Meditación de Adviento para el clero | Monseñor Antonio Marino

“Estén prevenidos (…) estén preparados”

(Mt 24,42.44)

Retiro de Adviento para el Clero

Mar del Plata, Casa «San Francisco y Santa Clara», 28 de noviembre de 2016

I. La pedagogía del Adviento

El tiempo de Adviento es una pedagogía de cuatro semanas que nos conduce a una celebración fructuosa de la Navidad. (Este año tenemos un Adviento de cuatro semanas completas porque Navidad cae en domingo. Normalmente la cuarta semana es más corta, tiene menos días. Cuestiones del calendario lunar).

Hablamos del Adviento como pedagogía. Es palabra que viene del griego: pais significa niño; agein significa conducir. Pedagogo era la persona (el servidor o esclavo) que tomaba al niño de la mano y lo llevaba a la didaskaleia, a la escuela. La liturgia es una excelente escuela y nosotros los pastores somos los pedagogos. O también los mistagogos, vale decir los que conducimos a los fieles para que entren en el misterio, el “misterio de Cristo”.

¿Por qué nos reunimos? Porque nosotros que por nuestro oficio debemos continuamente hablar, enseñar, no podemos estar siempre en perpetuo movimiento, volcados a ocupaciones exteriores, muy necesarias por cierto y requeridas por nuestra caridad pastoral. Si bien la vida es movimiento, además del movimiento físico, de las ocupaciones temporales o de la traslación de lugares, está el movimiento interior y espiritual de la búsqueda de autenticidad en Cristo, que redunda en nuestro servicio a la gente a la que queremos servir. Si estamos aquí y nos apartamos un momento, es porque queremos servir mejor a Cristo y a nuestros hermanos. Y damos también testimonio de unidad eclesial.

Las grandes solemnidades de la liturgia deben ser pedagógicamente preparadas. No podemos resignarnos pasivamente a que lleguen.

Debemos prepararlas con nuestra actitud interior, porque daremos a los demás de aquello que hemos recibido por gracia, y que hemos previamente asimilado, y por tanto nos llena. Si lo que hacemos, lo que organizamos, lo que predicamos no nos llena, no nos impregna, esto terminará notándose.

Estas solemnidades debemos pensarlas también en su celebración para los fieles, porque somos pastores del Pueblo de Dios y nuestra espiritualidad está intrínsecamente vinculada con Cristo que es nuestra Vida, y con el ministerio o servicio a los demás, razón de ser de nuestra ordenación sacerdotal. Este segundo aspecto, pastoral, implica pensar y preparar pedagógicamente la Navidad, tomando iniciativas en proporción con lo que vemos que es una necesidad de los fieles, las posibilidades que tiene la parroquia, despertando la creatividad del laicado, facilitando el acceso al servicio de confesiones, proponiendo alguna obra de misericordia, o asociándonos en el decanato. ¡Cómo ayuda a los fieles un digno pesebre! Sólo menciono algunas sugerencias.

II. En vela entre el tiempo y la eternidad

El Adviento se abre todos los años con una mirada hacia el término de toda la historia de la humanidad y también hacia el término de nuestra vida personal. El Señor nos invita a estar en vela: “Estén prevenidos (…) estén preparados” (Mt 24,42.44). Hay aquí una lección sobre la vigilancia. Estar en vela es una metáfora de la espera del Señor. Conlleva la experiencia de la noche, que es un símbolo de nuestra vida terrena comparada con la eternidad, que es el día sin ocaso.

Recordemos el hermoso texto del Apocalipsis: “Y la Ciudad no necesita la luz del sol ni de la luna, ya que la gloria de Dios la ilumina, y su lámpara es el Cordero” (Ap 21,23). La vida eterna es plena luz, pleno día. Y la vida eterna es la vida de Dios. Como dice un himno de la Liturgia de las horas: “Dios de la luz, presencia ardiente sin meridiano ni frontera: vuelves la noche mediodía…”. Y eso es lo que le pedimos a Dios, que vuelva nuestra noche mediodía y que ahuyente nuestras tinieblas personales y comunitarias.

