Homilía de monseñor Marino en el Jubileo de la Misericordia del Centro Diocesano de Estudio y Reflexión

“Yo soy la luz”

(Jn 12,46)

Homilía en el Jubileo de la Misericordia

Centro Diocesano de Estudio y Reflexión – Escuela Universitaria de Teología –

Escuela Diocesana de Ministerios y Catequesis

Catedral de Mar del Plata, 20 de abril de 2016

Queridos hermanos:

Directivos, docentes y alumnos de la EUT y del Ce.Di.E.R., han querido vivir hoy una jornada jubilar, atravesando la Puerta de la Misericordia. La Palabra de Dios viene en nuestra ayuda para dar sentido pleno a este gesto, que implica de nuestra parte un compromiso.

En este miércoles de la cuarta semana de Pascua, nos hemos sometido a la pedagogía de la peregrinación y de la puerta, que se vinculan con el don de la indulgencia. Esto nos lleva a experimentar la misericordia del Padre, que celebramos en este año instituido por el Papa Francisco, y nos compromete a ser sus mensajeros.

En el Evangelio de San Juan que hemos proclamado, Jesús se define como luz: “Yo soy la luz, y he venido al mundo para que todo el que crea en mí no permanezca en las tinieblas” (Jn 12,46). No es la única vez que encontramos esta afirmación en el cuarto evangelio. Desde el prólogo hasta el final de su vida, Jesús aparece como luz que ha venido a este mundo, que brilla en medio de las tinieblas, y que triunfa sobre ellas.

La metáfora de la luz se entrelaza con la fe en Cristo, lo que equivale a tener fe en Dios: “El que cree en mí, en realidad no cree en mí, sino en aquel que me envió” (Jn 12,44). Y también con la visión de Dios, a través de la humanidad de Cristo: “Y el que me ve, ve al que me envió” (Jn 12,45). Jesús es por excelencia el revelador del misterio del Padre para comunicar Vida eterna: “Porque yo no hablé por mí mismo: el Padre que me ha enviado me ordenó lo que debía decir y anunciar; y yo sé que su mandato es Vida eterna. Las palabras que digo, las digo como el Padre me lo ordenó” (Jn 12,49-50).

Podemos recordar que en el Evangelio de San Lucas, Zacarías, el padre de San Juan el Bautista, celebra y canta “la entrañable misericordia de nuestro Dios, que nos traerá del cielo la visita del Sol naciente, para iluminar a los que están en las tinieblas y en la sombra de la muerte, y guiar nuestros pasos por el camino de la paz” (Lc 1,78-79).

No podemos, por tanto, olvidar que el plan misericordioso de Dios tiene mucho que ver con la Luz, con el Sol naciente que es Cristo, “luz para iluminar a las naciones paganas y gloria del pueblo Israel” (cf. Lc 2,32).

Si la historia del hombre quedó marcada por la desobediencia a Dios, siguiendo al “padre de la mentira” (Jn 8,44), la historia de nuestra salvación cuya plenitud es Cristo, comienza como un servicio de obediencia a la Verdad que disipa las tinieblas de la ignorancia y la mentira.

La lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles (Hch 12,24-13,5), que escuchamos en primer lugar, nos ha mostrado la maravillosa e incesante difusión de la luz contenida en la Palabra de Dios, a través de la comunidad apostólica representada por Pablo y Bernabé, “enviados por el Espíritu Santo”.

Desde entonces hasta nuestros días, junto con la luz de la fe —que es el mayor de los regalos posibles recibidos de Dios— aceptamos también el compromiso de acrecentar, transmitir y dar testimonio de esta luz que es el Verbo o Palabra, “luz verdadera que, al venir a este mundo ilumina a todo hombre” (Jn 1,9).

Servir a la Verdad revelada en Cristo, la Verdad que es el mismo Cristo, y hacerlo desde la catequesis y desde la teología, desde la predicación y el testimonio de la vida, es también, por tanto, estar al servicio de “la entrañable misericordia de nuestro Dios”. No lo olvidemos nunca. Estudiar la “sagrada doctrina”, conocer la verdad que nos salva y transmitirla a los demás, es entrar de lleno en la lógica de “la misericordiosa ternura de nuestro Dios”.

Se trata de una obra de misericordia que brota como de su fuente de la contemplación del misterio de Dios y de su plan benevolente de salvación.

A pesar de sus apariencias, nuestro tiempo atormentado está hambriento de sentido de la vida, aunque esa búsqueda se realice por senderos equivocados y conduzca a callejones sin salida.

Es de vital importancia anunciar el Evangelio y privilegiar a los pobres mediante el testimonio de las obras de misericordia corporales y espirituales, porque “en esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros” (Jn 13,35). Pero nuestro testimonio quedaría incompleto si no tendiera al anuncio explícito de Jesucristo y a la comunión con Él.

Por eso, con el Papa San Juan Pablo II decimos: “Catequizar es (…) descubrir en la Persona de Cristo el designio eterno de Dios (…). Se trata de procurar comprender el significado de los gestos y de las palabras de Cristo, los signos realizados por Él mismo" (CT 5). El fin de la catequesis: "conducir a la comunión con Jesucristo […]; sólo Él puede conducirnos al amor del Padre en el Espíritu y hacernos partícipes de la vida de la Santísima Trinidad (ibíd.)” (CCE 426).

Vivimos en una época de relativismo de la verdad, y de subjetivismo moral, cuya raíz última es la exclusión de Dios de la vida social y del quehacer cultural. La negación de Dios, sea en su versión práctica o teórica, es el suicidio de la cultura occidental y el peor daño a la promoción del hombre.

Como nos lo ha enseñado el Papa Francisco, el remedio no está en torcer la verdad sino proponerla desde la belleza y el atractivo de nuestro testimonio, encarnando en la vida las convicciones que tenemos.

La tarea pastoral no puede concebirse como un despliegue de actividades prácticas, sin sustento en la solidez de los principios doctrinales. Fácilmente podríamos caer en el activismo pragmático y demagógico, o en una creatividad caprichosa que no incorpora la objetividad de la doctrina ni las normas eclesiales. Sería interesante detenerse en el hecho de que las cartas paulinas, que llamamos “pastorales”, son el lugar donde más se insiste en la “recta doctrina”, en la “Palabra de verdad”, contrapuesta a “doctrinas extrañas”.

Es oportuno aquí citar una expresión magnífica de San Ireneo: “Esta fe que hemos recibido de la Iglesia, la guardamos con cuidado, porque sin cesar, bajo la acción del Espíritu de Dios, como un contenido de gran valor encerrado en un vaso excelente, rejuvenece y hace rejuvenecer el vaso mismo que la contiene” (Adversus haereses III,24,1; cf. CCE 175).

Dirijo una palabra de especial afecto al P. Luis Albóniga, presidente del Ce.Di.E.R., por su dedicación y competencia. Igualmente al P. Tomás de la Riva, que secunda sus actividades. A Laura García, silenciosa y eficaz colaboradora de muchos años. También al anterior presidente, P. Pablo Etchepareborda, aquí presente. Y a cuantos contribuyen a sostener esta importante tarea eclesial. Con mi bendición para docentes y alumnos.

X Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata

Homilía Jubileo Mis.EUT-Cedier.doc

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