Homilía de monseñor Marino en la misa del sábado en la 48° Invasión de Pueblos

“Testigos de la misericordia”

(Papa Francisco)

Homilía en la 48ª Invasión de Pueblos

Balcarce, 24 de septiembre de 2016

Domingo 26º del tiempo ordinario C

Queridos jóvenes:

Este encuentro anual es un momento muy esperado por mí y por ustedes. A través del Obispo y de los organizadores, es el mismo Cristo quien los convoca y los reúne para hacer esta experiencia de Iglesia. En este Año de la misericordia, el lema que inspira esta 48ª Invasión de Pueblos es: “Testigos de la misericordia”.

El pasaje del Evangelio de San Lucas que acabamos de escuchar nos ayuda a entender la misericordia que Jesús espera que nosotros practiquemos, si queremos ser reconocidos como sus discípulos.

La Palabra de Dios nos presenta en este domingo la parábola del hombre rico y del pobre Lázaro. Hay un gran contraste entre el rico y Lázaro. Del rico se dice que viste de manera muy refinada y que vive de banquete en banquete; su vida es una fiesta. Del pobre se afirma que se llama Lázaro, que en hebreo significa “Dios ayuda”. Se encuentra en una situación miserable porque “yace” a la puerta del rico, está “cubierto de llagas”, tiene hambre y piensa en las sobras que caen de la mesa del rico, “y hasta los perros iban a lamer sus llagas”. La diferencia entre ambos no puede ser mayor.

Sólo hay un aspecto de semejanza: son iguales en la muerte. Aunque en lo exterior hay todavía una diferencia, porque de uno y otro se dice que murieron: “el pobre murió … el rico también murió”; pero del rico se añade que “fue sepultado”. Podemos entonces imaginar que por la gran disparidad entre ambos entierros, el del pobre ni merece una mención.

A partir de allí, sigue una gran diferencia pero en sentido inverso. El pobre es llevado por los ángeles al seno de Abraham y está sentado junto a él como en un banquete; mientras que el rico está en un lugar de tormento.

El diálogo que se establece entre el rico y Abraham nos permite entender que existe un abismo entre la situación de Lázaro y la del rico, quienes ya no pueden cambiar su destino.

Este abismo, en realidad, se lo ha preparado en esta vida el mismo rico con su ceguera espiritual. En esta parábola no se le reprocha el ser rico ni haber cometido un crimen. Su pecado consiste en la indiferencia ante la necesidad del prójimo, en estar atado a su riqueza, a tal punto que ya no tiene ojos para descubrir al pobre, ni para socorrerlo. Todo comienza por haber perdido la capacidad de ver a Dios, en no detenerse a considerar lo que dicen la Ley de Moisés y los Profetas, o sea la Palabra de Dios. Se ha vuelto insensible para las cosas de Dios y para descubrir la necesidad del prójimo que tiene bien cerca.

La parábola nos deja la enseñanza de que la riqueza encierra el peligro de atraparnos. Creyendo que poseemos bienes, resulta que esos bienes nos poseen a nosotros. Pero lo único que nosotros poseemos de verdad es el amor con que aprendimos a darnos a los demás. Esto es lo que nos califica como personas y como cristianos. Debemos aprender que de esta vida nada nos llevaremos fuera del amor a Dios y de los actos de amor y misericordia hacia nuestro prójimo. Sólo el amor gratuito y la actitud compasiva nos abren el paso a la felicidad de la vida eterna.

Ha querido el Papa Francisco que este año en toda la Iglesia se renovara la conciencia de que tenemos un “Dios rico en misericordia”, que nos ha salvado gratuitamente, y nos ha amado con un “gran amor”. Nos lo mostró en su Hijo Jesucristo. Es de esta experiencia de la misericordia divina sobre nosotros que debe surgir nuestro testimonio de amor misericordioso hacia los demás.

Seguramente, en las distintas parroquias de donde ustedes provienen, habrán oído hablar de las obras de misericordia corporales: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, acoger al forastero, asistir los enfermos, visitar a los presos, enterrar a los muertos. Junto a éstas, no debemos olvidar las obras de misericordia espirituales: dar consejo al que lo necesita, enseñar al que no sabe, corregir al que yerra, consolar al triste, perdonar las ofensas, soportar con paciencia las personas molestas, rogar a Dios por los vivos y por los difuntos.

El 2 de abril de este año, en la Vigilia de oración con ocasión de la fiesta de la Divina Misericordia, decía el Santo Padre: “Puede ser fácil hablar de misericordia, mientras que es más difícil llegar a ser testigos de esa misericordia en lo concreto. Este es un camino que dura toda la vida y no debe detenerse (…). ¡Toda la vida, toda la vida nos compromete a esto!”

Queridos jóvenes ¡qué importante es para todos, en general, y para ustedes, en especial, esto que dice el Santo Padre!: “Éste es un camino que dura toda la vida y no debe detenerse”.

A la Santísima Virgen María la llamamos Reina y Madre de misericordia. Al contemplarla con su Niño en sus brazos, o erguida al pie de la cruz, entendemos por qué. Ella nos dio la mayor riqueza que tenía: su Hijo Jesucristo, rostro humano de la misericordia divina.

A ella los encomiendo con mi mayor afecto, y en el nombre de su Hijo los bendigo.

+Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata

Homilía Invasión Balcarce.docx

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