Homilía de monseñor Marino en Nochebuena

“No había lugar para ellos en el albergue”

(Lc 2,7)

Homilía de Nochebuena

Catedral de Mar del Plata, 24 de diciembre de 2016

Queridos hermanos:

Celebramos con gozo el nacimiento de Jesús nuestro Salvador en la noche de Belén. Su madre es la Virgen María. Pero su Padre es Dios quien por obra del Espíritu Santo lo engendró en su seno intacto. José, el esposo legal de María, ha sido elegido por Dios como testigo y custodio de tan alto misterio de salvación.

No podemos medir las cosas de Dios según nuestros moldes humanos. María y José eran seres de este mundo, y a la vez distintos del resto. La gracia divina hacía que ellos vivieran las realidades ordinarias iluminándolas con los ojos de la fe, y las cosas extraordinarias, las que vienen directamente de Dios, con la naturalidad con que nosotros vivimos lo cotidiano.

Al escuchar esta noche el relato del nacimiento de Cristo según el Evangelio de San Lucas, sentimos el deseo de detenernos en cada palabra para contemplar la gran riqueza que encierran y la gran lección que nos dejan.

“María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el albergue” (Lc 2,7).

El pesebre atrae nuestra atención. En el centro de las miradas hay un Niño. Él es toda nuestra alegría. Es el Salvador de los hombres que se hizo uno de nosotros. Es el Hijo eterno de Dios que sin palabras nos expresa lo importantes que somos para Dios.

Este Niño vino para compartir nuestra vida y darnos la suya. Se pone a disposición nuestra y si lo recibimos nos enriquece con su pobreza y nos fortalece con su fragilidad. Para que esto se haga realidad, con su ternura nos pide que nos acerquemos a Él con fe viva. Como dice el Prólogo del Evangelio de San Juan: “a todos los que lo recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios” (Jn 1,12). No existe para el hombre mayor dignidad que ésta: Dios nos reconoce como hijos suyos; somos de su casa, formamos una familia, y por eso quiere que vivamos como hermanos. El “unigénito del Padre” (Jn 1,14) se vuelve “primogénito entre muchos hermanos” (Rom 8,29).

Desde hace dos milenios la Iglesia sigue contemplando con amor este misterio del nacimiento temporal del Hijo preexistente del Padre que es igual a Él en honor, poder y gloria.

Durante siglos la Navidad ha educado a los hombres. A pesar de las resistencias de la humanidad caída, a pesar de la dureza de nuestros corazones, esta celebración contribuyó a que la gracia se abriera paso en la mentalidad de las culturas, y así algo de la riqueza ofrecida por Dios se trasparentara en la vida personal, familiar y social.

La predicación de la Iglesia y la celebración litúrgica, junto con las imágenes del pesebre, han sido y siguen siendo, sin duda, una excelente escuela.

El arte ha colaborado en la pedagogía de la Navidad. La abundante y tan variada producción artística a lo largo de los siglos ha armonizado con razón el realismo de los hechos históricos con el lenguaje de los símbolos. Los sentidos y la razón quedan desbordados y los símbolos nos ayudan a trascender lo que vemos. Sólo la fe penetra en el misterio de la Navidad.

Pero la legítima, conmovedora y necesaria belleza de nuestros pesebres no debe hacernos olvidar las difíciles circunstancias, y diríamos, el crudo escenario de los hechos que dan comienzo a nuestra salvación.

Jesús nace en la pobreza. María y José no encuentran lugar para su alumbramiento: “No había lugar para ellos en el albergue”. Un pesebre es el último recurso para estos seres extraordinarios que pasan sin llamar la atención y que no son reconocidos según el valor que tienen en el plan salvador de Dios. El creador de todas las cosas está escondido en el seno de su madre y pasa inadvertido en medio de la gente. La Purísima dará a luz en un lugar para animales. Sin duda, José habrá dispuesto ese lugar del modo mejor posible. La fe más profunda ilumina los ojos de ambos que se abandonan a la Providencia divina. Y así acontece “la obra de los siglos” por excelencia.

Muchas enseñanzas podemos sacar de todo esto. La contemplación del pesebre y la meditación sobre las circunstancias reales del nacimiento de Jesús, nos llevan a invertir nuestra valoración de las cosas. Lo más grande puede acontecer en la mayor humildad de apariencias. O por decirlo en lenguaje más familiar a nuestros oídos, el Hijo de Dios sigue naciendo en nuestras periferias geográficas y existenciales, y allí nos espera. La omnipotencia divina se identifica con la debilidad de un niño que nos revela el amor de Dios. La suya es la omnipotencia del amor. Un amor que sabe perdonar.

Así nos lo dice bellamente el Papa Francisco: “La alegría más bella de la Navidad es aquella alegría interior de paz: el Señor ha cancelado mis pecados, el Señor me ha perdonado, el Señor ha tenido misericordia de mí, ha venido a salvarme. Esta es la alegría de la Navidad” (Catequesis 14-XII-2016).

Jesús nos pide que cambiemos de mentalidad y con nuestros gestos seamos instrumentos suyos para renovar este mundo. Esto es posible si comenzamos por cambiar aquel fragmento de mundo que con el auxilio de su gracia podemos cambiar: ¡se trata de nuestro propio corazón! Ése es el lugar primero y fundamental donde debe darse el cambio inicial que hace presente su Reino.

Debemos salir de esta celebración convencidos de que Jesús nos llama a transformar este mundo desde dentro. Nuestros actos de amor y misericordia con los enfermos, con los que están necesitados de comprensión, de aliento o escucha, con los más necesitados, son los pesebres para su nacimiento espiritual.

Que la Santísima Virgen, Madre de Dios y nuestra, nos ayude con su ejemplo y nos socorra con su intercesión. ¡Feliz Navidad!

+ Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata

Homilía de Nochebuena 2016.docx

Anuncios