Homilía de monseñor Marino en la jornada jubilar de catequesis

“El catequista, testigo de la misericordia”

Homilía en la Misa del Jubileo de los catequistas

Catedral de Mar del Plata, domingo 21º del tiempo ordinario C

Sábado 20 de agosto de 2016

Queridos hermanos y hermanas catequistas:

I. “Vendrán muchos de Oriente y de Occidente”(Lc 13,29)

Los textos bíblicos de este domingo, nos hablan de la voluntad que Dios tiene de extender su salvación más allá de los límites geográficos y raciales del pueblo elegido. El profeta Isaías nos presenta a Dios queriendo “reunir a todas las naciones y a todas las lenguas” (Is 66,18) para un culto en la “Montaña santa de Jerusalén” (Is 66,20). Oímos decir de los paganos convertidos: “los enviaré a las naciones (…): a las costas lejanas que no han oído hablar de mí ni han visto mi gloria” (Is 66,19).

Conscientes de nuestra vocación de instrumentos de esta voluntad de Dios, y recordando las palabras de Jesús: “Vayan por todo el mundo y anuncien el Evangelio a toda la creación” (Mc 16,15), con el Salmista prorrumpíamos con nuestro anhelo de alabanza universal: “¡Alaben al Señor, todas las naciones, glorifíquenlo, todos los pueblos!” (Sal 116,1).

En el evangelio de San Lucas nos encontramos con una pregunta que alguien le hace a Jesús: “Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan?” (Lc 13,23). Él evita responder en forma directa a esta pregunta, propia de la curiosidad humana. Hay un saber que corresponde a Dios y no al hombre. Sólo Él conoce el número de los elegidos. Pero Jesús orienta nuestra atención hacia lo fundamental, hacia lo que debe inquietar nuestra conciencia y mover nuestra conducta: “Traten de entrar por la puerta estrecha, porque les aseguro que muchos querrán entrar y no lo conseguirán” (Lc 13,24).

Nuestra atención debe concentrase en esto. La salvación que Dios ofrece a todos, implica de nuestra parte esfuerzo y libre correspondencia. Se trata de un don que pide una respuesta. Una pertenencia externa o puramente formal a la Iglesia, no nos garantiza de suyo el ingreso en el banquete del Reino. Por eso, añade: “Vendrán muchos de Oriente y de Occidente, del Norte y del Sur, a ocupar su lugar en el banquete del Reino de Dios. Hay algunos que son los últimos y serán los primeros, y hay otros que son los primeros y serán los últimos” (Lc 13,29-30).

En nuestra respuesta al ofrecimiento de la salvación, debemos tener en cuenta que encontraremos oscuridades y pruebas, momentos de tristeza y experiencia de nuestra propia debilidad. Por eso, la Carta a los Hebreos nos invita a interpretar esas dificultades como corrección pedagógica de Dios que quiere nuestro bien: “«Porque el Señor corrige al que ama y castiga a todo aquel que recibe por hijo». Es verdad que toda corrección, en el momento de recibirla, es motivo de tristeza y no de alegría; pero más tarde, produce frutos de paz y de justicia en los que han sido adiestrados por ella” (Heb 12,6.11).

II. Vocación de catequistas, testigos de la misericordia

La Jornada Diocesana de Catequesis es esperada todos los años con alegría y vivida con fervor apostólico. Ahora encuentra en la Eucaristía su culminación. Los textos de este domingo nos hablan del plan de salvación universal que Dios tiene, y también de nuestra responsabilidad misionera.

Quiero expresarles mi gozo al ver tantos catequistas que provienen de todas las zonas de la diócesis, reunidos en número muy importante. Como enseña el Concilio Vaticano II, la Eucaristía es culminación y fuente de toda la actividad evangelizadora de la Iglesia (cf. SC 10; LG 11; PO 5). De aquí sacamos nuestra fuerza y nuestra luz, y hacia esta fuente todo debe ser conducido.

