Homilía de monseñor Marino en la misa por la canonización de Madre Teresa de Calcuta

“Ven, sé mi luz”

Homilía en la Misa de acción de gracias por la

canonización de Madre Teresa de Calcuta

Catedral de Mar del Plata, domingo 4 de septiembre de 2016

I. Teresa de Calcuta en el trasfondo de la Palabra de Dios

Queridos hermanos:

En el evangelio que acabamos de escuchar, Jesús reclama para sí un amor mayor a cualquier otro; un amor superior al de la propia vida. Un amor exclusivo a Él que nos lleva a abrazar nuestra cruz y a renunciar a todo apego a lo que poseemos. Se trata de una condición indispensable para ser reconocido como discípulos suyos (cf Lc 14,25-33).

Vivir según esta enseñanza básica de Jesús, coincide con la mayor sabiduría de vida que podamos alcanzar. Y esto no sería posible si no viniera en nuestro auxilio con su gracia el mismo Dios, a través de la Sabiduría encarnada que es Jesucristo mediante el don de su Espíritu Santo prometido. Así entendemos los cristianos el texto del libro de la Sabiduría: “¿Y quién habría conocido tu voluntad si tú mismo no hubieras dado la Sabiduría y enviado desde lo alto tu Santo Espíritu? Así se enderezaron los caminos de los que están sobre la tierra, así aprendieron los hombres lo que te agrada y, por la Sabiduría, fueron salvados” (Sab 9,17-18).

Esta Sabiduría iluminaba a San Pablo, quien deseaba trasmitirla a Filemón. El apóstol le reenvía a Onésimo, uno de sus esclavos que había huido de su dueño. Pablo prisionero lo bautizó en su cárcel, y ahora se lo encomienda a fin de que lo recupere para su servicio, recibiéndolo “no ya como un esclavo, sino como algo mucho mejor, como un hermano querido”. Por eso afirma: “Si es tan querido para mí, cuánto más lo será para ti, que estás unido a él por lazos humanos y en el Señor” (Fil 16).

La Sabiduría que es Cristo ilumina nuestros ojos para entender el secreto de la verdadera felicidad, ya desde esta vida. Pero se trata de una sabiduría “misteriosa y escondida, que él preparó para nuestra gloria antes que existiera el mundo” (1Cor 2,7), como enseña el apóstol.

La sabiduría del Evangelio es un potencial que transforma y sana al hombre en todas sus dimensiones, e incluye sus vínculos en la sociedad.

II. Su vida exterior

La Iglesia ha vivido este domingo un acontecimiento extraordinario con la canonización de Madre Teresa de Calcuta. Con su vida y su obra, ella ha sido la exponente admirable de la sabiduría de vida enseñada por el Divino Maestro. Ella la supo traducir en el pleno despojo de sí misma y en el amor misericordioso hacia los más pobres entre los pobres. En horas de la mañana, desde Plaza San Pedro, el Papa Francisco ha pronunciado las palabras formales que la inscriben en el catálogo de los santos y la proponen a toda la Iglesia como modelo de fiel seguidora de Cristo y testigo de su misericordia.

Contemplando fotografías, nos damos cuenta de su menuda figura física y de su aspecto frágil, acentuado con los años en su rostro surcado de arrugas. Pero esta apariencia era inversamente proporcional a su incomparable grandeza espiritual.

Al referirnos a esta gran santa de nuestro tiempo, la parte más conocida es su extraordinaria obra en favor de los considerados como indeseables, que no tenían lugar en las instituciones oficiales. Esto la hizo famosa, aunque ella se mantuvo siempre alejada de las glorias del mundo. Aun cuando vinieron los premios internacionales y el reconocimiento de la Iglesia, tuvo la sabiduría de mantenerse muy humilde.

A su primera casa le dio el nombre de Inmaculado Corazón. Era un 22 de agosto de 1952, por entonces memoria litúrgica de esa advocación mariana. Las Misioneras de la Caridad comenzaron siendo doce Hermanas. A la muerte de la santa, en 1997, estaban en 120 países. En el último registro, la congregación cuenta con 5.161 hermanas y el número de países se elevó a 139. Hay también religiosos, que son hijos de la santa, mucho menores en número pero que van igualmente en aumento. Se añaden siempre también innumerables voluntarios.

