “El mensaje de la Divina Misericordia siempre ha estado cerca de mí como algo muy querido…, en cierto sentido forma una imagen de mi Pontificado”. Dan prueba de esto su admirable encíclica Dives in misericordia, y su voluntad de instituir en este domingo la fiesta de la Divina Misericordia. Y vino también la confirmación desde el cielo: el Padre de las misericordias lo llamó junto a sí en vísperas del segundo Domingo de Pascua, entrada ya la noche.

Siguiendo sus huellas, el papa Francisco ha querido desde el comienzo marcar su propio pontificado con el mismo sello. Este Año de la Misericordia así lo demuestra.

III. La misericordia divina en su santuario marplatense

En el breve espacio de esta homilía deseo destacar sólo algunos mensajes dentro de la riqueza inmensa del Diario de Santa Faustina, para la edificación común. Deseo así colaborar a dar a este lugar de oración el fundamento de su espiritualidad, contribuir a nuestra experiencia de la misericordia divina, y fortalecer nuestra obligación de ser instrumentos de la misma ante el prójimo.

“Una vez, oí estas palabras: Hija Mía, habla al mundo entero de la inconcebible misericordia Mía. Deseo que la Fiesta de la Misericordia sea refugio y amparo para todas las almas y, especialmente, para los pobres pecadores. Ese día están abiertas las entrañas de Mi misericordia. Derramo todo un mar de gracias sobre las almas que se acercan al manantial de Mi misericordia” (138).

“Cuando te acercas a la confesión debes saber que Yo Mismo te espero en el confesionario, sólo que estoy oculto en el sacerdote, pero Yo Mismo actúo en tu alma… de esta Fuente de la Misericordia las almas sacan gracias exclusivamente con el recipiente de la confianza”.

“Debes mostrar misericordia al prójimo siempre y en todas partes. No puedes dejar de hacerlo, ni excusarte, ni justificarte. Te doy tres formas de ejercer misericordia al prójimo: la primera, la acción; la segunda, la palabra; la tercera, la oración. En estas tres formas está contenida la plenitud de la misericordia y es el testimonio irrefutable del amor hacia Mí” (699).

Desde el primer momento en que, como obispo, visité esta capilla, que es parte de la Parroquia San Pío de Pietrelcina, me di cuenta de que estaba llamada a ser un lugar privilegiado de experiencia de la misericordia divina, y de testimonio de caridad con el prójimo. Lugar de peregrinación y de atención privilegiada del sacramento de la Confesión. Por eso mismo, hoy doy cumplimiento al deseo de declararlo formalmente Santuario diocesano.

Aprovecho la ocasión para agradecer a todas las personas que han contribuido de diverso modo a engrandecer material y espiritualmente este lugar. Mi gratitud a los sacerdotes en especial, y al actual párroco en particular, por el entusiasmo puesto en esta devoción. A todos los colaboradores recuerdo que la obra fundamental en la que debemos colaborar, es la formación de la imagen de Cristo en el corazón de los fieles.

Ante el ícono de Jesús misericordioso, pintado según su voluntad, repitamos con la misma fe y docilidad de Santa Faustina: “¡Jesús, en Ti confío! ¡Jesús, en Ti confío! ¡Jesús, en Ti confío!”

Con mi cordial bendición de padre y pastor.

+ Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata

Homilía fiesta Div. Miser. 16.docx

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