Monseñor Marino presidió la misa de gracias por el 25° aniversario sacerdotal de Hernan David, Eduardo Torre, José Luis Serre y Walter Pereyra

Este mediodía, en la Parroquia Nueva Pompeya Mar del Plata, el obispo celebró la misa en acción de gracias por los 25 años de ordenación sacerdotal de los padres Hernán David, Eduardo Torre, Walter Mario Ricardo Pereyra y José Luis Serre. Todo el clero diocesano acompañó a los sacerdotes, los seminaristas y fieles de todas las comunidades en la que estuvieron y actualmente están como pastores.

“Queridos Hernán, Eduardo, Walter y José Luis; en este día hermoso cargado de recuerdos, asumo como obispo la representación de toda la Iglesia diocesana para presentarles las felicitaciones y gratitud por su servicio fiel. Seguimos contando con ustedes en lo que está por venir alentados por la gracia de esta celebración tan significativa”, expresó monseñor Marino en su homilía dirigiéndose hacia los sacerdotes que celebraron hoy sus bodas de plata.

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> La homilía completa de monseñor Antonio Marino. > homilia-25o-ordenacion-walter-hernan-eduardo-y-jose-luis

“Irás delante del Señor a preparar sus caminos” (Lc 1, 76)

Homilía en el XXVº aniversario de ordenación sacerdotal

de los Padres Hernán David, Walter Pereyra, José Luis Serre y Eduardo Torre

Mar del Plata, Pquia. Ntra. Señora de Pompeya, 19 de diciembre de 2016

 

Queridos Padres Hernán David, Walter Pereyra, José Luis Serre y Eduardo Torre:

Veinticinco años han transcurrido desde el día en que Mons. José María Arancedo, llegado a la diócesis pocos días antes, los ordenaba sacerdotes de Cristo para la Iglesia de Mar del Plata. Fue un cambio decisivo en sus vidas y ocurrió en este mismo lugar.

El alto valor emocional y rememorativo que tienen los lugares donde acontecieron hechos fundamentales de nuestra vida, los mueve a elegir nuevamente este templo para celebrar el jubileo de sus bodas de plata sacerdotales.

La palabra de Dios en este día del Adviento, nos habla de intervenciones divinas por las cuales matrimonios estériles ven colmado su anhelo de fecundidad. En el libro de los Jueces, encontramos la narración de las circunstancias en las cuales viene al mundo Sansón, sobre quien más tarde comenzaría a actuar el Espíritu de Dios para obrar la libertad del pueblo.

Lo mismo había ocurrido con Isaac, nacido en la vejez de Abraham del seno estéril de Sara. También el gran profeta Samuel fue concebido tras el prolongado deseo y las fervientes oraciones de su madre Ana.

Y así también ocurrió con la concepción y nacimiento de Juan el Bautista, según escuchamos en el evangelio de este día.

Todos estos nacimientos acontecen con el auxilio del favor de Dios y muestran el cumplimiento de sus promesas, pero suponen el concurso de las leyes naturales de la generación humana.

Debemos ver en ellos la preparación de una nueva e inaudita intervención de Dios, como fue la ocurrida en la Virgen María, por encima de toda previsión o cálculo humano. Jesús, el hijo que nace de María, sólo tiene como padre a Dios. El Espíritu Santo suple de manera espiritual y trascendente la obra del varón y al volver fecunda a la Virgen María, une esa naturaleza humana a la Persona del Hijo de Dios. De modo que son uno y el mismo el Hijo eterno de Dios y el hijo de María.

Esto nos muestra que la salvación es don gratuito de Dios y que el Salvador no es un simple hombre como nosotros que por sus solas fuerzas viene a liberarnos del mal.

Este nacimiento del Salvador se prolonga espiritualmente en el alma de los que reciben la gracia de la fe, pues según el prólogo del Evangelio de San Juan “a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios. Ellos no nacieron de la sangre, ni por obra de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino que fueron engendrados por Dios” (Jn 1,12-13).

Al servicio de este nacimiento espiritual del Verbo de Dios en los corazones de los hombres, y de esta salvación gratuita que nos trae, existe en la Iglesia el sacerdocio ministerial. Nadie se atribuye esta gracia. Si elegimos este camino, es porque previamente fuimos elegidos, según palabras del mismo Cristo: “No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero” (Jn 15,16).

