Homilía de monseñor Marino en las patronales Nuestra Señora de Fátima

“¡Penitencia, Penitencia, Penitencia!”

(Del «secreto» de Fátima)

“Conviértanse y crean en el Evangelio”

(Mc 1,15)

Homilía en la Parroquia Nuestra Señora de Fátima

Inicio del año del centenario de las apariciones

Mar del Plata, 13 de mayo de 2016

Queridos Padres Agustinos Recoletos, queridos sacerdotes y seminaristas, queridos hermanos en el Señor:

Esta comunidad parroquial celebra sus fiestas patronales, conmemorando los noventa y nueve años transcurridos desde la primera aparición de la Virgen en Fátima, el 13 de mayo de 1917, en el lugar conocido como Cova da Iría.

Antes de iniciar esta Eucaristía hemos realizado un gesto hermoso y evangelizador, al manifestar con fervor nuestra fe por las calles del barrio, cantando nuestra esperanza,rezando por todos junto a la imagen de la Virgen.

Tres pastorcitos de corta edad y condición humilde fueron los beneficiarios de aquella aparición. Diez años tenía entonces Lucía de Jesús Santos, la mayor del grupo, que estaba acompañada por sus primos, Francisco Marto, de nueve años, y su hermana Jacinta Marto, de siete. El mundo pasaba por la triste prueba de la primera guerra mundial.

Estamos hoy, por tanto, en el inicio del año del centenario de las apariciones que fueron seis en total, desde mayo hasta octubre. Siempre en día 13, con excepción del mes de agosto, cuando la aparición se realizó el día 19, por hallarse encarcelados y amenazados los videntes.

Las familias de estos niños se dedicaban al trabajo en el campo. Los niños custodiaban un pequeño rebaño. No sabían leer ni escribir, pero tenían una suficiente instrucción religiosa trasmitida oralmente en la parroquia y por las intervenciones de la madre de Lucía. Eran de condición humilde aunque no miserable. Llevaban la vida de gente de campo, sencilla y feliz, conocedores del trabajo cotidiano y el descanso dominical.

En el curso de las apariciones, la Virgen invita a los niños a la práctica de la reparación por los pecados de los hombres y les pide el rezo del rosario. En la segunda aparición le confiará a Lucía que sus primos pronto dejarán este mundo. Ella, en cambio, permanecerá más tiempo, puesto que Jesús quiere valerse de ella para dar a conocer la devoción al corazón inmaculado de su Madre.

En la tercera aparición, tiene lugar la revelación del célebre “secreto”, que Lucía, ya religiosa, pondría por escrito muchos años después, en cuatro memorias, redactadas entre 1935 y 1941. De las tres partes del secreto, sólo escribió las dos primeras, pues sentía que el cielo aún no la autorizaba a redactar la tercera. Luego accederá a hacerlo por obediencia, pero pondrá la redacción en un sobre lacrado que debería ser guardado hasta después del año 1960.

La primera parte del secreto alude a la aterradora visión del infierno, la segunda se refiere a la devoción al inmaculado corazón de maría, vinculada con la conversión de Rusia, y la tercera contenía la visión cuyo significado se aclararía después del atentado del 13 de mayo de 1981, cuando el papa Juan Pablo pidió leer el contenido del sobre lacrado, que había sido leído pero no publicado por los papas anteriores. “Fue una mano materna a guiar la trayectoria de la bala –dirá trece años más tarde el Santo Padre Juan Pablo II– y el Papa agonizante se paró en el umbral de la muerte” (13 de mayo de 1994). Con ocasión del gran Jubileo del 2000, correspondió al cardenal Ratzinger hacer un comentario teológico de esta parte del tercer secreto, publicado en edición facsimilar.

