Homilía de monseñor Marino en la jornada de la vida consagrada

María, aurora del Sol de salvación

Homilía en la fiesta de la Natividad de María

Día de la Vida Consagrada

Catedral de Mar del Plata, 8 de septiembre de 2016

Queridos hermanos y hermanas, representantes de la vida consagrada:

En este Año de la misericordia, los consagrados y consagradas renuevan su compromiso de ser en nuestro mundo testigos de la misericordia del Padre plenamente manifestada en Jesucristo. Lo hacen en la fiesta de la Natividad de la Virgen María, que entre nosotros coincide con el Día de la Vida Consagrada.

La liturgia nos propone algunos textos de la Palabra de Dios, como trasfondo para aproximarnos al sentido profundo de esta fiesta.

El profeta Miqueas hace el elogio de la ciudad de David, de donde nacería también el Mesías esperado: “Y tú, Belén Efratá, tan pequeña entre los clanes de Judá, de ti me nacerá el que debe gobernar a Israel: sus orígenes se remontan al pasado, a un tiempo inmemorial” (Miq 5,1). Al mismo tiempo, anuncia un período de prueba: “el Señor los abandonará hasta el momento en que dé a luz la que debe ser madre; entonces el resto de sus hermanos volverá junto a los israelitas” (Miq 5,2). Se habla de alguien que “será grande hasta los confines de la tierra” (Miq 5,3) y de quien se hace esta afirmación: “¡Y él mismo será la paz!” (Miq 5,4).

Los cristianos leerán este texto con los ojos llenos de la luz de Cristo, con la experiencia pascual. Los orígenes del nuevo David, caracterizados como “tiempo inmemorial” se identificarán con la preexistencia eterna del Hijo de Dios. Su madre, María es la mujer que debía darlo a luz. San Pablo, en su carta a los Efesios, dirá que “Cristo es nuestra paz” (Ef 2,14).

La segunda lectura, tomada de la Carta a los Romanos, nos presenta el misterio de nuestra inmensa dignidad, al afirmar que Dios nos “predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que él fuera el Primogénito entre muchos hermanos” (Rom 8,29). Esta verdad que vale para todo cristiano, aplicada a María, nos lleva a reconocerla como la hija predilecta del Padre, la madre dignísima del Hijo y el sagrario purísimo del Espíritu Santo.

El Evangelio de San Mateo nos hace oír la extensa genealogía de Jesús, que suena monótona, hasta que todo cambia de repente: “Jacob fue padre de José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, que es llamado Cristo” (Mt 1,16).

Sobre este pasaje y su vinculación con este día del nacimiento de María, el cardenal Ratzinger ha escrito una página admirable (8-VIII-2008), que merece ser reproducida:

“Plenitud de los tiempos, luz y alegría. Quizá se logre entender mejor lo que representa el nacimiento de la Virgen para la humanidad si se tiene en cuenta la condición de un encarcelado. Los días del encarcelado son largos, interminables… Cuenta los minutos de la última noche que transcurre en la cárcel. Después, finalmente, las puertas se abren: ¡ha llegado la hora tan esperada de la libertad! Esos minutos interminables, contados uno a uno, nos recuerdan las páginas evangélicas de la genealogía de Jesús. Unos nombres se suceden a otros con monotonía: “Abrahán engendró a lsaac, Isaac engendró a Jacob, Jacob engendró a Judá… Jesé engendró a David, el rey. David engendró a Salomón…” (Mt 1,2.6ab). Hasta que suena, finalmente, la hora querida por Dios: es la plenitud de los tiempos, el inicio de la luz, la aurora de la salvación: “Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, el llamado Cristo” (Mt 1,16)”.

En su bello himno llamado Benedictus, Zacarías, el padre de Juan el Bautista, se refiere al nacimiento de Jesús en estos términos: “gracias a la misericordiosa ternura de nuestro Dios, que nos traerá del cielo la visita del Sol naciente, para iluminar a los que están en las tinieblas y en la sombra de la muerte, y guiar nuestros pasos por el camino de la paz” (Lc 1,78-79).

Si Jesús es el Sol naciente, y la Escritura lo profetizaba como “Sol de justicia que trae la salvación en sus rayos” (Mal 3,20), entendemos porque los Padres consideraron a María como la aurora que anuncia el Día y nos trae la luz. Esto es lo que hoy celebramos.

A la luz de estos textos vemos a la Santísima Virgen íntimamente unida a Jesús. Ella lo anuncia y lo hace presente. ¡Ésta es también la vocación de toda la Iglesia! Los consagrados están llamados a manifestarla ante el mundo en una expresión radical.

El Documento de Aparecida ha expresado la misión de la vida consagrada en estos términos:

“La vida consagrada es un don del Padre por medio del Espíritu a su Iglesia, y constituye un elemento decisivo para su misión. Se expresa en la vida monástica, contemplativa y activa, los institutos seculares, a los que se añaden las sociedades de vida apostólica y otras nuevas formas. Es un camino de especial seguimiento de Cristo, para dedicarse a Él con un corazón indiviso, y ponerse, como Él, al servicio de Dios y de la humanidad, asumiendo la forma de vida que Cristo escogió para venir a este mundo: una vida virginal, pobre y obediente”(DA 216).

En el mismo documento se les pide que, viviendo en comunión con los Pastores, hagan de sus lugares de presencia “espacios de anuncio explícito del Evangelio, principalmente a los más pobres (…). De este modo, colaboran, según sus carismas fundacionales, con la gestación de una nueva generación de cristianos discípulos y misioneros, y de una sociedad donde se respete la justicia y la dignidad de la persona humana” (DA 217).

El Papa Francisco resumía su mensaje a la vida consagrada el 1º de febrero de este mismo año en tres palabras: profecía, cercanía y esperanza.

Respecto de la profecía, decía: “hombres y mujeres consagrados al servicio del Señor que ejercitan en la Iglesia este camino de una pobreza fuerte, de un amor casto que los lleva a una paternidad y a una maternidad espiritual para toda la Iglesia, una obediencia… Esto es la profecía”.

En cuanto a la cercanía, explicaba: “Hombres y mujeres consagrados, pero no para alejar a la gente y tener todas las comodidades… No, para acercarme y entender la vida de los cristianos y de los no cristianos, los sufrimientos, los problemas, las tantas cosas que solamente se entienden si un hombre y una mujer consagrada se hace prójimo”.

Se refirió luego a la escasez de vocaciones y exhortó a la esperanza: “A mí hace tanto bien leer ese pasaje de la Escritura, en la cual Ana –la mamá de Samuel– rezaba y pedía un hijo:– Y el viejo sacerdote que era un poco ciego y que no veía bien, pensaba que estaba ebria. Pero el corazón de aquella mujer: “¡Quiero un hijo!”. Yo les pregunto a ustedes: ¿sus corazones, ante este disminuir de las vocaciones, rezan con esta intensidad? Nuestra congregación tiene necesidad de hijos, nuestra congregación tiene necesidad de hijas… El Señor que ha sido tan generoso no faltará a su promesa. Pero debemos pedirlo. Debemos tocar la puerta de su corazón”.

Queridos consagrados y consagradas, como obispo de Mar del Plata hoy quiero felicitarlos por el don que ustedes han recibido; deseo alentarnos en la misión y en las pruebas del camino; les agradezco por todo lo que aportan a esta diócesis. Y también quiero exhortarlos en el nombre del Señor a no perder de vista la meta de la santidad, que es el testimonio de vida que más necesita la Iglesia: “sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo” (Mt 5,48).

+ Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata

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