Esta vocación no tiene como fundamento méritos previos de nuestra parte, sino sólo el beneplácito divino, que tanto más resplandece por el contraste con nuestra inocultable limitación y pobreza. De manera muy clara lo expresa el apóstol San Pablo, en palabras que debemos grabar en la memoria para que impregnen nuestra mentalidad: “Porque nosotros llevamos ese tesoro en recipientes de barro, para que se vea bien que este poder extraordinario no procede de nosotros, sino de Dios” (2Cor 4,7).

Es esta elección divina discernida en lo profundo de la conciencia y reconocida por la Iglesia, la que hace que un simple ser humano se convierta en representante de Cristo y actúe con su misma autoridad. En el límite de lo humano se comunica un misterio de gracia y salvación.

Esta función representativa es instrumental, y lejos de elevarlo para el aplauso y los honores, lo compromete en el servicio y en la humildad. Representar a Cristo es hacer presente dentro de la comunidad eclesial, al que es por excelencia el Servidor de Dios y de los hombres.

Las vocaciones al sacerdocio son muy necesarias para la vida de la Iglesia. Nuestro Salvador quiso darle una estructura jerárquica y no la podemos cambiar. Pero con el mismo grado de certeza también decimos: la jerarquía no agota su sentido en sí misma sino en el servicio a la comunión eclesial y en la creación de nupcialidad, en el encuentro con Cristo. Como dice San Pablo de sí mismo: “Yo estoy celoso de ustedes con el celo de Dios, porque los he unido al único Esposo, Cristo, para presentarlos a él como una virgen pura” (2Cor11,2). El instrumento no es valioso por sí mismo, sino que adquiere su sentido y valor por el fin para el cual existe.

Cada mañana, los ministros de la Iglesia recitamos en la oración de Laudes el canto de Zacarías, padre de Juan el Bautista: “irás delante del Señor a preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación, el perdón de sus pecados” (Lc 1,76). La misión de toda la Iglesia, y la del ministro en forma específica, encuentra aquí su resumen: ir delante, preparar, anunciar.

Desde la primera hora y a lo largo de dos milenios la Iglesia no ha dejado nunca de ser misionera, porque la misión de anunciar la salvación en Cristo es esencial y constitutiva de su naturaleza. Pero hoy ha llegado la hora de recuperar más claramente el Espíritu de Pentecostés para un nuevo impulso en tiempos de marcado secularismo cultural. Hay aquí tarea para todas las comunidades bajo la guía de sus pastores.

Queridos Hernán, Walter, José Luis y Eduardo, en este día hermoso, cargado de recuerdos, asumo como obispo la representación de la Iglesia diocesana para presentarles la felicitación y la gratitud por estos años de servicio fiel. Seguimos contando con ustedes en los años por venir, alentados y reconfortados en este día feliz por la gracia de esta celebración tan significativa.

Sientan como dirigidas a ustedes estas palabras que San Pablo escribe a su discípulo Timoteo en su primera carta: “No malogres el don espiritual que hay en ti y que te fue conferido mediante una intervención profética, por la imposición de las manos del presbiterio” (1Tim 4,14). Y nuevamente en la segunda: “Te recomiendo que reavives el don de Dios que has recibido por la imposición de mis manos” (2Tim 1,6).

Concluyo invitándolos a mirar a María, Madre de Cristo sacerdote, Madre y modelo de la Iglesia. Lo hago reproduciendo palabras escritas por el Siervo de Dios, cardenal Pironio, segundo obispo de Mar del Plata:

“La hora sacerdotal de Cristo fue marcada por una singular presencia del Espíritu Santo y de María. También la nuestra./ En el seno virginal de Nuestra Señora, el Espíritu Santo ungió a Jesucristo Sacerdote. También a nosotros./ En la pobreza de la Virgen, el Espíritu Santo engendró la fidelidad a la palabra: «Yo soy la servidora del Señor; que se cumpla en mí lo que has dicho» (Lc 1,38). Para servir plenamente a los hombres, hay que entregarse con generosidad al Padre, como María./ En la pobreza y el silencio virginal de Nuestra Señora encontraremos siempre los sacerdotes el camino de la sencilla disponibilidad para ser fieles. «Feliz de ti porque has creído» (Lc 1,45)” (Espiritualidad sacerdotal 30).

Con mi cordial bendición.

+ Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata

 

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