Visita y Misa de monseñor Marino en el hogar de las hermanas Misioneras de la Caridad

Las hermanas Misioneras de la Caridad, fundadas por Madre Teresa de Calcuta, celebraron ayer el patrocinio del Inmaculado Corazón de María, nombre que dio a la primera casa destinada a recibir a “los más pobres entre los pobres”, los indeseables que no tenían lugar en las instituciones oficiales. Era un 22 de agosto de 1952, y por entonces la liturgia celebraba esta advocación de la Virgen. Desde entonces, la Congregación se confía al corazón inmaculado y misericordioso de María.

Invitado por las Hermanas, nuestro obispo, monseñor. Marino, acudió a celebrar la Santa Misa a las 10 hs. en su casa ubicada en Madre Teresa de Calcuta 4110, barrio Parque Palermo, en la periferia de Mar del Plata. Además de los internos que se benefician de los cuidados de estas hermanas, la capilla estaba llena de fieles colaboradores de esta obra.

Durante su homilía, monseñor Marino ilustró el significado de este título del Inmaculado Corazón. “Todo el drama del hombre, su desdicha, se vincula con el desorden que lleva en su corazón. En primer lugar, como una herencia del primer pecado, que luego se fue agravando con los pecados personales y el influjo de los pecados del mundo. Al romper por la desobediencia su amistad con Dios, el hombre pierde su armonía interior y traslada su desorden a la relación con los demás y con el mundo. Dios quiso salvar al hombre desde un corazón humano: el corazón humano del Hijo de Dios, donde se da la plenitud del amor y la justicia. Junto a Él, un corazón de mujer: María representa a la humanidad redimida que colabora con el Redentor, como nueva Eva junto al nuevo Adán”.

El obispo continuó su reflexión mostrando semejanzas entre la Madre Teresa, próxima a su canonización, y Santa Teresita del Niño Jesús: ante todo, el nombre de Teresa lo tomó la Madre, cuyo nombre civil era Agnes Gonxha Bojaxhiu, por su admiración a Teresa de Lisieux, con quien compartió un idéntico ardor misionero, un anhelo de saciar la sed de Jesús en la Cruz, y de ser instrumento del amor redentor de Cristo, participando de sus sufrimientos.

Explicó, a continuación, el sentido de la experiencia mística interior, traducida en una oscuridad que la acompañó siempre luego de aceptar la invitación de Jesús que le dijo: “Ven, sé mi luz”. Esta mujer admirable, que difundió con su vida tanto consuelo y ternura, tanta bondad y alegría; que supo irradiar la luz de Cristo iluminando la vida de muchos, daba a otros a manos llenas aquello de que estaba colmada, pero que sensiblemente no sentía. Fue su noche espiritual, que la acompañó hasta el final.

Luego de la misa, monseñor Marino se detuvo saludando a los internos, a las hermanas y a los numerosos voluntarios de la obra que colmaban la capilla.

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