También podemos evocar las palabras testimoniales del apóstol San Pedro sobre la transfiguración. Él fue testigo ocular de ese acontecimiento y en referencia a la voz del Padre que identificó a Cristo como su “Hijo muy querido”, Pedro afirma: “Así hemos visto confirmada la palabra de los profetas, y ustedes hacen bien en prestar atención a ella, como a una lámpara que brilla en un lugar oscuro hasta que despunte el día y aparezca el lucero de la mañana en sus corazones” (2Pe 1,19). Esta vida temporal transcurre en el mundo que es un lugar muy oscuro, que también puede ser llamado “tierra de sombras”, como dice literalmente el texto de Isaías 9,1, o bien “país de la oscuridad”.

En medio de la noche del mundo, la fe es un anticipo de la luz plena de la eternidad. Estar en vela en plena noche, la noche del mundo, iluminados por la luz interior de la fe que nos abre a la esperanza, ésta es la consigna de la cual vive la Iglesia.

Decimos de la vida eterna que es luz plena, “sin meridiano ni frontera”. Y también decimos de Cristo hombre que es luz, como él mismo se define: “Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la Vida” (Jn 8,12). Y más adelante: “La luz está todavía entre ustedes, pero por poco tiempo. Caminen mientras tengan la luz, no sea que las tinieblas los sorprendan: porque el que camina en tinieblas no sabe a dónde va. Mientras tengan luz, crean en la luz y serán hijos de la luz” (Jn 12,35-36). Otros textos de San Juan van en el mismo sentido.

San Pablo, en la Primera Carta a los Tesalonicenses —que es considerada el primer escrito del Nuevo Testamento, del año 51— escribe este texto de notable proximidad de ideas con lo que Jesús enseña en el evangelio de San Mateo que escuchamos ayer, domingo 1º de Adviento:

“Hermanos, en cuanto al tiempo y al momento, no es necesario que les escriba. Ustedes saben perfectamente que el Día del Señor vendrá como un ladrón en plena noche. Cuando la gente afirme que hay paz y seguridad, la destrucción caerá sobre ellos repentinamente, como los dolores de parto sobre una mujer embarazada, y nadie podrá escapar. Pero ustedes, hermanos, no viven en las tinieblas para que ese Día los sorprenda como un ladrón: todos ustedes son hijos de la luz, hijos del día. Nosotros no pertenecemos a la noche ni a las tinieblas. No nos durmamos, entonces, como hacen los otros: permanezcamos despiertos y seamos sobrios. Los que duermen lo hacen de noche, y también los que se emborrachan. Nosotros, por el contrario, seamos sobrios, ya que pertenecemos al día: revistámonos con la coraza de la fe y del amor, y cubrámonos con el casco de la esperanza de la salvación” (1Tes 5,1-8).

Hay otro texto convergente de la Carta a los Romanos donde encontramos también la contraposición entre las obras de las tinieblas y las obras de la luz, entre la noche y la proximidad del día: “Ustedes saben en qué tiempo vivimos y que ya es hora de despertarse, porque la salvación está ahora más cerca de nosotros que cuando abrazamos la fe. La noche está muy avanzada y se acerca el día. Abandonemos las obras propias de la noche y vistámonos con la armadura de la luz. Como en pleno día, procedamos dignamente…” (Rom 13,11-13). Texto que escuchamos ayer.

Tanto Jesús en el evangelio, como San Pablo en sus cartas, nos hablan del aspecto sorpresivo e inesperado que puede tener la llegada del Día del Señor al final de los tiempos y también al final de nuestra vida terrena. Se menciona la noche, se alude al sueño y somos exhortados a la vigilancia para un combate.

