Reflexión de monseñor Marino en el jubileo de pastorales caritativas

“El que practica misericordia que lo haga con alegría”

(Rom 12,8)

Meditación de Mons. Antonio Marino

en el encuentro del Jubileo de las actividades caritativas diocesanas

3 de septiembre de 2016 – Año de la Misericordia

I. La misericordia, corazón del Evangelio

Como obispo de Mar del Plata, siento alegría al ver reunidos juntos en un mismo lugar a los representantes de las diversas formas de actividad caritativa que tenemos en la diócesis. Son numerosas.

Estamos en el Año de la misericordia y en este día celebran ustedes su Jubileo. En el mensaje de cuaresma del año 2015, el Papa Francisco se expresaba en estos términos: “¡Cuánto deseo que los lugares en los que se manifiesta la Iglesia, en particular nuestras parroquias y nuestras comunidades, lleguen a ser islas de misericordia en medio del mar de la indiferencia!”

Podemos considerar este deseo de nuestro Papa como la traducción actual de la exhortación del mismo Cristo a no pasar de largo ante la miseria humana, como el sacerdote y el levita de la parábola del buen samaritano que encontramos en el Evangelio de San Lucas (cf. Lc 10,29-37).

Nadie que haya escuchado las enseñanzas de Jesús, puede permanecer indiferente ante la necesidad del prójimo concreto que la Providencia pone en nuestro camino, pues Cristo se identifica con el hombre necesitado de ayuda y de misericordia. Conocemos las graves palabras de Jesús en relación con el juicio final, contenidas en el capítulo 25 del Evangelio de San Mateo, cuando afirma haber sido socorrido o ignorado en su hambre y en su sed, o al estar de paso, desnudo, enfermo, preso. Ante la pregunta de cuándo sucedió eso, responderá a unos: “Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo” (Mt 25,40). Pero ante la misma pregunta responderá a otros: “Les aseguro que cada vez que no lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron conmigo” (Mt 25,45).

La moral cristiana, según Jesús centrada y resumida en el amor a Dios y al prójimo (cf Mt 22,39), se expresa en la misericordia hacia nuestros hermanos, pues según el apóstol San Juan: “Si alguien vive en la abundancia, y viendo a su hermano en la necesidad, le cierra su corazón, ¿cómo permanecerá en él el amor de Dios? Hijitos míos, no amemos solamente con la lengua y de palabra, sino con obras y de verdad” (1Jn 3,17-18).

II. Misericordia y alegría

Esta reflexión parte de una cita de San Pablo como texto inspirador. La encontramos en Rom 12,8: “el que practica misericordia que lo haga con alegría”. Esta relación entre la misericordia y la alegría, la vemos también en otros textos del Nuevo Testamento.

Por ejemplo en Hch 20,35: “De todas las maneras posibles, les he mostrado que así, trabajando duramente, se debe ayudar a los débiles, y que es preciso recordar las palabras del Señor Jesús: «La felicidad está más en dar que en recibir»”.

Estas palabras que San Pablo atribuye al Señor, no han sido conservadas en los evangelios. Pero, aunque no las encontramos al pie de la letra, sí transmiten su espíritu, porque según el Evangelio de San Mateo Jesús dice en las bienaventuranzas: “Felices los misericordiosos porque obtendrán misericordia” (Mt 5,7). En el hecho mismo de practicar la misericordia hay una felicidad, una bienaventuranza, y al mismo tiempo, una garantía de que esta alegría crezca al experimentar más a fondo la misericordia de Dios Padre para con nosotros, en esta vida y en la futura.

Otro texto de San Pablo expresa este mismo significado: “Que cada uno dé conforme a lo que ha resuelto en su corazón, no de mala gana o por la fuerza, porque Dios ama al que da con alegría” (2Cor 9,7).

Según esto ¿de dónde surge la alegría del don? Del corazón, porque ese es el lugar del encuentro con el Señor, gracias a la fe. El encuentro de fe con el Señor nos ilumina y alegra, nos cambia la vida. De lo cual debemos concluir que, si sentimos alegría al ejercer misericordia, es porque con anterioridad hemos experimentado en nuestras propias vidas un encuentro con quien es la fuente misma del amor y la misericordia. Dicho de otra manera, la alegría de ejercer misericordia hacia el prójimo, estuvo precedida por la alegría de experimentar la misericordia de Dios para conmigo. Es lo que dice el apóstol San Juan en su primera Carta: “Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es amor, y el que permanece en el amor permanece en Dios, y Dios permanece en él” (1Jn 4,16).

Me emocionan siempre las palabras del Papa Benedicto XVI escribió al comienzo de su encíclica Deus caritas est: “Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (DCE 1).