A las Misioneras de la Caridad, las tenemos presentes en la periferia de esta ciudad. Es una alegría profunda contar con ellas y darles nuestra felicitación. Hoy es para todos un gran día. Como obispo las abrazo y bendigo.

No pretendo ser exhaustivo y acudo al resumen que encontramos en la homilía que el Santo Padre pronunció esta mañana: “(Ella) Se ha comprometido en la defensa de la vida proclamando incesantemente que ‘el no nacido es el más débil, el más pequeño, el más pobre’. Se ha inclinado sobre las personas desfallecidas, que mueren abandonadas al borde de las calles, reconociendo la dignidad que Dios les había dado; ha hecho sentir su voz a los poderosos de la tierra, para que reconocieran sus culpas ante los crímenes de la pobreza creada por ellos mismos”.

Prolongando estas palabras del Papa Francisco, recordamos que esta mujer tan humilde fue también libre y valiente. Tanto como para decir en los Estados Unidos, ante políticos poderosos que siguen en plena vigencia: “El país que acepta el aborto no está enseñando a su pueblo a amar sino a aplicar la violencia para conseguir lo que se quiere. Es por eso queel mayor destructor del amor y de la paz es el aborto (…)Para mí,las naciones que han legalizado el aborto son las más pobres, le tienen miedo a un niño no nacido y el niño tiene que morir” [1].

III. Su vida interior. “Tengo sed”(Jn 19,28)

La parte más oculta, pero también la más decisiva para entender a la santa, es su vida interior. Fue saliendo a luz con posterioridad a su muerte. Su nombre civil era Agnes Gonxha Bojaxhiu, y al entrar en la vida religiosa tomó el nombre de Teresa debido a la gran admiración que sentía por Santa Teresa del Niño Jesús.

Esto nos lleva a esbozar algunas semejanzas fundamentales entre Santa Teresita del Niño Jesús y la Madre Teresa hoy canonizada. Siendo tan distintas en su vida exterior, con la carmelita de Lisieux compartió un idéntico ardor misionero, un anhelo de saciar la sed de Jesús en la Cruz, y el ideal de ser instrumento del amor redentor de Cristo, participando de sus sufrimientos.

Lo mismo que Teresita e inspirándose en ella, la palabra de Cristo crucificado: “Tengo sed”, tuvo continuo eco en su corazón y en su memoria. Al igual que ella vivió su vida para saciarla. Madre Teresa ejerció su misión asumiendo la oscuridad de los hombres, cargándola sobre sí misma.

En el inicio de la misión que el mismo Jesús le encomendó está su experiencia mística, al sentir que nuestro Salvador le decía: “Ven, sé mi luz”. Socorrida en su discernimiento, abandonó la congregación de las Hermanas de Nuestra Señora de Loreto y se entregó de lleno a la obra para la que el Señor la llamaba.

Allí comenzará su larga y prolongada noche, vivida con tanta dignidad y silencio. Esta mujer admirable, que difundió con su vida tanto consuelo y ternura, tanta bondad y alegría; que supo irradiar la luz de Cristo iluminando la vida de muchos, daba a otros a manos llenas aquello de que estaba colmada, pero que sensiblemente no sentía. Fue su noche espiritual, que la acompañó hasta el final.

Un periodista calificado y creyente[2], le preguntó –según sus propias palabras– “irreflexivamente, qué le diría a una monja que quisiera abandonar su camino vocacional. Su respuesta fue inmediata: «Le diría: no tengas miedo, ahora estás con tu Esposo en su pasión, en el Huerto de los Olivos…, pero ¡sigue adelante y no te rindas!»”. Y comentaba recientemente ese mismo testigo: “Entonces no podía imaginar que quizá era esta la frase que se decía a sí misma en los momentos de su aridez interior, durante tantos años”.

Queridos hermanos en el Señor y queridas Hermanas Misioneras de la Caridad, pidamos al Señor recibir debidamente la gracia de este día. En el Año de la Misericordia imploremos para toda la Iglesia la sabiduría del servicio misericordioso hacia el prójimo que la Providencia pone en nuestro camino.

Con mi bendición cordial para todos.

+ Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata

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Homilía Santa Teresa de Calcuta.docx

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