III. La luz de la eternidad, Cristo luz, y la luz de la fe

En este momento podemos detenernos en una pregunta: si comparada con el día de la eternidad esta vida es noche, y si Jesús es la luz del mundo, ¿qué diferencia hay entre la luz de la eternidad “sin meridiano ni frontera” y la luz que nos trae Cristo?

La luz que nos trae Cristo es la luz de la fe, mediante la cual avanzamos con certezas inconmovibles acerca de lo que no vemos. Por eso leemos en la Carta a los Hebreos: “la fe es la garantía de los bienes que se esperan, la plena certeza de las realidades que no se ven” (Heb 11,1).

Pero estas certezas no nos ahorran la inquietud espiritual de quien aspira a más, ni suprime la experiencia psicológica de un vacío que espera ser colmado. Por eso San Pablo establece la diferencia entre el conocimiento imperfecto y el perfecto: “Ahora vemos como en un espejo, confusamente; después veremos cara a cara. Ahora conozco todo imperfectamente; después conoceré como Dios me conoce a mí” (1Cor 12,12). Y en su segunda Carta a los Corintios dice: “nosotros caminamos en la fe y todavía no vemos claramente” (2Cor 5,7).

La fe que nos da certezas no nos quita el trabajo de seguir siempre buscando. Por eso, somos exhortados a perseverar y a crecer en la fe.

En la Carta a los Colosenses leemos: “Así podrán comportarse de una manera digna del Señor, agradándolo en todo, fructificando en toda clase de obras buenas y progresando en el conocimiento de Dios” (Col 1,10). Este progreso en el conocimiento de Dios no se realiza sólo por los contenidos sino también por la experiencia interior de las realidades sobrenaturales, por la fuerza de la adhesión y la familiaridad con Dios.

San Pedro en la Primera Carta nos da un rasgo de este crecimiento en la fe: “Como niños recién nacidos, deseen la leche pura de la Palabra, que los hará crecer para la salvación” (1Pe 2,2). La fe crece recibiendo la Palabra divina con un corazón bien dispuesto. Crece también por la meditación frecuente de esa Palabra que se convierte en oración y nos mueve a obrar por la caridad (Gal 5,6). El ejercicio de la caridad lleva a crecer en la fe.

En estos textos de la Escritura y otros semejantes están las bases bíblicas desde las cuales en los siglos posteriores se irá desarrollando la doctrina tradicional de las etapas de desarrollo de la vida espiritual, cuyo crecimiento pasa por la experiencia de la noche oscura de la sensibilidad y de las potencias superiores, las facultades espirituales del hombre.

El Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña: “Luminosa por Aquel en quien cree, la fe es vivida con frecuencia en la oscuridad. La fe puede ser puesta a prueba. El mundo en que vivimos parece con frecuencia muy lejos de lo que la fe nos asegura; las experiencias del mal y del sufrimiento, de las injusticias y de la muerte parecen contradecir la buena nueva, pueden estremecer la fe y llegar a ser para ella una tentación” (CCE 164).

Esto debe ser visto como una invitación a fortalecernos y prepararnos para una lucha espiritual que se extiende a lo largo de toda la vida. Nuevamente San Pedro: “Sean sobrios y estén siempre alerta, porque su enemigo, el demonio, ronda como un león rugiente, buscando a quién devorar. Resístanlo firmes en la fe, sabiendo que sus hermanos dispersos por el mundo padecen los mismos sufrimientos que ustedes” (1Pe 5,8-9). Esta última afirmación nos hace reflexionar. Cuando nos sentimos inclinados a quejarnos por esto y aquello, pensemos en las atrocidades que padecen los cristianos en Medio Oriente, en Asia y África, o las vidas trágicas de hermanos más cercanos. ¿De qué nos quejamos?

