Mensaje de nuestro obispo para la semana vocacional

El misterio de la vocación

Mar del Plata, 4-12 de febrero de 2017

I.La Iglesia en oración por las vocaciones

En cumplimiento del mandato del Señor, la Iglesia siempre ruega a Dios pidiendo la gracia del aumento de vocaciones a consagrarla vida por entero al servicio de Cristo y su obra redentora. Al ser un pedido expreso de Cristo, esto forma parte de una espiritualidad común al conjunto de los fieles.Sucede en la Iglesia algo semejante a lo que pasa en una familia, cuando las necesidades y problemas urgentes ponen en juego la subsistencia y el futuro de todos. ¿Qué urge hacer entonces? Es el momento de tomar más clara conciencia de la situación y de pensar iniciativas que puedan traernos una solución o, al menos, aproximarnos a ella.
Ante la escasez manifiesta de vocaciones en distintas partes del mundo y en nuestra diócesis en particular, buscamos entender la lógica de Dios que nos llama a construir la historia en alianza con nosotros, para lo cual elige a algunos a quienes asigna una misión especial y les pide una entrega completa de su tiempo y de su corazón. Resulta para nosotros misterioso que Dios quiera llevar adelante su plan con lógica de pobreza y escasez de recursos humanos, a través de personas limitadas no sólo en número sino en sus cualidades humanas.
Debemos por tanto partir de las bases sólidasque nos brinda la Palabra de Dios, en busca de inspiración. Las Sagradas Escrituras, continuamente leídas y meditadas bajo la asistencia del Espíritu Santo, han dado origen a la corriente espiritual que nos sirve de guía para intentar soluciones.
La primera solución que nos propone Jesús en el Evangelio es la oración. Ante un enorme campo sembrado y ya listo para la cosecha, resultan muy pocos los trabajadores: “Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha” (Mt 9,38). Es por tanto un compromiso de los ministros de la Iglesia rezar y hacer rezar a todo el pueblo de Dios por esta intención. No sólo en forma privada sino comunitaria. Para lo cual la pastoral vocacional ayuda con sus aportes.
La oración nos une a Cristo y nos sumerge en el designio de Dios. Si dejáramos de lado la oración en esta materia ¿cuál sería la fecundidad de la Iglesia? “El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer” (Jn 15,5).
Con sencillez de términos y en estilo directo lo dice nuestro Papa Francisco: “Detrás y antes de cada vocación al sacerdocio o a la vida consagrada, está siempre la oración fuerte e intensa de alguien: de una abuela, de un abuelo, de una madre, de un padre, de una comunidad…Las vocaciones nacen en la oración y de la oración; y sólo en la oración pueden perseverar y fructificar” (21 abril 2013).
II. ¿Quiénes son los elegidos?
La vocación es un misterio de gracia y de libre correspondencia nuestra. El que llama es ante todo Dios, no nuestra naturaleza con sus predisposiciones psicológicas, ni los hombres que nos educan y guían, ni el ambiente familiar, aunque todo esto pueda también jugar un papel en el despertar de una vocación.Pero con claridad dice Jesús: “No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero” (Jn 15,16).
El fundamento de la elección divina no es tampoco, en primer lugar, el tener unas brillantes dotes intelectuales o la riqueza de una personalidad muy atractiva. No despreciamos los dones que Dios pone en nuestra naturaleza. Lo que San Pablo dice de la vocación de todo cristiano, se debe también aplicar a los elegidos para una especial consagración en la viña del Señor: “Hermanos, tengan en cuenta quiénes son los que han sido llamados: no hay entre ustedes muchos sabios, hablando humanamente, ni son muchos los poderosos ni los nobles.Al contrario, Dios eligió lo que el mundo tiene por necio, para confundir a los sabios; lo que el mundo tiene por débil, para confundir a los fuertes;lo que es vil y despreciable y lo que no vale nada, para aniquilar a lo que vale.Así, nadie podrá gloriarse delante de Dios” (1Cor 1,26-29).
Los llamados a ser ministros de la Iglesia, deberán siempre recordar la afirmación del apóstol de las gentes: “nosotros llevamos ese tesoro en recipientes de barro, para que se vea bien que este poder extraordinario no procede de nosotros, sino de Dios” (2Cor 4,7).
En el ministerio pastoral no es tan infrecuente observar que algunos jóvenes, muchachos o chicas, cuya vocación termina volviéndose evidente para la Iglesia, sintieron con anterioridad un rechazo fuerte y espontáneo a esta posibilidad. Dios que elige desde la eternidad tiene sus tiempos y espera.Nuevamente San Pablo ilumina esta verdad: “Doy gracias a nuestro Señor Jesucristo, porque me ha fortalecido y me ha considerado digno de confianza, llamándome a su servicioa pesar de mis blasfemias, persecuciones e insolencias anteriores. Pero fui tratado con misericordia, porque cuando no tenía fe, actuaba así por ignorancia” (1Tim 1,12-13).
Se da también el caso de quienes han crecido en ambientes para nada favorables a esta opción, y donde todo parecía jugar en contra.Y los pastores nos asombramos de jóvenes que han defendido y madurado su vocación ante una verdadera montaña de obstáculos ambientales.
Los presbíteros o encargados de las vocaciones descubren que hay muchachos y chicas que en un primer momento, reconociendo en teoría la belleza de una vocación, entienden que este camino tan exigente no es para ellos. No obstante, por los misteriosos caminos del Espíritu Santo, concluyen más tarde haciendo esa opción.
Las vocaciones de especial consagración podrán surgir de hogares donde la fe marca la vida, o bien de hogares donde nadie tiene una fe viva. Las vemos surgir de hogares humildes o de medios que tienen un buen pasar. De hogares bien constituidos, según el ideal cristiano, o de familias donde los padres rompieron su vínculo primero o donde no todo se ajusta al Evangelio. En todo caso, lo fundamental será el discernimiento atento de la Iglesia.

