Homilía con motivo del día del trabajo y jornada de jóvenes dirigentes

“Nadie nos ha contratado”

(Mt 20,7)

Meditación con ocasión de la fiesta del trabajo

y de la Jornada de nuevos dirigentes

Catedral de Mar del Plata, 29 de abril de 2016

Queridos hermanos:

“Bienaventurado todo aquel que teme al Señor, que anda en sus caminos. Cuando comas del trabajo de tus manos, dichoso serás y te irá bien” (Sal 128,1-2). Estas palabras del Salmo resumen la idea que quiero expresarles hoy.

Según esto, es bienaventurado aquel que camina honrando a Dios, aquel que hace de la decencia una fuente de bendición, aquel que no sólo sabe sino que gusta de ganarse el pan honestamente con sus manos, porque esa persona es un verdadero constructor de sociedad, de la Patria y un verdadero hijo de Dios.

Inspirada en las enseñanzas de Cristo, la Iglesia anuncia el evangelio del trabajo, mediante el cual el hombre no sólo pone la creación a su servicio, sino que se perfecciona a sí mismo y contribuye al bienestar de los demás.

Mediante el trabajo honrado, contribuimos a lograr la ansiada amistad social, que es un objetivo que nos compromete a todos, pues el bien común de la sociedad está por encima de los intereses particulares. Antes de delinear soluciones técnicas, es bueno detenerse en los principios inspiradores que nos brinda la fe en Cristo.

Somos conscientes de vivir un momento muy especial, donde muchos manifiestan su legítima preocupación ante el problema del desempleo. Ciertas movilizaciones, con tensiones y protestas pueden dinamizar la búsqueda de soluciones a problemas complejos. Y esperamos que todo transcurra en paz.

Desde la Iglesia siempre apostamos a buscar la concordia mediante el diálogo. No se trata de eliminar las diferencias y tensiones, sino de crecer en la convicción de que éste es el único camino posible.

Los obispos y sacerdotes, ministros de la Iglesia, sabemos que la búsqueda de soluciones técnicas recae en los laicos comprometidos en el bien común de toda la sociedad. Pero sabemos igualmente que las diversas propuestas de solución resultan insuficientes si a los miembros de una sociedad les falta el sentido de la gratuidad, de la solidaridad, de la necesidad de reconciliación, de compasión y misericordia. En una palabra, del amor que surge de la libre iniciativa, de la voluntad de hacer el bien. Y hablar de esto, es tratar de cosas que son campo específico de la Iglesia, realidades y convicciones que van más allá de lo que se puede exigir por ley.

No basta la necesaria cualificación técnica y profesional; no es suficiente tampoco el esfuerzo por un orden social justo y atento al bien de todos. Se necesita vivir una espiritualidad que nos permita descubrirnos como hermanos, hijos de un mismo Padre.

Debe hacernos pensar que el mismo Hijo de Dios, Jesucristo, asumió el oficio de humilde carpintero, dando al trabajo un significado trascendente, elevándolo a una dignidad insospechada. Es esta misma convicción la que llevó a la Iglesia a proclamar a San José como patrono de los trabajadores y fijar su fiesta el 1º de mayo. Él cada día tuvo que proveer a las necesidades de la Sagrada Familia con sus manos, y su testimonio muestra que el trabajo del hombre puede y debe abrirse a una dimensión superior.

Al celebrar el bicentenario de nuestra independencia, nuestra patria nos reclama a todos unión de voluntades, lo cual implica capacidad de escucha, de diálogo. Me llama la atención el nivel alto de malhumor y crispación que por momentos se percibe en las relaciones de los ciudadanos en la vida cotidiana. Como si las posturas irreconciliables de los diversos sectores en temas políticos y laborales, se trasladaran también a la convivencia más elemental. Ni en el trato cotidiano ni en los necesarios debates sobre los temas del bien común podemos vivir siempre enemistados, agresivos o desinteresados unos de otros.

Al invitarlos a compartir juntos unos momentos de oración a Dios, deseo fomentar la conciencia de que nuestros esfuerzos por construir una sociedad más justa y fraterna, corren el riesgo del fracaso si no nos abrimos a implorar el socorro que viene de lo alto. Y al mismo tiempo, como obispo deseo darles muestra de la voluntad de cercanía que tiene la Iglesia en orden a facilitar las condiciones para un encuentro armonioso y constructivo.

Cuando nos olvidamos de Dios, no nos volvemos más realistas sino que perdemos aquella dimensión que llena de sentido nuestras vidas y da fuerzas para seguir buscando soluciones que vuelvan esta vida más humana.

Las graves situaciones que pueden atravesar los más desprotegidos, deben hacernos reflexionar. Vivimos en una ciudad de grandes contrastes. Con algunos problemas profundos y crónicos. Las soluciones podrán aparecer con más facilidad si nos proponemos un cambio de mentalidad, según el cual debemos aprender a renunciar a toda forma de ventaja personal que prescinda de la moral y del bien de los demás. También será importante aprender de los errores, y aceptar que podemos disentir sin odiarnos.

En el día del trabajo, la Palabra de Dios nos alienta, mostrándonos a un Dios creador que quiso confiar su creación al hombre para que trabajara la tierra en solidaridad con los demás.

Pidamos especialmente hoy por todos los trabajadores; y por quienes sufren la falta de trabajo. Que nunca nos habituemos a justificar esta dura realidad, que todavía muchos hogares y personas padecen.

La salud de la sociedad implica la necesaria participación ciudadana. Por ello me alegro por la reedición de la “Jornada de Nuevos Dirigentes” que realizan juntos los jóvenes de UCIP, de la CGT con la pastoral Social, y la Universidad FASTA, tratando con seriedad temas importantes. Me alegra el interés que muestran, el compromiso que asumen y la voluntad manifiesta de construir con seriedad y respeto una Patria de hermanos.

Resultan oportunas las reflexiones del Papa Francisco en su carta al presidente de la Organización Internacional del Trabajo, donde afirmaba que “el trabajo es un don y no un deber” y que no puede ser tratado como una “mercancía porque posee su propia dignidad y valor”, y terminaba advirtiendo que “el desempleo está trágicamente expandiendo las fronteras de la pobreza” (Carta a Guy Ryder, 24 de mayo 2014).

+Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata

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