Sabemos que Jesús ha llevado a plenitud la revelación de la misericordia del Padre con su vida y sus obras, con su palabra y principalmente con su muerte y su resurrección. Su Evangelio es anuncio de una Buena Noticia, de una gran alegría. Pero la misericordia de Dios hacia el hombre y la exhortación a ejercer misericordia con el prójimo, ya se anuncian en el Antiguo Testamento. Así como también, la vinculación con la iluminación de la vida y la experiencia del gozo. Podemos escuchar, a modo de ejemplo, este texto de Isaías que cito en forma más extensa:

“Este es el ayuno que yo amo –oráculo del Señor–: soltar las cadenas injustas, desatar los lazos del yugo, dejar en libertad a los oprimidos y romper todos los yugos; compartir tu pan con el hambriento y albergar a los pobres sin techo; cubrir al que veas desnudo y no despreocuparte de tu propia carne. Entonces despuntará tu luz como la aurora y tu llaga no tardará en cicatrizar; delante de ti avanzará tu justicia y detrás de ti irá la gloria del Señor. Entonces llamarás, y el Señor responderá; pedirás auxilio, y él dirá: «¡Aquí estoy!». Si eliminas de ti todos los yugos, el gesto amenazador y la palabra maligna; si ofreces tu pan al hambriento y sacias al que vive en la penuria, tu luz se alzará en las tinieblas y tu oscuridad será como el mediodía. El Señor te guiará incesantemente, te saciará en los ardores del desierto y llenará tus huesos de vigor; tú serás como un jardín bien regado, como una vertiente de agua, cuyas aguas nunca se agotan. Reconstruirás las ruinas antiguas, restaurarás los cimientos seculares, y te llamarán «Reparador de brechas», «Restaurador de moradas en ruinas»” (Is 58, 6-12).

Se habla aquí del verdadero ayuno, el que agrada a Dios, y que va más allá de un cumplimiento meramente exterior. El profeta, en nombre de Dios, evalúa la autenticidad de las prácticas externas según el fruto que deben producir. Aquí no se niegan la verdad que tiene el ayuno corporal y su necesidad. En este texto se habla con realismo de injusticia, de opresión, de hambre, y de gente sin techo y desnuda. Es de notar que de estas crudas realidades se afirma la necesidad de hacer algo concreto “y no despreocuparte de tu propia carne”. En esta expresión se afirma una solidaridad, a la cual Jesucristo en sus días dará su pleno fundamento y expresión definitiva.

Según este texto, si se eliminan de nuestra conducta la violencia física y verbal, si rompemos todos los yugos y las injusticias, de la práctica de las obras de misericordia, siguen diversas consecuencias. Reparemos en la iluminación de la existencia, la vida se llena de luz. Es una expresión que se repite: “despuntará tu luz como la aurora”, “tu luz se alzará en las tinieblas y tu oscuridad será como el mediodía”. Se siente la cercanía de un Dios misericordioso que responde al pedido de auxilio del hombre y dice: «¡Aquí estoy!»

Cuando nos centramos en Dios y salimos de nosotros mismos, encontramos paz y alegría y sentimos entusiasmo por socorrer a los demás.

III. El ejemplo de los santos

Mañana la Iglesia en todo el mundo vivirá el gozo de un acontecimiento esperado y extraordinario: la canonización de Madre Teresa de Calcuta. Una gran santa sin duda, a través de la cual, Cristo se hizo presente sembrando alegría y paz, mostrando la sonrisa de Dios hacia los indeseables de este mundo y la hondura de su misericordia.

Les propongo el texto de una charla que ella dio y fue registrado el 23 de octubre de 1983, por uno de los “Colaboradores” de Madre Teresa:

“¿De qué manera podemos poner en acción nuestro amor indiviso a Cristo? Por medio del servicio. Llevando a término lo que la Iglesia nos ha encomendado.

Por lo que a las Hermanas Misioneras de la Caridad se refiere, nosotras emitimos un cuarto voto de servir de todo corazón a los pobres más pobres. A través de este voto, dependemos por completo de la Divina Providencia.

No aceptamos garantías del Estado; ni seguridad social, ni remuneración eclesiástica alguna. No tenemos sueldo ni tarifa de servicios o cuentas bancarias: ningún ingreso económico fijo.

Sin embargo, les puedo asegurar que aún tiene que llegar el día en que tengamos que decir a nuestros asistidos: «Estamos sin recursos». Siempre hay algo.

Y eso es algo…, es la palabra de Dios que ha prometido que somos más importantes para Él que las flores, los pájaros o las hierbas del campo.

El fruto de este trabajo, lo mismo que la capacidad para llevarlo a cabo, viene de la oración. El trabajo que realizamos viene de nuestra unión con Cristo.

