Homilía de monseñor Marino en la misa de la Semana Social 2016

Semana social 2016
Prioridad Bicentenario 2010-2016:
“Queremos ser Nación”

“Mi delicia era estar con los hijos de los hombres”
(Prov 8,31)

Homilía del domingo de Trinidad
Mar del Plata, sábado 21 de mayo de 2016

Queridos hermanos obispos y sacerdotes, queridos fieles:

El domingo siguiente a Pentecostés celebramos la solemnidad de la Trinidad Santísima. Los cristianos somos bautizados “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28,19) y con frecuencia trazamos sobre nuestro cuerpo la señal de la cruz mientras invocamos a la Trinidad.

Creemos en un solo Dios en tres personas, que se ha revelado en la vida terrena de Jesucristo, el Hijo del Padre “con su total presencia y manifestación personal, con palabras y obras, señales y milagros, y, sobre todo, con su muerte y resurrección gloriosa de entre los muertos; finalmente, con el envío del Espíritu de verdad” (DV 4), como acabamos de escuchar en el Evangelio de esta Misa (Jn 16,12-15).

No adoramos a tres dioses, sino a uno solo, pero distinguimos tres personas en ese único Dios. Jesús se ha presentado como el Hijo de Dios, a quien ha invocado como Padre, y ha dicho: “El Padre y yo somos uno” (Jn 10,30). Y Él ha orado al Padre y nos ha enviado al Espíritu Santo, que es el amor mutuo y eterno del Padre y del Hijo.

Nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es el misterio de Dios en sí mismo. Es, pues, la fuente de todos los otros misterios de la fe; es la luz que los ilumina. Es la enseñanza más fundamental y esencial en la «jerarquía de las verdades de fe» ” (CCE 234).

¡Qué fascinante es descubrir que la revelación de este misterio se da en forma simultánea y correlativa a la revelación de nuestra identidad más profunda! Porque Cristo es uno de la Trinidad en medio de nosotros y uno de nosotros en el seno de la Trinidad. Como leemos en el libro de los Proverbios, que escuchamos en primer lugar: “Mi delicia era estar con los hijos de los hombres” (Prov 8,31).

Dios es nuestro origen y nuestra meta. La Trinidad es nuestra casa, nuestra familia. Fuera de ella carecemos de identidad verdadera. La revelación de este misterio de Dios, luz deslumbrante que supera nuestra capacidad, coincide al mismo tiempo con la revelación más profunda del misterio del hombre y de nuestra propia dignidad.

En la Carta de San Pablo a los Romanos, hemos escuchado que “la esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado” (Rom 5,5). Por tanto, Dios no se revela al margen de nuestro propio misterio, sino llamándonos a ser sus hijos en el Hijo único, quien nos reúne en una sola familia, en la comunión del Espíritu Santo, con el mismo vínculo de amor eterno que existe entre el Padre y el Hijo.

Así nos lo ha enseñado el Concilio Vaticano II, en la constitución pastoral Gaudium et spes: “Cristo nuestro Señor … en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación” (GS 22).

Del mismo modo que el artista deja su sello personal y algo de sí en la obra que ha plasmado, en forma semejante, iluminados por la fe, podemos descubrir las múltiples huellas de la Trinidad en su creación.

Por eso enseñaba el Papa San Juan Pablo II: “Nuestro Dios en su misterio más íntimo, no es una soledad, sino una familia, puesto que lleva en sí mismo paternidad, filiación y la esencia de la familia que es el amor. La familia no es pues algo ajeno a la misma esencia divina” (Homilía en Puebla 1979). Y más recientemente, el Santo Padre Francisco nos ha dicho: “El Dios Trinidad es comunión de amor, y la familia es su reflejo viviente” (Amoris laetitia 11).

Si por el Bautismo hemos pasado a ser miembros de la comunión eclesial, debemos entender que quedamos comprometidos a vivir de manera conforme al modelo de la Trinidad, como intercomunión de amor.

Puesto que “la Trinidad es comunión de Personas divinas, las cuales son una con la otra, una para la otra y una en la otra”, de allí que nuestro Papa sacara esta conclusión: “No estamos llamados a vivir los unos sin los otros, por encima o contra los demás, sino los unos con los otros, por los otros y enlos otros. Esto significa acoger y testimoniar concordes la belleza del Evangelio; vivir el amor recíproco y hacia todos, compartiendo alegrías y sufrimientos, aprendiendo a pedir y conceder el perdón, valorando los diversos carismas bajo la guía de los pastores” (Angelus, 31 de mayo de 2015).

Esta reflexión que acabamos de hacer sobre el misterio trinitario, como fuente y modelo de la familia, debemos extenderla también a nuestra Nación Argentina, que celebra los doscientos años de su independencia.

Si de verdad “queremos ser Nación”, tener “pasión por la verdad y el compromiso por el bien común”; si queremos experimentar “la libertad de los hijos de Dios”, alcanzar “la sabiduría del diálogo” y gustar “la esperanza que no defrauda”, dejémonos inundar por la luz cuya fuente es la vida trinitaria.

Los obispos argentinos hemos recordado, en el reciente documento sobre el bicentenario de nuestra independencia, que la Nación “independiente y libre” se gestó en una casa de familia que fue prestada a los congresales en Tucumán. Ellos supieron convertirla en un espacio fecundo, un lugar de encuentro, de diálogo y de búsqueda del bien común. Esa casa llegaría a ser un símbolo de lo que queremos ser como Nación (cf. n.10).

Los santuarios marianos de nuestra patria, donde se congregan grandes multitudes, deben inspirarnos para trasladar al realismo de la vida pública en la casa común, los valores que pedimos en nuestra oración por la patria.

María es madre y modelo de la Iglesia. Nuestros próceres la han invocado como protectora de la patria. Desde nuestra fe afirmamos de ella que es la hija predilecta de Dios Padre, la Madre santísima de Dios Hijo, y el sagrario del Espíritu Santo.

Ella sabe de alegrías y esperanzas, pero también de tristezas y angustias. Tiene un corazón de Madre, a la medida del mundo, y en ese corazón depositamos nuestro pasado y confiamos nuestro presente y nuestro futuro.

+ ANTONIO MARINO
Obispo de Mar del Plata

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