Ustedes queridos catequistas, hermanos y hermanas en el Señor, han recibido una hermosa vocación. Nunca la confundan con un trabajo como otros. La catequesis se prepara en la oración no menos que en el estudio. No agota su significado en la enseñanza de verdades teóricas. Se trata de anunciar a Jesucristo para conducir al catecúmeno a la fe en Él, al cambio de vida y a la alegría de la comunión con Él.

Es una tarea de gran responsabilidad y trascendencia eclesial. Por eso, como obispo debo velar especialmente por ella y alentar a todos los que se comprometen en este hermoso oficio, a fin de que descubran la belleza y la fecundidad del servicio que la Iglesia les confía.

Y puesto que nadie da lo que no tiene, para ser buenos catequistas y dar fruto abundante, debemos vivir íntimamente unidos a Cristo: “Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer” (Jn 15,5).

Bajo la luz y el consuelo de la Palabra divina, sepan superar los obstáculos y fracasos parciales que se les presentan, con fe y esperanza inquebrantables. Cuando a un curso de agua viva se le ofrece un obstáculo, el agua crece y se potencia, salta y sigue hacia adelante.

Esta mañana les he dirigido unas palabras de bienvenida, y antes de esta Misa conclusiva, que culmina el Jubileo de los catequistas, los he esperado y recibido en la Puerta de la Misericordia de esta catedral. Les repito ahora palabras contenidas en el Mensaje que les he dirigido este Año de la Misericordia:

«¡Qué hermoso es experimentar la gran misericordia de Dios para con nosotros! Dejémonos conducir por la pedagogía de la Iglesia que nos recuerda la necesidad de una continua purificación espiritual si queremos alcanzar la perfección del amor que Cristo nos pide (…).

Quien ha experimentado misericordia, más fácilmente se convierte en instrumento y testigo de la misericordia de Dios. ¡Y qué necesidad tiene este mundo de entender que nuestras vidas están envueltas en la gran misericordia del Padre!

Un catequista es alguien que vive al servicio de transmitir esta convicción: todo cuanto existe procede del inmenso Amor de Dios manifestado plenamente en Jesucristo, de quien recibimos el Espíritu que nos hace clamar: “¡Padre!”. Por eso mismo, está llamado a ser un testigo de la misericordia divina.

La especial invitación del Papa Francisco a practicar las obras de misericordia corporales y espirituales, debe encontrar un eco particular en ustedes, al meditar una en particular: “enseñar al que no sabe”.

Ante la ignorancia religiosa de nuestro tiempo, que puede llegar hasta el analfabetismo cristiano, el oficio del catequista, ejercido con humildad y amor, debe resplandecer como un testimonio de gran misericordia».

III. San Pío X, catequista inspirador

El Papa San Pío X ha dejado en la historia de la Iglesia una huella imborrable. Su memoria litúrgica, que se celebra el 21 de agosto, coincide todos los años con el día del catequista, por haber dado un fuerte impulso a la catequesis con su palabra y su ejemplo, además de sus actos de gobierno.

Él pensó la catequesis no sólo para los niños, sino para todas las edades y condiciones sociales, y ésta fue una de las líneas destacadas de su pontificado. Quería que la instrucción catequética llegara a los adultos, lo mismo que a los jóvenes en las escuelas públicas y en las universidades. Esta pasión lo acompañó a lo largo de su vida de sacerdote y la siguió mostrando en su ministerio papal.

Fue un hombre de gran sencillez e inmensa bondad, que mostró una profunda sensibilidad hacia los pobres y los enfermos. Sin dudas, se abrió a las periferias de su tiempo. «Este pastor que supo ser fuerte en medio de adversidades y graves crisis doctrinales, a quien le correspondió gobernar en tiempos muy agitados, tenía al mismo tiempo un gran corazón lleno de misericordia» (Mensaje).

Quiera el Señor, por su intercesión, concedernos la gracia de ejercer el servicio de catequistas con su mismo amor, como testigos de la misericordia del Padre.

+ Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata

Homilía Jubileo catequistas 2016.docx

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