IV. Estar en vela o estar dormidos en los advientos del Señor

La vida cotidiana y ordinaria nos puede adormecer y creyendo estar despiertos resulta que estamos dormidos o distraídos para lo esencial. La rutina de trabajo y un realismo sólo humano que mira a lo urgente y a lo práctico, nos pueden llevar a una mirada casi pagana de la realidad. El que cree ser realista y tiene satisfacción sólo en su eficiencia, en realidad es miope o ciego y no ve la verdadera realidad que tiene delante, ¡se le escapa!

Jesús nos invita al verdadero realismo cristiano, que no es evasión o fuga o falso idealismo, sino estar espiritualmente despiertos y siempre atentos. El realismo cristiano no es huida de las cosas de este mundo, sino mirarlas con los ojos de Cristo. El realismo cristiano es resultado del encuentro entre la vida concreta con su complejidad y exigencias y los reflejos vitales de una fe madura.

De este realismo nos viene el estar “prevenidos y preparados” porque ignoramos la hora de su venida, ya que “el Hijo del hombre vendrá a la hora menos pensada” (Mt 24,44).

A raíz de esto, pensamos en los distintos advientos del Señor.

Pensamos en la venida gloriosa del Señor. Pensamos también en la hora final de nuestra vida cuyo término se nos escapa. Todos podemos haber hecho la experiencia de personas queridas cuyo fin fue muy prematuro o trágico. El cristiano maduro se entrena en la aceptación de la visita del Señor para llevarnos cuando su Providencia lo disponga.

Pensamos en la preparación de la Navidad. Durante el tiempo del Adviento la Iglesia nos llevará, sobre todo en las últimas semanas, a detenernos en la venida histórica de Jesucristo, que fue esperada y preparada durante siglos, y ya dijimos el bien que podemos hacer ayudando a vivir la Navidad con nuestras iniciativas. En una época en que la Navidad está tan secularizada, Jesús Niño es el gran ausente. La televisión, la propaganda y los comercios presentan la figura de Papá Noel, o de un trineo o de un árbol de Navidad cuyo significado se ha perdido. Se habla mucho de la cena de Navidad y de los regalos, y el saludo se diluyó en un genérico “felices fiestas”. Nada sobre el nacimiento de Cristo. De allí la importancia de encarar con sentido misionero una salida de nuestros cuadros apostólicos con estudiadas iniciativas.

Pero “entre la primera venida ya cumplida y la última que esperamos, se sitúa la venida permanente del Señor en los acontecimientos de la vida”. En este tiempo de preparación a la Navidad debemos tomar conciencia de que el Señor sigue viniendo a nosotros en las cosas ordinarias y extraordinarias, en alegrías y tristezas, o en acontecimientos que nos ponen en crisis, de la vida personal, social o eclesial.

Pensamos, por tanto, en la venida cotidiana de Cristo, espiritual y escondida, golpeando a la puerta del corazón y pidiendo ser reconocido en el prójimo enfermo y necesitado, aprendiendo a tomar comunitariamente iniciativas que ya han mostrado su eficacia.

En nuestro camino de vida experimentamos pruebas y tentaciones de distinto tipo. Recordemos aquí dos textos. El primero del Evangelio de San Lucas: “Cuando comience a suceder esto, tengan ánimo y levanten la cabeza, porque está por llegarles la liberación” (Lc 21, 28). El segundo lo tomo de San Juan: “Les digo esto para que encuentren la paz en mí. En el mundo tendrán que sufrir; pero tengan valor: yo he vencido al mundo” (Jn 16,33).

Jesús nos consuela. No nos deja solos. Estará siempre al lado nuestro. Aunque tiemblen los cimientos y se desplome el techo, en la intemperie o en medio de lágrimas, nuestra fe en Cristo y nuestro testimonio sobre Él permanecen inquebrantables. Si vivimos así se abrirá paso el Evangelio de Cristo en los corazones de los hombres.

Entre la primera venida ya cumplida y la última que esperamos, se sitúa la venida permanente del Señor en los acontecimientos de la vida: “Yo estoy junto a la puerta y llamo: si alguien oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos” (Ap 3,20).

+ Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata

 

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