Homilía del obispo en el 10° aniversario vírgenes consagradas y 13° aniversario consagración episcopal mons eñor Marino

“María partió y fue sin demora”

(Lc 1,39)

Homilía en la fiesta de la Visitación

Catedral de Mar del Plata, 31 de mayo de 2016

I. Prisa, bendición, canto a la divina misericordia

Con nuestra mirada de fe contemplamos hoy a la Virgen que va “de prisa” a visitar a su pariente Isabel. En el silencio de Nazaret ha recibido el anuncio del ángel portador del proyecto divino de convertirla en madre del “Hijo del Altísimo”. Fue saludada como “llena de gracia” y brindó su consentimiento. Quedó entonces fecundada por obra del Espíritu Santo y desde entonces su vida permanecerá para siempre asociada a la obra salvadora de su Hijo.

La Virgen va “de prisa” y lleva su tesoro escondido. Su corazón se siente desbordado ante la revelación del “misterio oculto desde la eternidad en Dios” y con cuya realización se sabe, de pronto, tan estrechamente vinculada, como madre y como servidora.

El Espíritu Santo no sólo ha fecundado su cuerpo sino que ha vuelto su alma a la medida del misterio a cuyo servicio está. Ahora va en busca de otro corazón de mujer, que también rebosa en gratitud, pues “la que antes era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes” (Lc 1, 36).

Al cabo de unos días de marcha, ambas mujeres se encuentran en la localidad donde tienen domicilio Isabel y Zacarías, tradicionalmente identificada con Ain Karem, “un pueblo de la montaña de Judá”(Lc 1, 39), a unos cinco kilómetros de Jerusalén. Una y otra saben por su propia experiencia que “nada hay imposible para Dios”.

Isabel ha concebido según las leyes de la naturaleza socorrida por la gracia divina que vino a sanar su deficiencia. María, conservando intacta su virginidad, ha concebido por obra del Espíritu Santo, el cual ha suplido de manera espiritual y trascendente la obra del varón. Isabel engendra al precursor, María al Salvador.

El encuentro de las madres es también una forma de encuentro entre sus hijos, Juan y Jesús. “Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó: «¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre!»” (Lc 1, 42). María es proclamada bendita entre todas las mujeres, como nueva Judit, aquella frágil mujer por cuyas manos quiso Dios, siglos atrás, liberar a su pueblo.

Bendita es la Virgen María, por cierto, y mucho más que Judit, quien oyó tras la victoria esta exclamación: “Bendita tú, hija, ante el Dios Altísimo sobre todas las mujeres de la tierra, y bendito sea el Señor Dios” (Jdt 13, 18). La Virgen Madre del Dios hecho hombre, la aventaja sin comparación, pues su bendición se vincula con el papel que le cabe en la liberación perfecta y definitiva de todos los hombres obrada por su Hijo.

Isabel continuó su saludo con estas palabras: “¿Quién soy yo para que la madre de mi Señor venga a visitarme?” (Lc 1, 43). Encontramos aquí un eco de aquellas otras que el rey David pronunció ante el Arca de la Alianza, cuando en el traslado de la sede del reino, de Hebrón a Jerusalén, le propusieron que la misma se cobijara bajo su tienda: “¿Cómo va a entrar en mi casa el Arca del Señor?” Razón por la cual “no quiso trasladar el Arca del Señor a su casa” y “el Arca del Señor permaneció tres meses en la casa de Obededóm de Gat, y el Señor bendijo a Obededóm y a toda su familia”(2Sam 6, 9-11).

La semejanza del saludo, el mismo tiempo de permanencia de tres meses, las bendiciones que se siguen de esa visita y estadía, y el clima espiritual de exultante júbilo, nos conducen a trasponer en María el título honroso que le confiere la piedad: “¡Arca de la Alianza!”