III. La responsabilidad de la Iglesia en el discernimiento

El camino hacia la decisión por el sacerdocio o la vida consagrada, como hemos visto, no es igual en todos los casos. Siempre requiere acompañamiento y cuidado. El lenguaje eclesial habla de discernimiento espiritual: ¿esto viene de Dios o de la confusión interior del hombre?, ¿viene de un autoengaño, de una huida inconsciente, de un deseo de esconder problemas con un superficial manto de piedad o tiene base interior?, ¿tiene arraigo en lo profundo o es puramente emocional?
Cada época tiene una especial manera de entender la vida de los hombres y de hacer frente a las preguntas y desafíos que plantea la historia. Sin llegar a determinar totalmente nuestra conducta, la cultura ambienteen la cual vivimos y respiramos, con sus valores y sus deformaciones, nos condiciona e influye, muchas veces sin que nos demos cuenta.

La crisis actual del matrimonio y la familia suele dejar en nuestros jóvenes heridas afectivas profundas y sentimiento de orfandad o de intemperie anímica. Esto no es de suyo un impedimento absoluto, pero si no se vuelve consciente y no se intenta sanar y educar estos aspectos, el terreno no será apto para que la semilla de la vocación fructifique. Es por eso que ofrecemos el servicio de un diagnóstico psicológico previo a toda decisión de ingreso, como forma de ayuda a los jóvenes, que también sirva al sacerdote en su guía espiritual.

¿Qué se espera de los sacerdotes? Creo que la mejor respuesta la encontramos en las palabras que el Santo Padre Francisco improvisó el 5 de enero de este año durante un encuentro organizado por la Conferencia Episcopal Italiana, y de la cual extraigo algunos conceptos:
“Para ser creíbles y entrar en sintonía con los jóvenes, se debe dar prioridad al camino de la escucha, al saber ‘perder tiempo’ en acoger sus demandas y sus deseos”.
“Es necesaria la acogida. En particular para los jóvenes, porque cansan, hacen ruido. Si queremos vocaciones, puerta abierta, oración y clavados en la silla para escuchar a los jóvenes. Y si son fantasiosos, hay que hacerlos aterrizar, confesarlos aunque repitan siempre las mismas cosas, hacer que se sientan en casa. Es necesario inventar acciones pastorales que los involucren”.
“Otro punto es el testimonio, porque si bien el joven siente una llamada del Señor, esta es concreta y la mayoría de las veces es: «Yo querría volverme como aquel o como aquella»”.

“Vuestro testimonio –continuó– será más persuasivo si, con alegría y sinceridad, sabéis transmitir la belleza, el estupor y la maravilla de estar enamorados de Dios, hombres y mujeres que viven con gratuidad su elección de vida por ayudar a dejar una impronta inédita y original en la historia. Esto requiere no dejarse engañar por las tensiones externas, y confiarse a la misericordia y a la lealtad del Señor, reavivando la fidelidad de nuestra elección y la frescura de ese ‘primer amor’”.
Que la Santísima Virgen María, madre y modelo de la Iglesia, nos descubra con su ejemplo el secreto de toda fecundidad y nos socorra con el poder de su intercesión.

+ANTONIO MARINO
Obispo de Mar del Plata

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