Mensaje de monseñor Marino con motivo del día del catequista

Prot. Nº 54/2016

Mar del Plata, 1º de agosto de 2016

El catequista, testigo de la misericordia

Mensaje a los catequistas

Con ocasión del Jubileo de los catequistas

Queridos catequistas:

El Papa San Pío X dejó una huella en la Iglesia de los tiempos modernos con su deseo de comenzar en una edad bien temprana la catequesis preparatoria de los niños para recibir el sacramento de la Comunión.

Pero él pensó también la catequesis para todas las edades y condiciones sociales, y ésta fue una de las líneas destacadas de su pontificado. Quería que la instrucción catequética no se limitara sólo a los niños, sino que llegara a los adultos, lo mismo que a los jóvenes en las escuelas públicas y en las universidades. Es lo que planteaba en la encíclica Acerbo nimis de 1905, donde se encuentran normas precisas al respecto. Siguiendo esta misma dirección, promovió la publicación de un nuevo catecismo para la diócesis de Roma.

Siendo Papa no dejó de ejercer su pasión y siguió enseñando el catecismo al pueblo en el Patio de San Dámaso y también en el Patio de la Piña, dentro de la ciudad del Vaticano.

Por haber dado un fuerte impulso a la catequesis con su palabra y su ejemplo, además de sus actos de gobierno, la memoria litúrgica de este Papa, que se celebra el 21 de agosto, coincide todos los años con el día del catequista.

Sus biógrafos coinciden en destacar su gran sencillez e inmensa bondad, su profunda sensibilidad hacia los pobres y los enfermos. Este pastor que supo ser fuerte en medio de adversidades y graves crisis doctrinales, a quien le correspondió gobernar en tiempos muy agitados, tenía al mismo tiempo un gran corazón lleno de misericordia.

No es mi intención trazar un perfil completo de este santo pontífice, sino sólo evocar brevemente rasgos que pueden ser desconocidos para muchos, y que pueden seguir inspirándonos en las actuales circunstancias.

Como todos los años, celebran ustedes el día del catequista mediante un encuentro que abarca el día sábado 20, en el colegio Santa Cecilia, y que culminará con la celebración de la Misa que presidiré por la tarde en la catedral. Pero en este Año de la Misericordia, la jornada anual se reviste de características especiales, pues será para ustedes el jubileo de los catequistas.

Por esta razón, darán ante la Iglesia marplatense un hermoso testimonio de fe, pues se trasladarán en procesión hasta la catedral donde los recibiré al ingresar por la Puerta de la Misericordia para obtener el don de la indulgencia de este año jubilar. Será el momento de recordar, con el alma llena de fe, las palabras del Señor: “Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento (…). Yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia” (Jn 10,9-10).

¡Qué hermoso es experimentar la gran misericordia de Dios para con nosotros! Dejémonos conducir por la pedagogía de la Iglesia que nos recuerda la necesidad de una continua purificación espiritual si queremos alcanzar la perfección del amor que Cristo nos pide. Las resistencias a la gracia que permanecen en nosotros, aun después de perdonado el pecado, deben ir desapareciendo. En esta tarea no estamos solos. No nos apoyamos sólo en nuestro esfuerzo virtuoso, sino que confiamos en el amor de Cristo y en la intercesión de la madre Iglesia.

Quien ha experimentado misericordia, más fácilmente se convierte en instrumento y testigo de la misericordia de Dios. ¡Y qué necesidad tiene este mundo de entender que nuestras vidas están envueltas en la gran misericordia del Padre!

Un catequista es alguien que vive al servicio de transmitir esta convicción: todo cuanto existe procede del inmenso Amor de Dios manifestado plenamente en Jesucristo, de quien recibimos el Espíritu que nos hace clamar: “¡Padre!”. Por eso mismo, está llamado a ser un testigo de la misericordia divina.

La especial invitación del Papa Francisco a practicar las obras de misericordia corporales y espirituales, debe encontrar un eco particular en ustedes, al meditar una en particular: “enseñar al que no sabe”.

Ante la ignorancia religiosa de nuestro tiempo, que puede llegar hasta el analfabetismo cristiano, el oficio del catequista, ejercido con humildad y amor, debe resplandecer como un testimonio de gran misericordia. No lo duden: ser catequista es uno de los oficios de mayor trascendencia eclesial.

A todos abrazo como a hijos e hijas muy queridos y los encomiendo a la Madre de la Misericordia. Y a todos los bendigo en el nombre de su Hijo.

+ Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata

 

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