Pero Isabel acierta, además, en identificar con la fe de María su bienaventuranza principal: “Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor” (Lc 1, 45). La Virgen que ha vivido su vida sumergida en la fe, prorrumpirá a continuación en el más bello canto a la grandeza y a la misericordia de Dios: el Magnificat.

Este es su cántico sublime a la misericordia divina, por el cual conocemos su alma como en un espejo. Es su retrato espiritual. Surge desde su profundidad, bajo la luz y moción del Espíritu, llevando a plenitud la espiritualidad de los pobres del Señor.

II. María nos presta su himno

A este canto de alabanza se unen hoy cuatro mujeres de nuestra diócesis, que hace diez años pronunciaron sus votos mediante los cuales inauguraban en la Iglesia de Mar del Plata el Orden de la vírgenes consagradas. Fue durante el gobierno pastoral de Mons. Puiggari.

El Orden de las Vírgenes es la más antigua de las formas de consagración femenina. Viven en medio de la gente y su modo de vivir no es el de las religiosas. Pero sus vidas adquieren todo su sentido por su unión esponsal con Cristo. Se trata de una consagración laical, pública, solemne y perpetua. Se ponen al servicio de la Iglesia diocesana y lo manifiestan en la obediencia filial al Obispo diocesano.

Con su presencia, traen un mensaje para todos nosotros, pues la Iglesia en su conjunto está llamada a vivir en sentido espiritual el misterio de la virginidad y esponsalidad del que nos habla San Pablo: “Yo estoy celoso de ustedes con el celo de Dios, porque los he unido al único Esposo, Cristo, para presentarlos a él como una virgen pura” (2Cor 11,2).

Como afirma con profundidad el Directorio para el Orden de las vírgenes: “La virgen consagrada realiza su misión, en primera instancia, mediante el testimonio de su específica vocación esponsal con Cristo resucitado en la Iglesia peregrina, es decir, en el orden del ser, de la propia vida configurada por los consejos evangélicos y las Bienaventuranzas del Reino” (n. 56).

Queridas Marta Castagna, Laura García, Estela Gómez y Silvia Larreategui, me uno a esta acción de gracias de ustedes, y como padre y pastor de esta diócesis les agradezco el fecundo trabajo que realizan y las bendigo en el nombre del Señor. Repito ante todos la oración que han publicado: “Que en ti, Señor, lo posean todo, porque te han elegido a ti solo, por encima de todo”.

Desde hace trece años, Dios me ha confiado este ministerio del episcopado. Compromiso y carga, responsabilidad y “oficio de amor”. Agradezco de corazón a cuantos hoy se unen a mis intenciones en esta Eucaristía y los numerosos saludos que me han hecho llegar. Este ministerio no puede sostenerse sin el socorro de la oración de la Iglesia.

III. A María sube nuestra súplica

Los invito a unirse en una oración que nos incluye a todos:

Virgen de la Visitación, portadora de esperanza, pregonera del Evangelio de la misericordia, y causa de nuestra alegría. Deseamos que nos visites con tu riqueza, con tu Jesús, que es el Evangelio en persona.

Deseamos imitar tu caridad, que te impulsó a visitar a Isabel para ponerte a su servicio. Deseamos tener tu misma prisa por servir a nuestros hermanos aliviando sus sufrimientos; pero sobre todo brindándoles la riqueza que tú misma nos diste.

Queremos hoy cantar tu mismo canto y renovarnos en el gozo de los discípulos de Jesús, más conscientes de nuestra vocación de santidad y, por eso mismo, más exigentes en nuestro ardor misionero.

Te pedimos que nos vuelvas alegres en la esperanza, fuertes ante las pruebas, constantes en las adversidades de la vida. Aunque en las luchas apostólicas nos toca experimentar no sólo alegrías sino fracasos humanos, tu pobreza y tu pequeñez nos orientan hacia la fecundidad verdadera.

Ven hoy a visitarnos, muéstranos a Jesús y quédate con nosotros siempre. Amén.

+ Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata

Homilía Visitación 2016.docx

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