Homilía de monseñor Marino en la solemnidad de Santa Cecilia

“Por Él suspira todo nuestro amor y canta el cántico nuevo”

(San Agustín)

Homilía en la solemnidad de Santa Cecilia

Patrona de la Diócesis de Mar del Plata

22 de noviembre de 2016

Queridos hermanos:

Éste es uno de los días en los que se intensifica la comunión diocesana. Nuestra iglesia catedral, es también la sede de la parroquia Santa Cecilia, que hoy celebra solemnemente sus fiestas patronales. La célebre santa romana de los primeros siglos es también patrona de la ciudad de Mar del Plata y de toda la diócesis desde su creación.

Aunque disponemos de pocos datos históricos, sabemos que quiso consagrar su virginidad a Cristo y brindó el supremo acto de amor a Él mediante el martirio. La memoria de este hecho se conservó en el tiempo y su nombre fue introducido en el Canon Romano. Los textos bíblicos de esta Misa, nos brindan el marco mejor para interpretar el mensaje que nos deja su celebración. Esto nos basta. Hablar de Santa Cecilia es hablar de la belleza de la vida entendida como ofrenda de amor a Cristo.

El profeta Oseas, bajo inspiración divina, presenta una tensión dramática entre el amor fiel de Dios a su pueblo y la infidelidad de Israel, con quien se ha unido en Alianza matrimonial, como con una esposa elegida y amada.

Pero el amor de Dios es más fuerte que la infidelidad de la esposa y pone en movimiento los recursos de su gracia para volver a enamorarla: “Yo la seduciré, la llevaré al desierto y le hablaré de su corazón (…). Allí, ella responderá como en los días de su juventud, como el día en que subía del país de Egipto” (Os 2,16-17). Por eso el profeta anuncia el triunfo final del amor perseverante de Dios sobre el pecado y la infidelidad de los hombres: “Yo te desposaré para siempre, te desposaré en la justicia y el derecho, en el amor y la misericordia; te desposaré en la fidelidad, y tú conocerás al Señor” (Os 2,21-22).

El Salmo 44 canta la belleza de la mujer que, al ser elegida por el rey, se convierte en reina de singular encanto, revestida con sus joyas. Tenemos aquí un símbolo del matrimonio espiritual entre Dios e Israel, el pueblo de la Alianza.

Este misterio de alianza nupcial entre Dios y el pueblo elegido alcanzará su pleno cumplimiento en Cristo, quien en el evangelio que hemos escuchado se identifica con el esposo de la parábola de las diez vírgenes: “El Reino de los Cielos será semejante a diez jóvenes que fueron con sus lámparas al encuentro del esposo” (Mt 25,1).

San Pablo en sus cartas ahondará la reflexión sobre Cristo esposo de la Iglesia, misterio que se prolonga en el amor nupcial entre Cristo y el alma de cada creyente.

En la parábola de las diez vírgenes o jóvenes del cortejo que acompañará al novio, se contrapone la prudencia de unas que van bien provistas de aceite para sus lámparas en previsión de una tardanza, y la necedad de otras que se olvidaron de llevarlo. Hay aquí una lección sobre la vigilancia. Estar en vela en plena noche es la consigna de la cual vive la Iglesia que, bajo distintas metáforas, se repite mucho en las enseñanzas de Jesús.

Comparada con la eternidad en la Jerusalén celestial, esta vida temporal puede ser considerada noche, por momentos muy oscura. Es importante proveerse del aceite de la unión con Cristo. Escuchemos el comentario de San Agustín a la parábola mencionada: “Vela con el corazón, con la fe, con la esperanza, con la caridad, con las obras (…): prepara las lámparas, cuida de que no se apaguen, aliméntalas con el aceite interior de una recta conciencia; permanece unido al Esposo por el amor, para que Él te introduzca en la sala del banquete, donde tu lámpara nunca se extinguirá” (San Agustín, Sermones 93,17).

Es consolador leer en las últimas páginas de la Biblia, que figuran entre las más hermosas, estas palabras del libro del Apocalipsis donde la ciudad celeste, que es la Iglesia esposa de Cristo, encuentra la plenitud de la luz, disipada ya toda oscuridad: “Y la Ciudad no necesita la luz del sol ni de la luna, ya que la gloria de Dios la ilumina, y su lámpara es el Cordero” (Ap 21,23). Al mismo tiempo encontramos formulado el anhelo de toda la Iglesia esposa a lo largo de los siglos hasta la Parusía: “El Espíritu y la Esposa dicen: «¡Ven!», y el que escucha debe decir: «¡Ven!». Que venga el que tiene sed, y el que quiera, que beba gratuitamente del agua de la vida” (Ap 22,17).

La virgen Cecilia, consagró su amor Cristo y lo mantuvo hasta el extremo de entregar la vida por Él. En el relato de su célebre Pasión nos encontramos con un revestimiento simbólico y con elementos legendarios que no nos deben distraer de lo esencial. Hasta el día de hoy, ella quedó inmortalizada como patrona de la música, precisamente por este pasaje que dice: “mientras sonaban los instrumentos musicales, ella cantaba en su corazón a su único Señor: «Haz, Señor, mi corazón y mi cuerpo inmaculados y no sea yo defraudada»”.

San Agustín y otros Padres de la Iglesia se han encargado de interpretar nuestra vida en Cristo como cántico ininterrumpido que se prolongará por la eternidad. En continuidad con ellos, el Magisterio de la Iglesia a través de numerosos documentos nos exhorta a saber vincular la belleza interior de la vida en Cristo con la belleza exterior de las expresiones superiores del arte.

Nos vamos acercando a la conmemoración de los sesenta años de la creación de nuestra diócesis que, Dios mediante, celebraremos el 11 de febrero de 2017. Recordar este acontecimiento implica tomar nueva conciencia de las condiciones de fecundidad.

La Iglesia es fecunda cuando vive en la fidelidad virginal; cuando permanece en la integridad de la doctrina recibida de Cristo y los Apóstoles; cuando mantiene encendida la lámpara de la fe buscando salir para iluminar la vida de los hombres.

La Iglesia es fecunda cuando sufre contradicción de la mentalidad adversa del mundo y sabe ir contra la corriente, sin dejar de amar a los hombres de nuestro tiempo.

La Iglesia es fecunda cuando imita a la virgen santa Cecilia quien “llevaba siempre sobre su corazón el Evangelio de Cristo y no cesaba, ni de día ni de noche, de orar y de hablar con Dios”, según interpreta el antiguo relato.

La Iglesia es fecunda en el martirio cruento de la sangre y también en el sufrimiento que implica quedar en soledad ante el mundo por fidelidad al Señor.

La Iglesia es fecunda cuando se renueva en santidad. Por eso, damos gracias a Dios por la beatificación de Sor María Antonia de San José, conocida como Mama Antula; y por la canonización del Santo Cura Brochero, pues de ambos recibimos un poderoso estímulo para entender la vida como vocación a la santidad.

Sea Santa Cecilia en esta hora, poderosa intercesora ante el Señor.

+ Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata

Homilía Santa Cecilia 2016.docx

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