Homilía de monseñor Marino en la solemnidad del santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

“No tenemos más que cinco panes y dos pescados”

(Lc 9,13)

Homilía en la solemnidad del santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

Catedral de Mar del Plata, 28 de mayo de 2016

Queridos hermanos:

I. “Denles de comer ustedes mismos” (Lc 9,13)

Atraída por Jesús, la muchedumbre lo siguió cuando él y los apóstoles buscaban mayor intimidad. Con su acostumbrada compasión, Jesús los recibe y les habla de su tema favorito: el Reino de Dios. Además, cura a los enfermos. La misericordia es un rasgo permanente de su ministerio.

De este modo, está también instruyendo a los apóstoles, no con palabras, sino con el ejemplo de su actuación. Jesús fue formando a los suyos no sólo cuando se apartaba en soledad con ellos y les dedicaba tiempo, sino cuando, superando el cansancio, se dejaba rodear por la muchedumbre, ávida de sus palabras y cargada de dolencias.

Con realismo humano, los Doce comprueban el caer de la tarde y se acercan a Jesús para pedirle que los despida pues necesitarán albergue y alimento, ya que están “en un lugar desierto”. Ante una necesidad tan humana, ésta es la solución de los discípulos. Pero el Señor Jesús tiene otra mirada y otra solución frente a la misma necesidad. Él pide a los apóstoles que alimenten a la multitud: “Denles de comer ustedes mismos” (Lc 9,13).

Aquí se pondrá en evidencia la incapacidad de los Doce y resplandecerá el poder de Jesús. La impotencia de los apóstoles se expresa en estas palabras: “No tenemos más que cinco panes y dos pescados” (Lc 9,13). El poder de Cristo se manifiesta “levantando los ojos al cielo”, pronunciando la bendición sobre los cinco panes y los dos peces, y luego, como dice el texto: “los partió y los fue entregando a sus discípulos para que se los sirvieran a la multitud” (Lc 9,16).

Hay una gran diferencia y desproporción entre el poder de los apóstoles y el poder del Maestro. Sólo Jesús puede dar de comer a todos multiplicando lo poco que hay. Y, sin embargo, los apóstoles quedarán asociados al poder de su Señor. Él les hace entrega del pan y los pescados multiplicados para que los repartan a la gente. Y sobrarán doce canastas.

II. Unidos a Cristo multiplicamos el pan

El poder de Cristo es manifestación de la omnipotencia de Dios, íntimamente vinculada con su “eterna misericordia” (cf. Sal 136). Al quedar asociados al Señor, como sus apóstoles e instrumentos, los Doce se convierten en ministros de la misericordia.

Este acontecimiento milagroso ocurrió “en un lugar desierto”, como cuando Moisés guiaba al pueblo hambriento y fatigado, y Dios les concedió el don del maná.

A los apóstoles les tocará la tarea de seguir repartiendo el pan de Jesús al nuevo Pueblo de Dios, peregrino en el desierto de la vida. Este alimento del Señor tiene dos formas fundamentales: su Palabra que ilumina el camino y la Eucaristía que restaura las fuerzas desgastadas, prefigurada en este milagro de la multiplicación de los panes.

Al escuchar las palabras de Jesús: “Denles de comer ustedes mismos”, la Iglesia entiende que el Maestro se dirige a la totalidad de sus miembros, no sólo a la jerarquía, sino a cada cual en su propia vocación y capacidad.

Las formas de hambre y de pobreza que padecen los hombres son muy variadas. Hay hogares donde escasea el pan y falta el trabajo para lograrlo dignamente. Sabemos que la palabra “pan” tiene una amplitud de significados. Hay también un hambre espiritual y padecimientos del alma. Los niños y los jóvenes, en especial, experimentan el enorme esfuerzo de encontrar sentido y rumbo, en una sociedad donde las familias han perdido la capacidad de educar y orientar. Hay carencias de afecto no sólo en los niños sino también en los ancianos. Muchos buscan a tientas la verdad y una vida más lograda y más plena. De necesidades y privaciones está llena esta tierra.

Ante este panorama de dolencias y de hambre material y sed de sentido, en esta solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, resuenan con renovada fuerza las palabras del Señor: “Denles de comer ustedes mismos”.

Se trata de un desafío de nuestro Maestro y lo aceptamos, y ante él repetimos la respuesta de los discípulos, pero esta vez con alma de pobres iluminados por la fe: “«No tenemos más que cinco panes y dos pescados». Esto es todo lo que tenemos y lo ponemos a tu servicio para el bien de los demás. El resto lo esperamos de ti”.

Si tenemos poco o mucho tiempo, alguna o mucha capacidad o talento, bienes escasos o abundantes, los ponemos a disposición a fin de dar con sentido religioso y fraterno de lo que hemos recibido del “Padre de las misericordias” (2Cor 1,3). Lo que cuenta a los ojos de Dios y trae fecundidad a la Iglesia no es la grandeza o pequeñez de lo que damos, sino la fe y el amor que ponemos en la entrega. No sólo entregamos cosas, nos damos a nosotros mismos. Esta es la manera de asociarnos al poder multiplicador de la palabra de Cristo.

III. Adoremos, anunciemos, imitemos

Esta fiesta fue instituida para adorar la presencia real del Señor. Al término de esta santa Misa saldremos en procesión por las calles de la ciudad llevando en la custodia el Santísimo Sacramento del altar. Es un signo elocuente del inmenso amor misericordioso de Cristo hacia todos nosotros. Su amor extremo reclama nuestra adoración y el don de nosotros mismos. No nos cansemos de adorar.

Cada vez que renovamos sacramentalmente el sacrificio de la cruz, Cristo se hace presente y nos asocia a su amor redentor. Él es quien invita y también el manjar del convite; nos comunica la gracia del Espíritu Santo y nos vuelve ofrenda agradable al Padre.

La Eucaristía es el centro de nuestra vida y de la acción misionera del Pueblo de Dios. Se trata del máximo tesoro de la Iglesia. Lo hemos recibido para darlo. Habiéndolo gustado, queremos compartirlo. En la hostia consagrada todo nos habla de amor: amor misericordioso del Padre, amor extremo del Hijo, amor mutuo en el Espíritu Santo que nos compromete en la misión de anunciar con nuestras vidas y nuestras palabras el amor que edifica un mundo nuevo.

En el nombre del Señor y como obispo de Mar del Plata quiero agradecer, felicitar y alentar a todos los que trabajan en las variadas instituciones que expresan la acción caritativa de la Iglesia. Es mucho lo que se hace, pero el Señor nos pedirá siempre más, hasta el don de nosotros mismos.

Desde la hostia consagrada, Jesús sigue invitando a todo hombre a la experiencia de su gran misericordia: “Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana” (Mt 11,28-30).

Confortados por el ejemplo y las enseñanzas del Señor de la misericordia, escuchemos también las palabras de su vicario en la tierra: “¡Cuánto deseo que los lugares en los que se manifiesta la Iglesia, en particular nuestras parroquias y nuestras comunidades, lleguen a ser islas de misericordia en medio del mar de la indiferencia!” (Papa Francisco, Cuaresma 2015).

Al levantar la vista hacia el Santísimo Sacramento, nuestra memoria irá también hacia la Santísima Virgen, Reina y Madre de Misericordia, en cuyo seno el Espíritu Santo formó la hostia del sacrificio redentor. Que ella nos vuelva dignos de conformar nuestras vidas con aquello que ofrecemos y la comunión que recibimos.

+ Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata

Homilía Corpus 2016.docx

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