Hemos sido llamadas para esto: para dar a Jesús a las gentes del mundo. Para que las gentes puedan tender la mirada y descubrir su amor, su compasión, su humildad en acción”.

Deseo destacar las palabras que, por mi cuenta, he puesto en cursiva y negrita. No podemos silenciar este aspecto (sobre el cual hablaré mañana en La Misa). Aquí tenemos el secreto de su perseverante alegría y entusiasmo.

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La semana pasada, la Iglesia en nuestra patria vivió otro acontecimiento que tuvo como protagonista a una gran mujer de nuestra tierra. El cardenal Angelo Amato inscribió en el catálogo de los beatos a María Antonia de Paz y Figueroa, que adoptó el nombre de María Antonia de San José, conocida por todos como Mama Antula.

No era propiamente una religiosa. Hoy hablaríamos de una “laica consagrada”. Nació en 1730 en la ciudad de Santiago del Estero. Recorrió a pie enormes distancias. Con la expulsión de los jesuitas, tomó la iniciativa de mantener viva la tradición ignaciana de los Ejercicios Espirituales. Fundadora de la Casa de Ejercicios espirituales en Buenos Aires (1799) donde murió. Está enterrada en la Parroquia Ntra. Sra. de La Piedad. Por esa Casa pasaron muchos de los más conocidos protagonistas sociales, políticos y religiosos de nuestra patria, antes y después de la independencia

El Papa Francisco la ha llamado “dócil instrumento de la Providencia y celosa misionera al servicio del Evangelio”.

Es considerada como la primera mujer en reconocer y defender lo que hoy llamamos los derechos humanos de los más pobres. El cardenal Amato la llamó: "una incansable misionera en la formación de los laicos y de los sacerdotes", y destacó que "lograba entrar en las cárceles para convertir y santificar esas almas extraviadas".

“En la base de este incansable apostolado –decía el cardenal– había una vida interior, alimentada por una grande fe en Dios. Un testigo la llama «un portento de la divina Providencia”.

“María Antonia era una enamorada de Jesucristo y amaba profundamente la Eucaristía. Alimentaba una especial devoción al Niño Jesús, el Manuelito[1], como lo llamaba afectuosamente. A la providencia del Niño Jesús se encomendaba cuando necesitaban leña, alimentos, dinero. Exhortaba a sus colaboradores a no preocuparse porque a todo proveería el querido Manuelito. Y de hecho llamaban a la puerta y llegaba lo necesario”.

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Otro gran acontecimiento vivirá nuestra patria el 16 de octubre, cuando el Papa Francisco desde Roma proclame santo al beato José Gabriel del Rosario Brochero, el cura campero y sencillo, apóstol de su pueblo, que supo multiplicar obras de misericordia a favor de su feligresía de Traslasierra

Se trata de un hijo de nuestra tierra, un sacerdote ejemplar, consagrado a su misión de representar el amor misericordioso de Jesucristo por los hombres, lleno de compasión por el pueblo que le encomendaron.

Su canonización será causa de inmensa alegría para la Iglesia argentina y un legítimo orgullo para nuestro pueblo.

Nació en Villa Santa Rosa, el 16 de marzo de 1840, y terminó su vida terrena el 26 de enero de 1914, en Villa del Tránsito, sede de su parroquia, localidad que cambiaría su nombre por el del inolvidable cura. Fue un modelo de creyente y de pastor, capaz de recorrer cientos de kilómetros con su mula, yendo casa por casa y llamando a cada puerta, dentro de la jurisdicción de su parroquia de Villa del Tránsito, en Traslasierra. Un pastor que a imagen de Jesús, el Buen Pastor, conocía y llamaba por su nombre a cada una de sus ovejas.

No se contentó con buscar a los que estaban bien dispuestos, a aquellos que lo recibían con alegría, atraídos por sus modos de cura gaucho. Ni sólo a los que se encontraban en la periferia de la pobreza, sino que se animó con los más descarriados, los que estaban en el delito y en los márgenes de la sociedad, en las periferias de la mala vida y del pecado, en los senderos del crimen y fuera de toda ley.

Podemos decir que la vida de este cura es el mejor comentario a la parábola de la oveja perdida y la alegría del pastor que la carga sobre sus hombros al encontrarla. Sin duda él vivió a fondo esta búsqueda y esta alegría. El próximo santo José Gabriel del Rosario Brochero, había rumiado los Evangelios en largas horas de oración y los conocía de memoria. Imitó a su Maestro según las enseñanzas del Evangelio de San Juan: “Yo soy el buen Pastor: conozco a mis ovejas, y mis ovejas me conocen a mí –como el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre– y doy mi vida por las ovejas” (Jn 10,14-15). El cura Brochero asimiló muy bien las palabras contenidas en el Evangelio de San Mateo, cuando Jesús salía en busca de publicanos y pecadores y comía con ellos: “No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Vayan y aprendan qué significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores” (Mt 9,12-13).

