Homilía de monseñor Marino en la misa exequial del padre Víctor Demsar

Homilía en la Misa exequial del P. Víctor Demsar

Mar del Plata, Pquia. Cristo Resucitado, 11 de mayo de 2016

Queridos hermanos sacerdotes, Sra. Mamá y hermanos del P. Víctor, querido hermanos en el Señor:

Dios nos sigue visitando con la muerte de sacerdotes. En el mes de diciembre tuve la alegría de ordenar como presbíteros a dos jóvenes diáconos. Pero desde octubre del año pasado, es ésta la cuarta vez que presido la misa exequial de un sacerdote.

El P. Víctor ejerció su ministerio en este lugar durante muchos años, cuando todavía esto era la capilla de una cuasi-parroquia. Por eso, aquí mismo lo despedimos. Tenía un espíritu sencillo e hizo el bien.

Los sacerdotes somos siempre un don de Dios, más allá de nuestros méritos, por encima de nuestros límites. Así nos reconoce el pueblo de Dios: servidores de su Palabra, administradores de su gracia, representantes de la autoridad del mismo Cristo. No valemos ante todo por lo que humanamente somos, sino por el misterio de gracia que nos habita y por ser instrumentos de la divina misericordia.

Sabemos que la vida de un sacerdote gira en torno a la Eucaristía. Aquí está nuestra gloria, ésta es nuestra fiesta. Aquí tomamos fuerza para la tarea apostólica. Desde funciones distintas, ministros del altar y fieles laicos, reconocemos aquí la fuente y la culminación de cuanto emprendemos al servicio del Evangelio de Cristo. El P. Víctor fue un simple instrumento. Ahora ya no está más entre nosotros, pero nosotros celebramos la Eucaristía por él.

Lo hacemos animados por la Palabra de Dios e instruidos por la Iglesia. En la primera lectura hemos escuchado un pasaje del segundo libro de los Macabeos, donde se dice que Judas Macabeo “realizó este hermoso y noble gesto” de ofrecer “un sacrificio por el pecado”. “Él tenía presente la magnífica recompensa que está reservada a los que mueren piadosamente, y éste es un pensamiento santo y piadoso. Por eso, mandó ofrecer el sacrificio de expiación por los muertos, para que fueran librados de sus pecados” (cf. 2Mac 12,43-46).

En este pasaje la fe de la Iglesia ha percibido uno de los fundamentos de la doctrina del Purgatorio. Se afirma, en efecto, una comunión entre los vivos y los muertos. Algo, por tanto, podemos hacer por los difuntos, que es rezar y ofrecer sacrificios expiatorios por sus pecados. Y esto, para nosotros, acontece principalmente cada vez que celebramos por ellos el santo sacrificio de la Misa.

Nosotros podemos tomar parte en este sacrificio. Junto con el sacerdote, que hace las veces de Cristo y consagra las ofrendas de la Iglesia, también nosotros ofrecemos a Dios un sacrificio siempre grato a Él. Lo ofrecemos por los vivos, presentes y ausentes, y también por los difuntos, muertos en gracia pero aún no del todo purificados de sus pecados y tibiezas, de sus resistencias a la gracia y de todas las imperfecciones inherentes a la fragilidad humana.

¿Nos gustaría acaso encontrarnos en el paraíso con las mismas debilidades y defectos y con los mismos egoísmos y manchas de esta vida tan imperfecta? A fin de volvernos dignos de Él, Dios ejerce su misericordia purificando a sus hijos, y nos limpia de todo aquello que no condice con la fiesta perfecta del cielo.

Sabemos que no tenemos aquí morada permanente, sino que “nuestra ciudadanía está en el cielo”, como enseña San Pablo en su Carta a los Filipenses (Flp 3,20). Nuestra morada definitiva no es otra que el cielo. Esa es nuestra casa verdadera: la Trinidad Santísima. Y hacia allí peregrinamos. Lo hacemos cantando nuestra fe y nuestra esperanza. Dios es nuestro origen y la muerte el término del camino hacia Él. Pero durante la marcha está siempre presente, aunque de manera discreta, visible sólo a los ojos de la fe.

“Dios es amor” (1Jn 4,8), es una inmensa bondad. Nos llama a compartir su vida y su bienaventuranza eterna. Precisamente por eso nos limpia y purifica, para volvernos dignos de él.

Al celebrar la Eucaristía por el P. Víctor estamos poniendo el mejor acto de caridad por él.

Anteayer, lunes, fui a visitarlo en la casa de las Hermanas Misioneras de la Caridad. Poco después llegaba el P. Alejandro Martínez celebramos la Misa en su habitación. Fue muy consolador comprobar los cuidados maternales de las Hermanas. Una de ellas, muy consciente de que Víctor, aunque sereno, estaba en su última agonía, me dijo: “Quizás, él estaba esperando esto antes de partir”. Rezábamos en voz alta, puesto que el médico aseguraba que a pesar de tener los ojos cerrados, escuchaba bien y mantenía conciencia.

Aprovecho para agradecer el testimonio inapreciable de caridad de estas dignas hijas de Teresa de Calcuta, a quien pronto la Iglesia reconocerá como santa. Lo han cuidado como sólo ellas saben hacerlo.

También, en nombre de todos, expreso mi agradecimiento al P. Alejandro quien desde hace años ha procurado con esmero hacer lo posible que podía hacerse por él. Y al P. Gabriel Mestre, que ha mostrado siempre en los hechos las exigencias de la caridad.

Mons. Puiggari me ha escrito anoche sus condolencias: “Querido Antonio: lamento profundamente la muerte de Victor. Me uno al querido Presbiterio de Mar del Plata rezando por su eterno descanso. Los acompaño en la Eucaristía de mañana”.

A la Virgen María, a quien invocamos como “reina y madre de misericordia” le pedimos con fe que “después de este destierro” le muestre a Jesús a nuestro difunto.

Y también a San José, a quien la piedad de la Iglesia acude para implorar la gracia de una muerte como la que él tuvo, en compañía de Jesús y de María.

Querido P. Víctor, que te reciba Jesús, el Buen Pastor. El obispo, junto con tus hermanos sacerdotes, tus familiares, esta feligresía, te acompaña en tu camino hacia el encuentro con el océano de la misericordia de Dios.

+ Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata

Homilía exequias Víctor Demsar.docx

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