La diócesis peregrina a la basílica de Luján | Homilía de monseñor Marino en la misa

Esta mañana luego de viajar durante toda la noche desde Mar del Plata, cientos de fieles llegados de todos los rincones de la diócesis, arribaron a la Basílica de Luján para la peregrinación diocesana a dicho templo, que se realiza tradicionalmente para esta fecha, desde los tiempos en que monseñor Eduardo Pironio era obispo de Mar del Plata. Por la mañana se realizó la misa presidida por monseñor Antonio Marino obispo de Mar del Plata y concelebrada por sacerdotes diocesanos; por la tarde se espera el desarrollo del rosario animado por los seminaristas diocesanos.

Aquí compartimos la homilía completa de monseñor Marino en la misa de esta mañana:

“Madre, ayúdanos a ser testigos de la misericordia”

Homilía en la Misa de la peregrinación diocesana a Luján

Domingo 13 de noviembre de 2016

Queridos hermanos, queridos fieles marplatenses:

I. “Gracias a la constancia salvarán sus vidas” (Lc 21,19)

Acabamos de oír en el Evangelio: “Gracias a la constancia salvarán sus vidas” (Lc 21,19). Jesús sabe que después de su partida comienza el tiempo de la Iglesia. Con mirada profética abarca todos los siglos hasta su retorno en gloria, al fin del mundo. Prepara a los suyos y les da orientaciones para no confundirse. Les habla de hechos venideros que infundirán temor, como la destrucción del templo de Jerusalén, la aparición de falsos profetas, guerras y revoluciones, fenómenos aterradores, terremotos, hambre y peste en muchas partes. Sus discípulos experimentarán odio, desprecio, cárceles y persecución a causa de su fe en Él. ¿No se parece todo esto a lo que oímos y sabemos que ocurre cada día en algún lugar del mundo?

Tampoco nuestra patria está exenta de inquietud, aunque no hablemos de guerras y persecuciones manifiestas. Es claro que desde hace mucho tiempo se ha deteriorado la calidad de vida dentro de la sociedad. No me refiero sólo a los aspectos económicos, sino principalmente a la calidad de la convivencia, al olvido de los principios morales y a la ausencia del sentido trascendente de la vida.

Es algo extensa y por demás conocida la lista de los males que inquietan a los argentinos: la criminalidad sostenida y el auge del narcotráfico, el aumento del número de pobres y el desempleo de muchos, las noticias sobre hechos de corrupción en escala insospechada, son algunos entre los principales. Pero tampoco olvidamos la crisis profunda del matrimonio y la familia y la sombra de leyes y protocolos que amenazan la vida por nacer. La palabra de la Iglesia, sobre los temas mencionados en primer lugar, suele ser recibida con respeto. En cuanto a los nombrados en segundo lugar, puede despertar reacciones airadas y ataques a nuestras posturas, consideradas como un freno al progreso de la sociedad. Pero la Iglesia, por fidelidad a Jesucristo, no puede dejar de hablar sobre estos temas.

Jesús nos consuela. No nos deja solos. Estará siempre al lado nuestro: “yo mismo les daré una elocuencia y una sabiduría que ninguno de sus adversarios podrá resistir ni contradecir” (Lc 21,15). “Esto les sucederá para que puedan dar testimonio de mí” (Lc 21,13).

Aunque tiemblen los cimientos y se desplome el techo, en la intemperie o en medio de lágrimas, nuestra fe en Cristo y nuestro testimonio sobre Él permanecen inquebrantables. Así se abre paso el Evangelio de Cristo en los corazones de los hombres. Así se difundió el cristianismo en la historia, como decía San Agustín: “entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios”.

II. Reina y Madre de misericordia

Nuestro mundo contemporáneo, que puede exhibir admirables avances tecnológicos, no logra mediante los mismos crear un mundo más humano. Tampoco nuestra patria logra la elemental concordia y la necesaria reconciliación. La experiencia de nuestra incapacidad nos debe llevar a la conclusión de que necesitamos ser socorridos. En otras palabras, necesitamos experimentar misericordia.

Ante el rostro de nuestra Madre de Luján, se nos abren los oídos para escuchar su mensaje: “Hagan todo lo que Él les diga” (Jn 2,5). Más que nunca necesitamos escuchar y “hacer” lo que Jesús nos enseña. Él es el rostro de la misericordia del Padre; Él es quien ha venido a buscar lo que estaba perdido, a perdonar a los pecadores y hacerles sentir la alegría de la conversión. El encuentro con Él cambió la vida de los publicanos Mateo y Zaqueo, de mujeres como María Magdalena y la pecadora a punto de ser apedreada, y la de tantos hombres y mujeres de todas las edades a lo largo de los siglos. Por eso mismo, supieron ser testigos y pregoneros de la misericordia.

La Santísima Virgen María es la creatura que más profundamente vivió su existencia envuelta en la misericordia divina, desde su concepción inmaculada. Por eso mismo, ella es profetisa del amor misericordioso que el Padre quiso derramar sobre ella y sobre la humanidad.

En su corazón de “Reina y Madre de misericordia” depositamos todas nuestras necesidades espirituales y temporales, personales y diocesanas.

III. Te damos gracias, Señor

Como todos los años venimos en peregrinación a este venerado santuario de Luján. Toda la diócesis está aquí representada. Este año lo hacemos bajo el lema: “Madre, ayúdanos a ser testigos de la misericordia”. Vinculamos esta visita con un acontecimiento significativo, porque el 11 de febrero de 1957, mediante la bula Quandoquidem adoranda, el Papa Pío XII decidía la creación de la diócesis de Mar del Plata. En el ya próximo año 2017 cumplirá, por tanto, sesenta años de existencia. Nuestra peregrinación quiere ser como un prólogo a esa efemérides.

Damos gracias por todos los pastores y ministros de la Iglesia que la han gobernado. También por los consagrados y consagradas, y por los fieles laicos que con espíritu misionero han empeñado sus esfuerzos por el crecimiento del Reino de Cristo en los corazones de los hombres.

Nos unimos además al gozo de toda la Iglesia en Argentina por la beatificación de María Antonia de San José, conocida como “Mama Antula”, y de San José Gabriel del Rosario Brochero.

El Siervo de Dios, cardenal Eduardo Pironio, segundo obispo de nuestra diócesis, venía a este lugar como un sediento va a la fuente de agua fresca. Para él, éste era su templo preferido, la casa de María por excelencia, donde quiso que descansaran sus restos. Nuestra Iglesia confía en que su causa pueda avanzar en Roma y como obispo diocesano invito a todos a rezar por esta intención. La mejor manera de disponernos será con nuestro esfuerzo cotidiano de conversión a la santidad.

Que a todos alcance la protección maternal de la Madre de Dios, Santa María de Luján. En el nombre de su Hijo Jesucristo, bendigo a presentes y ausentes con mi bendición más cordial.

+ Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata

Descargá la Homilía Luján 16.doc

Agradecemos la colaboración de Juan Pablo Arrachea en las fotos.

 

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