Homilía de monseñor Marino en la clausura de la 43° Marcha de la Esperanza

“Madre, ayúdanos a ser testigos de la Misericordia”

Homilía en la Misa de clausura de la 43ª Marcha de la Esperanza

Conclusión diocesana del Año de la Misericordia

Catedral de Mar del Plata, sábado 3 de diciembre de 2016

Queridos hermanos:

Al término de nuestra tradicional Marcha de la Esperanza, celebramos la Eucaristía, el mayor tesoro que tenemos. Centro de nuestra vida, “fuente y culminación de toda la tarea evangelizadora de la Iglesia” (PO 5). Por razones pastorales elegimos esta fecha como cierre diocesano del Año de la misericordia, por contar aquí con una participación multitudinaria de fieles.

I. Adviento y conversión

En este segundo domingo de Adviento, se destaca la figura austera y fuerte de Juan el Bautista, voz profética que llama a la conversión: “Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca” (Mt 3,2). Con palabras duras busca provocar un cambio de vida, abrir una brecha en la mentalidad de los oyentes que acudían numerosos, incluidos fariseos y saduceos. A estos los llama “raza de víboras” y les pide “una sincera conversión”. No basta la pertenencia de sangre al Pueblo de Abraham: “Porque yo les digo que de estas piedras Dios puede hacer surgir hijos de Abraham” (Mt 3,9). La verdadera pertenencia no es carnal ni es cuestión de apariencia exterior sino de cambio interior por una fe coherente que lleva a la práctica la palabra escuchada. Hay que prepararse a recibir al que trae el verdadero bautismo “en el Espíritu Santo y en el fuego” (Mt 3,11). No se trata de una limpieza sólo exterior mediante el agua, sino de una renovación interior por la vida del Espíritu Santo, que es fuego ardiente que quema todo lo malo e incompatible con Dios.

La cercanía de la Navidad exige una disposición espiritual. Se acerca la Navidad y debemos prepararla. Es un momento especial de gracia y renovación. Pero los cristianos debemos tener disposición interior y permanente para otras formas de venida inminente del Reino de Dios: la venida al fin de nuestra vida y al fin de la historia, cuyo momento ignoramos, y también su venida silenciosa de cada día, como dice el prefacio de la Misa: “El mismo Señor que se nos mostrará entonces lleno de gloria viene ahora a nuestro encuentro en cada hombre y en cada acontecimiento, para que lo recibamos en la fe y por el amor demos testimonio de la esperanza dichosa de su Reino”. Guardemos en la mente y en el corazón esta consigna a la cual estamos llamados: “dar testimonio de la esperanza dichosa de su Reino”.

Esto exige de nosotros una fe profunda y madura, que actúa como “una lámpara que brilla en un lugar oscuro hasta que despunte el día” como dice el apóstol San Pedro (2Pe 1,19) y que nos impulsa al testimonio misionero.

Lo mismo que los oyentes de Juan el Bautista, nosotros oímos estas palabras severas: “Conviértanse”. El mismo Cristo, rostro de la misericordia del Padre, pronunciaba palabras parecidas de tono exigente: “si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera” (Lc 13,5). Y muchas otras donde el estilo tajante tiene como reverso un gran amor, pues no quiere el Señor que perdamos el rumbo, que permanezcamos ciegos o dormidos ante la realidad. Por eso nos invita como discípulos suyos y como Iglesia diocesana a salir de nuestra tibieza y de nuestra mediocridad.

II. Cerramos el Año de la misericordia

Agradecemos al Santo Padre Francisco por este Año de la Misericordia, a cuyo término nos dejó su carta Misericordia et misera, donde nos invita a celebrar el encuentro entre la misericordia divina y la miserable situación del hombre pecador, simbolizada en la mujer adúltera (cf Jn 8,1-11).Queremos ser Iglesia de la misericordia que sale en busca de la oveja perdida, de los hijos dispersos, de los que están quebrados por la vida, para ofrecerles el Evangelio de la Vida en abundancia y de la alegría del Reino. Hemos clausurado la puerta jubilar, pero no se ha cerrado el flujo de la misericordia. La de Dios, la experimentamos cada día. La nuestra, se prolonga en catorce diferentes maneras que hemos meditado y memorizado.

