Mensaje a los párrocos y presbíteros en el día del santo Cura de Ars

Prot. 57/2016

Mar del Plata, 4 de agosto de 2016.-

Queridos párrocos y sacerdotes:

En el Año de la Misericordia, instituido por el Papa Francisco, el santo Cura de Ars adquiere una notoriedad particular, pues figura entre aquellos sacerdotes ejemplares a quienes la gracia de Cristo enriqueció con un especial carisma de misericordia, ejercido de manera extraordinaria en el sacramento de la Confesión.

Este don recibido del Espíritu Santo, con el cual renovó su parroquia, fue ejercido por él con dedicación creciente hasta alcanzar en los últimos años de su vida expresiones heroicas. Su fama de confesor se fue extendiendo más allá de los límites de su jurisdicción, y a pesar del agotamiento al que se veía expuesto por dedicar interminables horas a este ministerio, lograba superar su cansancio. Así pudo perseverar en el mismo, consciente del maravilloso poder renovador que tiene para la Iglesia este sacramento del perdón y de la misericordia.

San Juan María Vianney fue un sacerdote, sencillo y profundo a la vez. Con frecuencia se valía de comparaciones simples y nos ha dejado escritos donde se revela su fina comprensión de la misericordia divina y del poder de la gracia que siempre se anticipa a la iniciativa del hombre. La sencillez de su figura no debe ocultarnos la solidez de su doctrina y su notable instinto pastoral.
Hoy quiero compartir con ustedes sólo algunas de estas afirmaciones suyas, a modo de estímulo en nuestra tarea. Es como mostrar espigas arrancadas de un vasto campo donde otros, que han estudiado su vida y sus escritos, nos han abierto camino.

“Cómo podemos desesperar de su misericordia, desde el momento que su mayor gozo es perdonarnos”. Y añadía: “Su paciencia nos espera”. Por eso, insistía: “No es el pecador el que vuelve a Dios para pedirle perdón, sino Dios mismo quien va tras el pecador y lo hace volver a Él”. Sólo quien tiene una asimilación cordial de la misericordia divina puede pronunciar con simplicidad frases como éstas.
Dejando atrás toda sombra de rigorismo, San Juan María Vianney aprendió a mantenerse a distancia tanto del jansenismo, que teñía algunas obras de moral, como de un laxismo permisivo. Se nutría y se expresaba en los términos de la tradición eclesial. Una confidencia que hará en su edad madura nos retrata su alma de confesor: “Verdaderamente, ¿podría yo ser severo con estas gentes que vienen de tan lejos, que hacen tantos sacrificios, que a menudo tienen que hacer tantas peripecias para llegar hasta aquí?”
“Los jansenistas –dirá– tienen aún los sacramentos, pero no les sirven de nada pues piensan que hay que ser muy perfecto para recibirlos. La Iglesia sólo desea nuestra salvación; por eso nos ha mandado recibir sus sacramentos”.

Pocos como él han sabido expresar en palabras las riquezas de la “entrañable misericordia de nuestro Dios”. Pocos como él han recibido el don de recibir al pecador haciéndole sentir la riqueza de gracia y bondad, de perdón y ternura que hay en el corazón de Dios Padre. Por eso, podía decir: “Qué bueno es Dios, su buen corazón es un océano de misericordia. Así, por muy grandes pecadores que seamos, jamás podemos desesperar de nuestra salvación. ¡Es tan fácil salvarse!”.

Para el santo Cura la misericordia divina no quedaba aislada de su viva conciencia de la malicia del pecado. Decía que “hay que emplear más tiempo en la contrición que en el examen de conciencia”, pero no confundía la frontera ni el nombre de lo que está bien y lo que está mal. Quienes están más cerca de Dios, más sensibles se vuelven para percibir aquello que lo ofende, y al mismo tiempo, mejor perciben lo que daña al hombre. Nunca dejó de mostrar el valor sanante de la verdad y las exigencias de conversión, con el esfuerzo del penitente. ¿No leemos en los Evangelios: “Vete, no peques más en adelante” (Jn 8,11)? En San Juan María Vianney la misericordia y la verdad “se encuentran y se abrazan”. Con su vida y su testimonio de pastor, él era un monumento a las exigencias de la verdad y a la revelación de la misericordia.

Un testigo directo relató esta confidencia: “El santo Cura me dijo una vez: un penitente me preguntó por qué lloraba escuchando su confesión. Yo lloro, le respondí, porque usted no llora”.

No tenía la elocuencia de un razonador ni las argumentaciones de un filósofo. Su fuerte era la simplicidad de los sabios. Acudieron a él muchos “razonadores”, algunos por curiosidad, incluso ateos, y salieron transformados, sin necesidad de largas charlas.
Queridos sacerdotes, les dedico estas breves reflexiones en este día significativo, para beneficiarme también yo del estímulo que nos viene de este hombre ejemplar. En este Año de la Misericordia, recibiremos pronto la gracia de la canonización de otro gran sacerdote surgido en nuestra tierra, el beato José Gabriel del Rosario Brochero, quien, Dios mediante, será inscrito en el catálogo de los santos, el próximo 16 de octubre por el Papa Francisco. Su figura tiene su propia originalidad, pero por muchos motivos podemos reconocer en él rasgos de gran semejanza entre el Cura Brochero y el Cura de Ars en cuanto a la administración del sacramento del perdón.

Quiera el Señor, por la intercesión de ambos, volvernos mejores instrumentos de su infinita misericordia para edificar su Iglesia.

Con mi afecto y bendición.

+Antonio Marino
Obispo de Mar del Plata

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