Trasladaron los restos de monseñor Julio Melucci al atrio del templo de San Manuel

El pasado domingo 28 de agosto, fueron trasladados los restos de monseñor Julio Melucci desde el cementerio local de San Manuel (Lobería) hasta la parroquia Nuestra Señora de Fátima de la vecina localidad. Una gran cantidad de fieles, junto con el párroco del lugar, Hernán David, acompañó el traslado, en una distancia de aproximadamente 5 km. En la celebración de la misa, presidida por monseñor Antonio Marino, obispo de Mar del Plata y concelebrada por el párroco y los padres Daniel Climente, Fabián Yanes y Armando Ledesma; se hicieron presentes el intendente de Lobería, un concejal en representación del Concejo Deliberante; un hermano de monseñor Melucci, sobrinos, familiares; la comunidad educativa del Colegio fundado por monseñor Melucci, y numerosos fieles.

Durante la homilía monseñor Marino se refirió a la enseñanza de ese domingo acerca de la humildad y la verdadera grandeza del hombre, para después aplicarla a la vida y la obra de quien fue por 55 años el querido párroco, a quien la localidad de San Manuel debe casi todo en el orden espiritual y civil.

Al término de la misa, los restos de monseñor Melucci fueron sepultados en el atrio del templo en un digno sepulcro preparado por la comunidad, en medio de las oraciones, del aplauso y las emociones de la concurrencia.

> A continuación la homilía completa del obispo.


“Cuanto más grande seas, más humilde debes ser”

(Eclo 3,18)

Homilía domingo 22 C

Traslado de los restos de Mons. Melucci

San Manuel, Pquia. Ntra. Sra. de Fátima

28 de agosto de 2016

La Palabra de Dios en este domingo contiene una enseñanza sobre la humildad. Hemos oído en la primera lectura, tomada del libro del Eclesiástico: “Hijo mío, realiza tus obras con modestia y serás amado por los que agradan a Dios. Cuanto más grande seas, más humilde debes ser, y así obtendrás el favor del Señor” (Eclo 3,17-18).

Según esto, el hombre humilde se vuelve agradable a Dios y también a los hombres que viven según la voluntad divina. Lo opuesto a la humildad es el orgullo, la soberbia, la voluntad de sobresalir a toda costa y ganar el aplauso y la estima ante los demás.

Numerosas páginas del Antiguo y del Nuevo Testamento nos enseñan lo mismo, y es provechoso detenernos en algunos pasajes. Leemos en los Salmos: “El Señor está en las alturas, pero se fija en el humilde y reconoce al orgulloso desde lejos” (Sal 138,6). Y Judit, la heroína que expuso su vida para salvar a su pueblo, decía en su oración confiada: “Tú eres el Dios de los humildes” (Jdt 9,11).

San Pablo en su Carta a los Romanos exhorta: “Vivan en armonía unos con otros, no quieran sobresalir, pónganse a la altura de los más humildes. No presuman de sabios” (Rom 12,16). Inspirándose en el libro de los Proverbios, San Pedro invita igualmente: “Que cada uno se revista de sentimientos de humildad para con los demás, porque Dios se opone a los orgullosos y da su ayuda a los humildes” (1Pe 5,5; cf. Prov 3,34).

La más alta lección de humildad nos la dará Jesucristo. Él no sólo enseñó con parábolas, como la que hemos escuchado en el Evangelio de San Lucas, sino que su vida y su muerte han sido la mayor demostración de su doctrina: "El que se eleva será humillado, y el que se humilla será elevado" (Lc 14,11). Jesús nos invita a imitarlo a Él ocupando el último lugar. Allí nos espera para darnos el verdadero honor y la suprema grandeza.

Su enseñanza supera la mera cortesía, o bien la buena educación y el cálculo prudencial. Transmite la sabiduría de la pequeñez, condición indispensable para entrar en el Reino de Dios. Los pequeños y humildes son los que alcanzan la comprensión de los misterios del Reino (cf. Mt 11,25). Y la manifestación externa de la humildad es la mansedumbre: “aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón” (Mt 11,29).

Siendo “Maestro y Señor”, no vaciló en inclinarse ante los apóstoles para lavarles los pies, asumiendo un oficio de servidor (cf. Jn 13,14). Siendo el “Hijo del Hombre” que vendría en gloria, declaró: “el mismo Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud (Mc 10,45). San Pablo lo dice en un himno memorable, que presento en forma abreviada: “Él que era de condición divina, (…) se anonadó a sí mismo tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres (…) se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz. Por eso, Dios lo exaltó y le dio el Nombre que esta sobre todo nombre …” (cf. Flp 2, 6-11).

Mi presencia entre ustedes esta tarde, como obispo de Mar del Plata, tiene que ver con alguien a quien todos consideran verdadero padre. Sus restos descansarán definitivamente en el atrio de este templo que fue el lugar de donde toda actividad partía y hacia donde todo conducía: su Eucaristía, centro de la vida de la Iglesia.

En la Misa exequial, hace menos de un año, decía yo en este lugar: “Querido P. Julio, tu vida fue hermosa; una vida digna, una vida entregada por entero a la causa del Evangelio para servir a tu gente en este pago que hiciste tuyo, tu querido y pequeño pueblo de San Manuel. Tu grandeza es haber amado con pasión lo pequeño”. Hoy puedo repetir esto mismo.

Pequeñez y grandeza, humildad y amor apasionado por el cumplimiento de una misión recibida. Vida de trabajo callado, con los ritmos de un pago de provincia, pero trascendencia espiritual y fecundidad probada en la vida de este pueblo que tanto le debe. Su vida transcurrió en la humildad de las apariencias y en el fuego interior de un corazón grande, fiel al compromiso libremente aceptado.

Las enseñanzas de los textos de la Palabra de Dios que hemos meditado, han tenido en él honda recepción. Por eso, pienso que el Padre Julio hizo en su vida aquello que en cada Misa pedimos los sacerdotes en voz baja, después del ofertorio y antes del rito de purificación de las manos: “Acepta, Señor, nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde; que éste sea hoy nuestro sacrificio y que sea agradable en tu presencia, Señor, Dios nuestro”. De este modo, su Misa se prolongaba en su vida cotidiana y en su infatigable actividad apostólica.

Que esta ceremonia sirva de signo a todo el pueblo de San Manuel, para que imitemos su fe y conservemos su legado. Y que así se cumpla el pedido del Apóstol al final de la Carta a los Hebreos: “Acuérdense de quienes los dirigían, porque ellos les anunciaron la Palabra de Dios: consideren cómo terminó su vida e imiten su fe” (Heb 13,7).

+ Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata

Homilía Melucci-traslado restos.docx

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