Al hablar de las revelaciones privadas y de los fenómenos místicos extraordinarios, la Iglesia procede siempre con mucha cautela y prolongado discernimiento. Sabemos que todo cuanto Dios tenía para decirnos lo ha dicho ya en su Hijo Jesucristo, que es la plenitud de la revelación. Ninguna revelación privada puede atribuirse una autoridad comparable. Pero en la misma revelación, tal como quedó consignada en la Sagrada Escritura leída en la Iglesia, se habla de la función iluminante e interpretativa del Espíritu Santo sobre los fieles y sobre la Iglesia en su conjunto: “Todavía tengo muchas cosas que decirles, pero ustedes no las pueden comprender ahora. Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él los introducirá en toda la verdad, porque no hablará por sí mismo, sino que dirá lo que ha oído y les anunciará lo que irá sucediendo. El me glorificará, porque recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes. Todo lo que es del Padre es mío. Por eso les digo: «Recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes»” (Jn 16,12-15). No hay, por tanto, nuevos contenidos de fe. El Espíritu orienta hacia lo enseñado por Jesús, y con su luz abre a una comprensión aquí y ahora de los caminos de Dios en la historia. El mismo Espíritu enviado conjuntamente por el Padre y el Hijo es el origen de los carismas y actúa en los fenómenos místicos de profecía. Muchos textos del Nuevo Testamento nos hablan de esto.

Los acontecimientos históricos del siglo XX hicieron brillar la fuerza profética del testimonio brindado por estos humildes pastorcitos. El fin de la primera guerra y el estallido de la segunda; la consagración de Rusia y del mundo al inmaculado corazón de María, que hicieran primero el Papa Pío XII y luego San Juan Pablo II, tras el atentado criminal contra su persona en 1981; la caída del régimen comunista en la Unión Soviética, sistema caracterizado por su ateísmo militante y su brutalidad totalitaria; y la publicación íntegra de la tercera parte del secreto de Fátima, ordenada por el Papa Juan Pablo con ocasión del jubileo del año 2000, pusieron ante los ojos de los fieles la señal de autenticidad del testimonio que dieron estos tres pastorcitos.

La llamativa historia de los niños videntes de Fátima, lleva el sello del estilo de Dios. La mención del “inmaculado corazón” de María, coincide con el lenguaje bíblico de su plenitud de gracia y su rasgo de perfecta “servidora del Señor” hasta el final, modelo de la vocación de los fieles y de toda la Iglesia. A estos humildes chicos la Virgen les pregunta “si querían ofrecerse a Dios para soportar todos los sufrimientos que les mandase para reparar los pecados con los que se ofende a su Hijo”.

La misión encomendada a estos pastorcitos nos traen a la mente palabras de San Pablo en la primera Carta a los Corintios, donde se muestra la lógica de Dios, que no elige a los más capaces según el mundo, sino que capacita a los elegidos para una misión: “Hermanos, tengan en cuenta quiénes son los que han sido llamados: no hay entre ustedes muchos sabios, hablando humanamente, ni son muchos los poderosos ni los nobles. Al contrario, Dios eligió lo que el mundo tiene por necio, para confundir a los sabios; lo que el mundo tiene por débil, para confundir a los fuertes; lo que es vil y despreciable y lo que no vale nada, para aniquilar a lo que vale” (1Cor 1,26-28).

El “Dios rico en misericordia” (Ef 2,4), que quiso darnos a conocer su plan misericordioso en Jesucristo, como hemos escuchado en la bendición inicial de la Carta a los Efesios (Ef 1,3-14). En Fátima eligió a la Virgen para proclamar con énfasis este mensaje: “¡Penitencia, Penitencia, Penitencia!” para invitar a la humanidad a escuchar el mensaje de su Hijo: “Conviértanse y crean en el Evangelio” (Mc 1,15). Su rostro femenino, como en Caná, nos invita a imitar la misericordia de Dios, rezando por los pecadores. Ella es la perfecta discípula de Jesús y la realización más alta del Evangelio. Su grandeza se vincula con el seguimiento espiritual: “Felices más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la practican” (Lc 11,28).

Queridos hermanos, la Virgen no nos llama a otra cosa más que a la conversión y a la fidelidad al Evangelio, para colaborar activamente en la transformación de este mundo. Se trata de cambiar la mentalidad, de abrirnos a la misericordia de Dios y ser sus instrumentos. Como decía hace seis años en Fátima, el Papa Benedicto XVI: “El mensaje llama a la conversión permanente, a la penitencia y a las virtudes teologales de fe, esperanza y caridad”.

+ Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata

Homilía Fátima 16.docx

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