Por medio de su Obispo, Dios le había confiado esta porción del rebaño, y él quiso entregarse sin reservas por su gente. En 1869 dejaba atrás su ministerio en la catedral de Córdoba y su función como prefecto de estudios en el Seminario para dedicarse de lleno a evangelizar a los pobres.

Su gran recurso pastoral fue la práctica de los “ejercicios espirituales” según el método de San Ignacio. Son muchos los testimonios de gente convertida de su anterior vida de pecado y alejamiento de Dios. Y admira mucho la inventiva de este cura para lograr movilizar a sus paisanos durante tres o cuatro días a lomo de mula, cubriendo una distancia de unos 200 kilómetros hasta la ciudad de Córdoba. Allí mantenía a su gente durante unos ocho días, en silencio y oración, de cara a las verdades que dan sentido a la vida. Sus éxitos pastorales y las gracias de conversión que obtenía marcaron para siempre la memoria de su pueblo.

Su confianza en el éxito espiritual de semejante esfuerzo descansaba en la Santísima Virgen, a quien él llamaba la Purísima, y hacia quien sentía la más tierna devoción.

Apóstol infatigable, para él la vida era entregarse por entero a la causa del Evangelio y servir a su gente. Por eso llegó a decir: “Yo me felicitaría si Dios me saca de este planeta, sentado confesando, o explicando el Evangelio”.

Su tarea evangelizadora iba de la mano con la promoción humana de su pueblo. Abrió caminos, levantó escuelas, construyó iglesias y capillas, gestionó ante las autoridades civiles los adelantos que necesitaban sus parroquianos para estar más integrados en la sociedad.

Su caridad pastoral lo llevó a socorrer personalmente a los afectados por el cólera y a visitar y atender a los enfermos de lepra. Esto último lo llevaría a contraer la misma enfermedad que sobrellevó en los últimos años de su vida.

No pueden leerse sin emoción las palabras que surgen de su corazón hacia el final de su vida, cuando está ciego y muy afectado por la lepra: “Yo estoy ciego casi al remate, y apenas distingo la luz del día, y no puedo verme ni mis manos. A más, estoy casi sin tacto desde los codos hasta la punta de los dedos, y de las rodillas hasta los pies (…). Pero es un grandísimo favor el que me ha hecho Dios Nuestro Señor en desocuparme por completo de la vida activa y dejarme con la vida pasiva; quiero decir, que Dios me da la ocupación de buscar mi fin y de orar por los hombres pasados, por los presentes y por los que han de venir hasta el fin del mundo”.

Al aproximarse al término, está en la cumbre de la sabiduría: “Yo me he considerado siempre muy rico, porque la riqueza de una persona no consiste en la multitud de miles de pesos que posee, sino en la falta de necesidades, y que yo tengo muy pocas, y éstas me las satisface Dios por sí mismo, y las otras por medio de otras personas, como son las relativas a la vista, las relativas a vestirme y prenderme…”

***

Queridos hermanos y hermanas, después de meditar con la Palabra de Dios, narramos la vida de los santos, que son los que mejor la vivieron. Los sentimos bien próximos a nosotros e interceden por nosotros.

Todos los bautizados tenemos una vocación misionera, pero con modalidades propias de cada estado de vida, y según nuestros dones y carismas. Debemos revitalizar nuestra fe y conocerla mejor para transmitirla a otros con nuestro testimonio. El papa Francisco no cesa de clamar por una Iglesia misionera, que sale en búsqueda del alejado y extraviado, que no teme ir hacia las periferias existenciales.

Los santos son un estímulo poderoso para nuestra misión. Quien hace esta experiencia debe comprometerse a perseverar y atraer a otros.

Como obispo de esta diócesis de Mar del Plata, quiero impulsar la misión como una dimensión permanente y esencial de la Iglesia. Por eso, exhorto a todos los cuadros apostólicos a salir a las periferias del dolor y de la marginalidad, de la droga, de las cárceles, y de la secularización de la cultura, proponiendo en forma explícita y testimonial el mensaje de Jesucristo nuestro Salvador. Son muchos los hermanos y hermanas que nos esperan, porque anhelan plenitud y sentido de la vida, a veces sin hacerlo del todo consciente.

Que animados por el ejemplo de los santos, se digne el Señor conceder a nuestra Iglesia una hermosa primavera espiritual.

+ Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata

Misericordia y alegría-Jubileo Caritas.docx

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