III. Memoria y misión

Bien pronto, el 11 de febrero del año entrante, se cumplirán sesenta años desde la creación de nuestra diócesis de Mar del Plata, mediante la Bula Quandoquidem adoranda,de 1957, en tiempos del Siervo de Dios Pío XII. El aniversario nos debe mover a un nuevo impulso evangelizador, pues sentimos el compromiso de ser adviento de Cristo que pasa llamando a los hombres a la luz, a la vida, a la dignidad de ser hijos de Dios, congregados en la única familia de la Iglesia. No se trata de un mero recuerdo cronológico sino de un nuevo fervor en la misión donde todas las formas de pastoral orgánica renuevan su compromiso.

IV. El Siervo de Dios card. Pironio

Este lunes 5 de diciembre, al cumplirse un nuevo aniversario de la ordenación sacerdotal del Siervo de Dios cardenal Eduardo Pironio, celebraremos la Santa Misa en esta catedral pidiendo por su pronta beatificación. Esta Marcha de la esperanza debe mucho a su inspiración. Él nos enseñó con su ejemplo de vida a ponernos en marcha en “tiempos difíciles” como serán siempre los tiempos de la Iglesia, pero aferrados a la esperanza del cumplimiento de la promesa del Señor: “Les digo esto para que encuentren la paz en mí. En el mundo tendrán que sufrir; pero tengan valor: yo he vencido al mundo” (Jn 16,33).

Fue un espíritu mariano como pocos. En la Virgen veía el espejo de la Iglesia que se sabe pobre. Por eso decía en su Meditación para tiempos difíciles: “María sintetiza el «pequeño resto» de «los pobres» que en Israel esperaban la salvación. En María, la pobre, se cumplió la plenitud de los tiempos. Por eso, es la Madre de la Santa Esperanza”.

En muchos pasajes se refirió a los jóvenes con amor de padre. Deseo que ellos escuchen estas palabras que les están dirigidas: “Los tiempos difíciles son los tiempos aptos para la pobreza, para la contemplación y fortaleza de los jóvenes. Por eso son los más aptos para su esperanza”.

V. En compañía del Santo Cura Brochero

Junto con la protección materna de la Virgen, imagen de la Iglesia peregrina, bajo la advocación de Nuestra Señora de Luján, hemos sentido el poderoso estímulo a la santidad que nos han brindado las reliquias del Santo Cura Brochero. Presentes en nuestra diócesis desde hace tres semanas, han recorrido ciudades y pueblos, parroquias y comunidades. Nos acompañaron en esta Marcha y nos trajeron la memoria de una gran verdad que San Juan Pablo II expresaba de esta forma: “Terminado el Jubileo empieza el nuevo camino ordinario, pero hacer hincapié en la santidad es más que nunca una urgencia pastoral” (Novo millennio ineunte 30).

Agradezco a mi hermano en el episcopado, Mons. Santiago Olivera, obispo de Cruz del Eje, por su generosidad en el préstamo de estas reliquias que pasarán ahora a la vecina diócesis de Azul.

VI. Oración a la Madre de la Misericordia

Al término de esta homilía, invito a todos a unirse en esta sencilla oración:

¡Madre de misericordia, espejo donde la Iglesia se contempla, Señora del Adviento!

Te invocamos en esta hora de nuestra diócesis, plenamente confiados en el poder de tu intercesión.

Queremos imitarte en tu prisa por llevarle a Isabel tu tesoro y cantar ante ella la misericordia del Padre. Queremos ser Iglesia presurosa en el anuncio, contagiosa en el gozo de la esperanza, activa en la caridad.

Que la pasión misionera sea un rasgo permanente de nuestras instituciones.

Que ningún acontecimiento triste de nuestra vida personal nos paralice. Que ninguna enemistad en la vida social nos haga bajar los brazos. Que en las tensiones internas de nuestras comunidades sepamos hacer triunfar el Evangelio de tu Hijo.

Que tu intercesión nos obtenga muchas y santas vocaciones al ministerio y a la vida consagrada.

Mirando tus ojos repetimos con fervor el lema de esta 43ª Marcha de la Esperanza: ¡Madre, ayúdanos a ser testigos de la Misericordia! Amén.

+ Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata

Homilía Marcha Esperanza 16.docx

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