Homilía de monseñor Marino en la solemnidad de la Asunción de la Virgen María

“De pie a tu derecha está la Reina”

(Sal 44,10)

Homilía en la solemnidad de la Asunción de la Virgen María

Mar del Plata, Parroquia de la Asunción

15 de agosto de 2016

Queridos hermanos:

En la solemnidad de la Asunción de la Virgen, sentimos que nuestra alma se viste de fiesta al contemplar a María compartiendo con su Hijo Jesucristo el triunfo sobre la muerte y su reinado sobre toda la creación. La mirada se eleva para contemplar una deslumbrante belleza, “un gran signo” que Dios nos hace en ella. Un signo de alegría y de esperanza que debemos interpretar.

La liturgia propone, en primer lugar, como trasfondo bíblico del misterio que celebramos, el capítulo 12 del Apocalipsis: “Y apareció en el cielo un gran signo: una Mujer revestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas en su cabeza” (Apoc 12,1). Esta mujer tiene rasgos que recuerdan a Eva, por la enemistad que la serpiente establece contra ella y contra su descendencia y porque engendra con dolor. Tiene sobre todo rasgos que evocan a Israel según la visión que leemos en el capítulo 66 del libro de Isaías, donde la comunidad es vista como una mujer que da a luz a un varón, que es el Mesías, y a un pueblo que inaugura la era mesiánica (cf. Is 66,7-14).

En el símbolo de esta Mujer del Apocalipsis se entrelazan tres realidades distintas e inseparables. Ante todo, la comunidad de Israel de donde procede el Mesías y con él el nuevo pueblo. Pero también la Iglesia, que ha recibido la potestad de engendrar a Cristo en el alma de los fieles (cf. Gal 4,19). Por último, María, que en el Evangelio de San Juan es contemplada como nueva Eva, pues dos veces es llamada “Mujer” por Jesús, en las bodas de Caná y al pie de la cruz (cf. Jn 2,4; 19,26). De ella ha nacido Cristo, y es significativo que en la hora del dolor sea llamada “Mujer” y se convierta en madre del discípulo amado.

El Salmo 44 que cantamos después de la primera lectura, constituye un canto nupcial donde aparece un rey que se casa con una mujer que se convierte en la reina cuya belleza se destaca especialmente: “De pie a tu derecha está la reina, adornada con sus joyas y con oro de Ofir” (Sal 44[45], 10). Este salmo es una figura del desposorio entre Dios e Israel, que alcanza plenitud de sentido al referirlo a Cristo y a su Iglesia, la cual encuentra en María la imagen de su perfección acabada.

En la segunda lectura, tomada del capítulo 15 de la primera carta de San Pablo a los Corintios, el apóstol compara a Adán con Cristo y nos enseña los efectos distintos de nuestra doble herencia. De Adán heredamos el pecado y la muerte. De Cristo, la gracia y la resurrección para la vida eterna: “Porque la muerte vino al mundo por medio de un hombre, y también por medio de un hombre viene la resurrección. En efecto, así como todos mueren en Adán, así también todos revivirán en Cristo, cada uno según el orden que le corresponde: Cristo, el primero de todos, luego, aquellos que estén unidos a él en el momento de su Venida” (1Cor 15, 21-23). Por eso, en el Credo confesamos nuestra fe en “la resurrección de la carne y la vida eterna”.

El Espíritu Santo, prometido por Jesús, fue guiando a la Iglesia progresivamente para entender que aquella que estuvo tan íntimamente unida a nuestro Redentor como nueva Eva debía compartir con Él la gloria de la resurrección. De este modo, lo que toda la Iglesia espera al final de los tiempos, ya se da en María en forma anticipada como imagen de la Iglesia Esposa de Cristo y como signo de esperanza para todos los hombres.

Tal fue la intuición de los fieles, esclarecida más y más con el paso del tiempo por la predicación de los santos Padres y las argumentaciones de los doctores de la Iglesia. Así lo definió solemnemente el magisterio infalible declarando que “la Inmaculada Madre de Dios, la siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrestre, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial” (Pío XII, Const. Apost. Munificentissimus Deus).

Por eso, el canto de gratitud de la Virgen María, su Magnificat, es el texto que hoy resuena con especial propiedad en esta liturgia de la Asunción. Celebramos la Pascua de María, donde su acción de gracias iniciada en la tierra se prolonga por toda la eternidad. La Asunción en cuerpo y alma a la gloria del cielo es la corona de sus privilegios de gracia y culmina su vida de asociación a su Hijo. Pero también se constituye en un signo de gran esperanza para la Iglesia y para todos nosotros como escucharemos en el Prefacio de esta Misa: “Porque hoy fue elevada al cielo la Virgen Madre de Dios, como anticipo e imagen de la perfección que alcanzará tu Iglesia, garantía de consuelo y esperanza para el pueblo peregrino”.

La plenitud de gracia con que fue dotada, en atención a su misión de Madre íntimamente asociada al Redentor de los hombres, y su carácter de modelo ejemplar para toda la Iglesia, hacen de María la criatura más excelsa y el miembro más eminente y destacado dentro del Cuerpo Místico, donde Cristo es la Cabeza: “De pie a tu derecha está la reina, adornada con sus joyas y con oro de Ofir”. Por encima de ella, sólo Dios. Debajo de ella, el resto del universo.

Su Asunción no es lejanía sino mayor proximidad. Su gloria nos beneficia a todos porque amplía su real capacidad de misericordia sobre todos los hombres. Por eso, este día es motivo de inmensa alegría, porque la más alta reina es la más solícita servidora. Su grandeza y su gozo coinciden con su aptitud para la compasión. El poder que le reconocemos le viene de su amor tan extenso como las fronteras de la gracia de su Hijo. Como enseña el Concilio Vaticano II: “Asunta a los cielos, no ha dejado esta misión salvadora, sino que con su múltiple intercesión continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna” (LG 62).

En María asunta al cielo en cuerpo y alma, reconocemos a la creación plenamente liberada de la esclavitud a que la sometió el pecado. Como dice el San Pablo en la Carta a los Romanos: “Porque también la creación será liberada de la esclavitud de la corrupción para participar de la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Sabemos que la creación entera, hasta el presente, gime y sufre dolores de parto. Y no sólo ella: también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos interiormente anhelando que se realice la redención de nuestro cuerpo” (Rom 8,21-23).

Pidamos a la Virgen gloriosa, en este Año de la misericordia, ser ya desde nuestra condición terrena signos del mundo nuevo que anhelamos, mediante nuestra capacidad de llevar a la práctica las obras de misericordia corporales y espirituales. Y digámosle con filial confianza y ternura: “Reina y Madre de misericordia… vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos y después de este destierro muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre”.

+ Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata

Homilía Asunción 2016.docx

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